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sábado, 7 diciembre, 2019

Se jubiló Adrián Polito, el médico que eligió a Banderaló para echar raíces

El viernes fue el último día de trabajo del Dr. Adrián Polito, médico de Banderaló y una auténtica institución en el pueblo. Luego de casi cuatro décadas de trabajo en la Salita de Primeros Auxilios de Banderaló, el Dr. Polito se jubiló. En una entrevista con la periodista Agustina Carrizo, del portal «La Voz de Banderaló», el profesional de la salud abrió su corazón y contó cómo fueron su vida y su carrera en la comunidad que eligió para ejercer la medicina y criar a sus hijos.

El Doctor Adrián Polito nació el 16 de diciembre de 1955 en la ciudad de Junín. Es hijo de Miguel Ramón Polito y Blanca Iris Rizzi, tiene una hermana mayor, Susana Polito, y un hermano del corazón que se crío con su familia, Miguel Canosa.

Realizó sus estudios primarios y secundarios allí y cuando egresó tuvo la suerte de, respaldado por sus padres, poder elegir el destino donde seguiría sus estudios universitarios. En principio se fue a La Plata pero no estuvo a gusto y decidió marchar a Rosario.

En ese sitio fue donde se empezó a gestar la aspiración que, de jóvenes, habían acordado con su compañera de vida: el día que culminara su carrera buscarían un pueblito donde poder establecerse y trabajar. Sin mucho puesto y sin nada que perder, tomaron la decisión de dejar el ruido y el ritmo de la ciudad para vivir y lograr esos propósitos. El destino fue Banderaló. «Cuando vine a conocerla me pareció hermosa y no dude ni un segundo», dice el Doctor.

Banderaló lo recibió con los brazos abiertos. En el pueblo forjó grandes amistades y convirtió ela ilusión adolescente en una realidad.

 ¿Cómo descubrió su vocación? ¿Siempre supo que quería ser médico?

No… No sé a qué edad uno decide su profesión, por lo general uno decide cuando termina el secundario. En ese momento mi padre me preguntó «¿Querés estudiar o querés trabajar?», papá era empleado. Entonces le dije que si se podía, mi deseo era estudiar. Y si estudiaba, me parecía que la única carrera que me gustaría seguir era Medicina. La verdad es que no sé por qué, porque en mi familia no había ningún profesional médico. Pero bueno, decidí empezar y no me arrepiento.

 Cuando usted iba a la escuela ¿era un alumno de excelentes calificaciones, le gustaba estudiar, o era «normal»? Es una carrera que demanda mucho estudio…

Yo siempre digo que nunca fui un estudiante diez puntos, ni tampoco de cuatro. Me he llevado materias en el secundario, excepto en primer año y en quinto. En primer año porque tenía toda la responsabilidad, recién empezaba. Y en quinto porque sabía que ya terminaba y si tenía materias pendientes no iba a poder estudiar, entonces uno se esfuerza un poco más. Tengo un criterio respecto a esto: que la Universidad es para gente normal, no para genios. Yo me considero una persona normal, entonces pensaba, si todos van a estudiar y terminan una carrera, yo también lo voy a poder hacer. No me acuerdo exactamente el promedio que he tenido, superaba los siete puntos pero no alcanzaba los ocho. Repito siempre que con esfuerzo, tiempo y dedicación se puede.

 ¿Y usted contaba con el apoyo absoluto de sus padres o cómo fue su vida como estudiante?

Papa era empleado, pero tuve la suerte de que siempre pudo ayudarme con la carrera. La idea era estudiar y trabajar. Mi papá era supervisor de Entel, una empresa de telecomunicaciones, entonces en ese momento los hijos de los empleados de la empresa tenían prioridad para entrar a trabajar ahí. Yo le decía a mi papá que me gustaría trabajar y él me decía que sí, que iba a presentar la solicitud, pero la realidad fue que nunca lo hizo porque él consideraba que mientras pudiera seguir ayudándome para que me dedicara solamente a estudiar, era lo ideal. Así que empecé la facultad y desde el año 74 y hasta el 78 no trabajé. En el 78 me anoté en la empresa por cuenta mía, en ese tiempo estaban tomando gente por el tema del mundial, entonces ahí entré a trabajar. Ya tenía la carrera organizada. Era un trabajo que a mí siempre me gustó, lo aprendí muy fácil. Yo hacía un horario de noche, de 21 a 23, pero tenía un sueldo y una obra social y eso me ayudaba a colaborar con el esfuerzo de mis padres.

 ¿Cuánto tiempo le llevó la carrera?

