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La increíble historia del submarinista villeguense
Esta bendita tierra ha dado escritores, periodistas, deportistas, músicos y cantantes, pero? ¿un submarinista? Esta es la historia de Egidio Roberto Sereno, quien nació a cientos de kilómetros del mar y el pasado 3 de septiembre fue designado Decano de Submarinistas por la Armada Nacional. En tiempos donde la búsqueda del ARA San Juan vuelve a ocupar las primeras planas, te invitamos a embarcarte en la lectura de esta nota.

 "Ese pueblo de la pampa era un pueblo casi de western. Pero allí, donde empieza la pampa seca, las cosas se ponen muy serias porque no hay agua. Y el mar está a mil kilómetros, y las montañas están a mil kilómetros, y todo está lejos. La persona que nace y se muere ahí, no ha visto nada. Nada más que lo que dan en el cine". El reconocido escritor Manuel Puig, autor de esta frase, tuvo que irse de General Villegas para ser quien fue. Eso sí: solamente logró ser quien fue gracias a esos primeros años que lo marcaron a fuego.

Algo similar ocurrió con el protagonista de esta historia, Egidio Roberto Sereno, quien el pasado 3 de septiembre -Día del Submarinista Argentino- fue designado como Decano de Submarinistas por la Armada Nacional, en la ciudad de Mar del Plata.
Pero no nos adelantemos, antes de anclar primero hay que zarpar.
Este viaje comenzó el 13 de octubre de 1933, en el Hospital de General Villegas, el día en que nació Egidio Roberto Sereno.
Sus padres (Miguel Sereno y Petrona Fernández) se trasladaron a Coronel Granada, donde Egidio pasó su infancia y adolescencia.
"Mis padres eran empleados de estancia. Mi padre era peón y mi madre era cocinera. Yo era boyero. Me pagaban 15 pesos", recuerda Egidio.
Pero el campo, actividad económica preponderante y paisaje natural de estas tierras, no era para él. Había algo más allá de estas llanuras -su hogar durante tantos años- que lo llamaba. Había otras cosas para hacer, otros mundos para ver, otras corrientes que navegar.
"El campo no me gustaba. Me enamoré de las propagandas que hacía la Armada. Mandé notas y me contestaron. Llegué a la isla Martín García donde estuve 6 meses de reclutamiento", confiesa.
Su carrera en la Armada Nacional comenzó en el patrullero King. Luego lo enviaron a la Escuela de Mecánica de la Armada, en donde estuvo dos años y salió como cabo segundo.
Así como el viento y la marea encauzan a las embarcaciones que andan a la deriva, el destino tenía algo previsto para Egidio. "Se presentó un suboficial que preguntó '¿Quién quiere hacer el curso de submarinista?'. Nos anotamos con un amigo. De última, si nos iba mal, nos pasábamos un mes en Mar del Plata. Pero salimos bien", comenta.
En 1952, a la edad de 19 años, Egidio dejó definitivamente su querido Coronel Granada y abandonó el trabajo en el campo. "En la Marina cobré mi primer sueldo como marinero de segunda: 550 pesos. Para mí era un platal", rememora entre risas.
Durante toda su carrera como submarinista, navegó en tres submarinos de diferentes generaciones, y todos ellos se llamaron "Santiago del Estero". Egidio era maquinista: su trabajo era que los motores funcionaran y respondieran como estaba previsto que lo hicieran.
El primer submarino fue un "Tarantino", denominados así porque provenían de la región de Taranto (Italia). Esta generación de submarinos fue utilizada por la Marina Nacional desde el 1933 (el mismo año en que nacía Egidio) hasta el 1959, y se trató de los primeros submarinos que vinieron a nuestro país.
La segunda generación era la de los submarinos de clase Balao, utilizados por la Armada de los Estados Unidos durante la segunda guerra mundial.
Luego de una experiencia en el "Cabo San Bartolomé" -un buque de desembarco de tropas- Egidio concluyó su servicio en un submarino GUPPY, una serie de sumergibles clase Balao modernizados por la Armada de los Estados Unidos. "Estos submarinos eran más modernos, tenían snorkel y motores diésel. En el GUPPY navegué durante 7 años de corrido".
Estuvo embarcado hasta el año 1978, cuando lo mandaron al Estado Mayor de la Fuerza de Submarinos como suboficial más antiguo. "Ya no tenía cabida en los buques, pero impartía mi conocimiento a las generaciones venideras. Era un hombre con carrera, de consulta", explica.
Se retiró joven, a los 47 años, con el grado de Suboficial Mayor Maquinista Submarinista. Pero el suelo firme no tenía nada para él, y por eso volvió al mar.
"De los trabajos en tierra no me gustó ninguno. Fui a la Universidad y me dieron la patente para despachar buques de 3 mil caballos de fuerza". De esa manera, Egidio comenzó a trabajar en la marina mercante, como Jefe de Máquinas en los buques factoría, esas naves que se internan dos meses en el mar para pescar y traer el pescado a puerto ya congelado y listo para vender a los buques extranjeros.
Pero su espíritu inquieto y su sed de conocimiento no le permitieron quedarse de brazos cruzados, y así Egidio fue por una vieja cuenta pendiente: ya había conquistado el mar y ahora iba por el cielo.
"En un primer momento fui para la Aviación, pero no hubo cupo y salí submarinista. Después que me retiré de la Marina hice el curso de piloto de avión. No me quedé con las ganas. Anduve de copiloto de la Escuela de Vuelo. Me dí el gusto, aunque prefiero el submarino", comenta Egidio, entre risas cómplices.
 