Me llevó siete años, pero la carrera en realidad es de seis. Cuando estaba en segundo hubo conflicto en la facultad, seis meses de paro, entonces nos estancamos en un cuatrimestre, nos agregaron materias y nos terminamos retrasando un año. Le dedicaba tiempo. Pero yo creo que la manera de sobrellevar los estudios es repartir la responsabilidad con la distracción, con sociabilización. Creo que hay que buscar un equilibrio. Entonces cumpliendo, se pueden hacer otras cosas. Yo siempre digo que una de las mejores etapas de la vida es la universitaria.

 ¿Volvía a Junín seguido? ¿Extrañaba?

En esa época la comunicación era totalmente distinta, hablar por teléfono era casi imposible. Lo más rápido y seguro era la carta, pero demoraba tiempo. Y bueno, de Rosario a Junín hay 200 kilómetros, no había transportes que me coincidieran con los horarios, entonces yo hice casi toda mi carrera viajando a dedo. Por eso me pasa hoy en día que cuando encuentro a una persona en la ruta no puedo no llevarlo, es más fuerte que yo. Porque a mi, nunca pero nunca en todos esos años me dejaron a pie. Siempre pude llegar y jamás me pasó nada. Conocí gente muy buena en la ruta, y hasta alguno que me dio trabajo. Una vez me llevó un hombre que tenía una ferretería muy grande en Rosario y terminó ofreciéndome si yo no quería comercializar los productos en Junín. Así que los fines de semana que me iba a Junín llevaba muestras de lo que el señor vendía y me ganaba una comisión.

 ¿Y tenía pensado qué iba a hacer cuando se recibiera? ¿Qué hizo?

La historia es así. Con María Rosa, mi esposa, nos pusimos de novios en noviembre del 73, justo el último año antes de que yo me fuera a estudiar. Durante toda la carrera seguimos juntos, a través de cartas, hablando muy de vez en cuando y viéndonos cada un mes, un mes y medio. La única vez que ella pudo ir a Rosario a visitarme fue un fin de semana, cuando la llevaron mis papás. En esa época era así. Y bueno, antes de que me recibiera nos casamos. Yo ya había empezado a trabajar más horas en la empresa y había conseguido un trabajo en una clínica donde me pagaban muy bien. En ese tiempo las guardias las cubrían los estudiantes. Entonces ella se fue a vivir conmigo a Rosario, nos casamos en el 79 y en el 80 nació mi primer hijo, Adrián. Fuimos papás jovencitos, yo todavía estaba estudiando. ¿Sabes cómo estudié las últimas materias de mi carrera?… (Se emociona)… Con Adriancito en la falda… él dibujaba y yo estudiaba… Horas y horas.

Fue un época dura, pero linda. Con Maria Rosa siempre habíamos dicho que cuando me recibiera nos íbamos a ir a vivir a La Rioja, a un pueblo. A mí no me gustaba la ciudad, quería establecerme en un lugar chico. Tenía un amigo que en una carta, que me mandó hace 35 años, me invitaba a comer un asado en la casa de él, en un pueblo llamado Santa Isabel. En el escrito me contaba cómo era vivir ahí y a mí me encantó. La vida en Rosario era muy acelerada. Yo me levantaba a las seis de la mañana para ir a cursar, volvía a almorzar, a veces Adriancito estaba durmiendo y no lo veía, luego hacia guardias, más tarde trabajaba en Entel y capaz que volvía al otro día. Era la mayoría de los días así. No había mucha diferencia económica y era un ritmo que no queriamos seguir.

Empecé a averiguar entonces un pueblo donde pudiera establecerme. Un doctor de una localidad cerca de Rufino me comentó que Santa Eleodora necesitaba un médico, “¿Dónde queda?” Le pregunté. “Pertenece al Partido de General Villegas”, me dijo. Entonces esa noche, cuando me fui a trabajar a Entel, me comuniqué con los operadores de General Villegas y justo hablé con Miguel Ángel Crespo. Él trabajaba en Entel y en la Municipalidad. Entonces este muchacho me dice, «si, en Santa Eleodora necesitan un médico, pero en Banderaló también, y es un pueblo que está sobre asfalto. Te consigo una entrevista con el secretario de Gobierno, Busico, y vos te pones de acuerdo con él». Eso hice: viajé, él me entrevistó, también me reuní con la Sociedad de Fomento de aquí y vine a conocer. Yo no tenía en qué venir, mi cuñada me prestó un auto y viajé solo a conocer. Hablé con el delegado Delfino y Adela Alonso que era la secretaria. Eso fue en junio del 82.

 ¿Qué le pareció Banderaló?

Entré y el pueblo me encantó. Estaba todo prolijito, el pasto cortado, las plantas podadas, las calles asfaltadas nuevas… Y pensé ¡Qué pueblo hermoso! Así que inmediatamente me hicieron una propuesta de trabajo y nos pusimos de acuerdo fácilmente, les pedí que esos 15 días restantes del mes yo necesitaba trabajar y cobrar para poder organizarme y venir. Volví re contento, le dije a María Rosa que se puso re contenta también y bueno, organizamos todo para hacer el traslado a Banderaló.

 ¿Cómo fueron esos primeros días acá?

Cuando yo llegué estaba sólo. Nos veníamos para acá los primeros días de agosto, pero el 29 de julio María Rosa se tuvo que operar y quedarse en Junín para recuperarse. Teníamos que organizarnos, hacer la mudanza. Entonces yo me vine acá solo. Me vine a dedo, me alcanzó un camionero. Hay recuerdos que no los tengo tan presentes, ahora que me estoy por jubilar, muchos me dicen «¿Te acordás cuando paso esto, cuando pasó lo otro y me cosiste la mano?». La gente se acuerda porque eran casos puntuales, pero yo no conocía a nadie, ellos me visitaban, venían a las consultas y yo no sabía los nombres de las personas.

Lo que si me acuerdo cuando llegué es que Néstor Duarte, más conocido como Techo, me ayudó (junto a otras personas) a armar una habitación en la que fue mi casa por mucho tiempo, en el Hogar de Niños. Me acuerdo el frío que hacia esos primeros días de agosto. De ese frío no me olvido nunca más, y de Techo Duarte tampoco.

Una anécdota que recuerdo de esos primeros días, es que salí a caminar por las calles de Banderaló y le dije a una persona que andaba buscando a la «familia Techo» (risas…) ¡Claro! ¡Como no conocía a nadie, yo pensé que ese era un apellido, no un apodo!

 ¿Cómo lo recibió la gente de Banderaló?

Me recibió muy bien. Yo estuve solo los primeros días de agosto hasta que María Rosa se recuperó y mi papá la trajo, habrá sido el 18, 19, 20 de ese mes. Ese mismo día que llegó nos avisaron que la mamá estaba muy mal, y Maria Rosa se tuvo que volver. Llegó a la mañana y a la tarde se volvió. Hasta el 24, que fue el día que falleció mi suegra y yo me fui a Junín, me avisaron que estaba muy mal. Yo me había hecho el bolso, no tenía vehículo, de casualidad tenía para comer. Entonces cuando iba caminando para el Club Ingeniero que era donde paraba el micro, pasó un señor en una camioneta grande, blanca, y me dijo: “¡Doctor! ¿Va para Villegas? Lo llevo” y le respondí “No, no, le agradezco. Me tengo que ir a Junín porque falleció mi suegra”. Entonces me pidió que de todas maneras subiese a la camioneta y lo acompañe. Subí, dimos una vuelta a la manzana, paró en la puerta de la casa de él… (Se emociona…) y me dijo: “Mire, a mí me gustan mucho los coches y yo siempre lo tengo listo. Váyase en mi auto”. Levantó la puerta del garage y ahí había un Torino, impecable, con el tanque lleno.

Me dio un auto nuevo y yo llegué a Junín y ¡¡¡no sabía de quien era el auto!!! ¡Me habían prestado un auto nuevo! ¡Una persona que me conocía hacia 20 días y sólo de vista! Y le dije: “Escúcheme, yo no sé si voy a tardar un día o dos”, entonces me respondió «Usted váyase y vuelva cuando quiera, yo al auto no lo preciso». El dueño del auto y del gesto era el señor Aníbal Forleti.

 Lo quiere mucho la gente de Banderaló… Valora su trabajo… Tenemos suerte de tener un doctor en el pueblo.

¿A mí?… (Se emociona…) No sé cómo me va a ir el 6, en la cena de despedida… Ojalá pueda hablar. Ojalá venga a trabajar aquí un médico que le guste la vida de pueblo. No va a ser mejor ni peor, seguramente va a ser distinto a lo que me pasó a mí, seguro que va a ser distinto y eso es lógico. Yo creo que es fácil trabajar acá, es lindo trabajar acá, la gente es muy buena. Habrá alguno que tiene un poco más de carácter que otro, que se enoje y reniegue por alguna cosita, pero es toda gente buena. Yo siempre pienso cuando dicen “le debemos al Doctor que vino a nuestra comunidad”… ¡Yo le debo más a Banderaló que lo que le he dado! Si tuviera que volver a elegir sabiendo que me va a salir todo igual, no lo dudaría. Jamás me arrepentí ni me arrepiento de estar acá.