Volver a nacer
En tantos años de servicio lo que sobran son anécdotas. Pero Egidio destaca una en particular: "Era el año 72 o 73. Estábamos haciendo un ejercicio de combate frente a la Isla de los Estados, con toda la flota. Cuando el buque está en inmersión, los únicos dos que pueden hablar son el comandante y el sonarista. Nosotros jugábamos de 'enemigos' y teníamos que derribar al portaaviones. El comandante se 'engolosinó' con el ataque y no escuchó al sonarista que le decía tal buque en acercamiento. El sonarista levantaba la voz y el comandante no escuchaba. Cuando finalmente lo escuchó y giró el periscopio el buque no le entraba en el periscopio. No hicimos tiempo para sumergirnos y la hélice del buque nos golpeó. Todos sentimos miedo. Le dijimos al comandante 'Señor: si otra vez tiene que hacer este ataque, hágalo; pero escuche al sonarista. Sin rencores, aquí no ha pasado nada'. Salimos a superficie y vimos que había dos helicópteros en la zona del choque y la escuadra había hecho un círculo. Esperaban ver alguna mancha de aceite, pero salimos nosotros.  Nacimos otra vez".
 
La tragedia del ARA San Juan
"Es un dolor muy grande que todos los submarinistas llevaremos hasta la hora de morir. Sólo ellos saben lo que ha pasado, nadie más. Estamos hambrientos de que lo encuentren y salgan a la luz muchas cosas. Queremos saber qué es lo que ha pasado".
Cuando se menciona la tragedia del ARA San Juan se nota un timbre de tristeza y pesadumbre en la voz de Egidio. Desde el mes de noviembre del 2017 -cuando el submarino hizo contacto con tierra por última vez- hasta el día de la fecha, la desaparición del ARA San Juan y sus 44 tripulantes sigue siendo una llaga abierta para todos los argentinos (y mucho más para la familia submarinista).
Recientemente el Seabed Constructor -el buque civil más avanzado y moderno del mundo- zarpó para reiniciar la búsqueda del submarino desaparecido. Entre los tripulantes hay familiares de aquellos marinos que hoy no están.
Ya comenzaron las operaciones de búsqueda, y las esperanzas de encontrar los restos del ARA San Juan (y descubrir la verdad) se renuevan.
 
Su vida en Mar del Plata
En la actualidad Egidio está radicado en Mar del Plata. Está casado y tiene dos hijos: Verónica Estela Sereno y Miguel Fernando Sereno.
El pasado lunes 3 de septiembre (Día del Submarinista) se lo reconoció como Decano de la Fuerza de Submarinos. Recibió una medalla, un diploma y el homenaje de sus pares.
Y si bien su vida lo llevó lejos de estas llanuras pampeanas, Egidio nunca olvidó su pasado, su tierra natal, y los amigos de la infancia que dejó allí.

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