Ejerciendo y cosechando amistades

Uno establece una relación con la comunidad directa y con todos igual. Yo hice lo que a mí me gustaba, tratar a todos los pacientes por igual. Entonces, venga quien venga al consultorio, fue bien recibido, bien atendido. La gente me ayudó mucho, y aún hoy me siguen ayudando. Sino hubiese sido mucho más difícil para mí manejarlo. Lamentablemente la medicina en una localidad chica es una profesión que se encuentra limitada en lo que se puede percibir como retribución, distinto es en una ciudad donde tenes una aparatología, consultas permanentes. Entonces digo, los sueldos no son malos, pero hoy es mucho más difícil empezar de cero. Cuando yo vine la situación era totalmente distinta, hubo mucha gente que me ayudó, mucha gente. Y es difícil e imposible normbrarlos porque tengo miedo de olvidarme de alguien, y en serio fueron muchos. Mucha gente que me ha ayudado durante muchos años, algunos cuando apenas vine, otros durante un tiempo y varios hasta el día de hoy, aunque parezca mentira. Desde un muchacho que hace herrería y cuando necesité de su trabajo me lo regaló, hasta la gente que tiene campo y me empezó a tener animales. Entonces yo con eso tenía otro ingreso y sin la necesidad de decir “veni a la consulta y tenes que traer el bono si o si, o pagar si o si”. Toda la ayuda que me dio un grupo de gente sirvió para que otro grupo de gente estuviera bien atendida. Yo me acuesto a dormir, y me acuesto tranquilo.

 Además de ejercer su profesión, me imagino que le ha tocado ser muchas veces también psicólogo, amigo…

Si… Si… Me he llevado muchas sorpresas también. Los pacientes me han contado cosas que no las sabe nadie más que yo, y no las va a saber más nadie tampoco. Y en eso, en el respeto, está la confianza del paciente. A los empleados que vienen a trabajar acá yo les digo siempre, equivóquense en un papel, factúrenme mal los bonos, lo que sea, no me importa, todo eso se arregla… pero lo que pasa acá dentro, queda acá adentro. Yo puedo aceptar y arreglar muchas cosas, pero lo que no permití nunca y fue siempre la limitante de trabajar conmigo es que yo me entere que algo de la sala se sabe afuera. Y por suerte, con todas las empleadas que he tenido, se cumplió cien por ciento. Por eso el respeto es fundamental. A mí me ha tocado estar en situaciones muy difíciles al lado de la gente, realmente fuertes. Y me ha tocado también estar lejos, en algunos casos que de todas maneras si hubiese estado acá no hubiese podido hacer nada, pero me he sentido muy mal. No por poderlo solucionar, simplemente por no estar. Uno siempre quiere acompañar. Y como todos saben, en Banderaló hemos pasado momentos muy duros.

– Por último, ¿Le pareció un buen lugar para criar a sus hijos?

Sí… No me iría a otro lado… (Se emociona…) Y los chicos quieren volver, por algo es. La mayor parte de mi vida la viví acá. El día que hice la casa, algunos me decían “¿Cómo va a hacer la casa acá? a lo mejor el día de mañana cuando los chicos tengan que estudiar se va”. Y yo les decía: “Yo no me pienso ir de Banderaló». De esto hace 25 años… y no me voy a ir. Si los chicos están lejos prefiero viajar y volverme acá. En ningún lado voy a estar mejor que acá, de eso estoy seguro.

Culmina una etapa y comienza otra. Gracias Doctor por dedicarle gran parte de su vida a el cuidado de la salud de los banderolenses.

Yo creo que uno tiene que ofrecer un servicio, desde mi punto de vista y desde mi profesión voy a seguir ofreciendo un servicio al que lo necesite y al que lo requiera, con la única condición que voy a tratar de trabajar un pocos menos. Por ejemplo dejar los sábados, si un lunes me quiero quedar en Rosario me quedo, y así. No tener la responsabilidad que tuve hasta ahora que me ha limitado mucho en esas cosas. Entonces ahora todo eso lo voy a poder manejar desde mi consultorio, que estará abierto para todos, como siempre.

Nueva profesional

La doctora venezonala Adriana Duque es la nueva médica estable de Banderaló, luego de que el Dr. Adrián Polito se jubilara. Duque es la primera mujer en ejercer la medicina en dicho pueblo, en forma permanente.

La médica ya llegó a Banderaló, acompañada del director de Unidades Sanitarias y Hogares de Ancianos de los Pueblos, Dr. Sergio Bertone. Allí mantuvo un diálogo con el Dr. Adrián Polito, quien hasta el viernes fue el encargado del CAPS.

1 Comentario

  1. Doctor Adrian Polito, GRACIAS. Por favor acepte mi agradecimiento de corazón. Personalmente no lo conozco, pero fui paciente circunstancial en alguna oportunidad por accidente y recibí de médicos como usted el apoyo a veces psicológico para superar la cura muy lenta como es quemadura de medio cuerpo. ¡¡¡GRACIAS¡¡¡

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