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miércoles, enero 14, 2026
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La lista de la memoria | por Celina Fabregues*

La culpa de esta columna la tuvo en 2010, un bloggero vecino. En esos años, formaba parte de una comunidad bloggera que ofrecía el diario Clarín. Primero se llamaron Blogs de Clarín y en la última etapa pasaron a llamarse Blogs de la gente. Después, sin previo aviso, desaparecieron, junto con todo el material.

En esa comunidad, múltiple, heterogénea y muy valiosa, los titulares de los blogs nos comunicábamos entre nosotros (como hoy en un grupo de whatsapp).

Allí tuve la fortuna de hacerme de amigos con los que mantuvimos el contacto hasta hoy e incluso, con algunos cultivamos una maravillosa relación.

Entre esos blogueros había psicoanalistas, actrices y actores, músicos, cocineros, artesanos, escritores, periodistas, dibujantes, locutores y hasta una standupera. Uno de ellos, un colega periodista, me instó a escribir a raíz de un posteo en el que hablaba de la realidad que afrontamos los maduros.

Cuando publiqué la primera lista de las cosas que pasaron, acababa de pasar la barrera de los 40. Hoy, con una década más encima, abajo y hacia los lados, debí agregar memoria a esa lista, aunque inicialmente es la misma.

Los que tenemos hijos grandes que nos reflejan como espejos de lo que fuimos (y ahora nietos que encima se te parecen!), sentimos nostalgia cuando suena Proud Mary, pero no ocultamos la satisfacción de no ser los únicos.

Pero la nostalgia es mucho más que esa sensación de memoria. Creo que es cuando podemos empezar a hacer una lista. La lista de las cosas que pasaron y formaron parte de nuestros juguetes, de las tardes de adolescencia y hasta de los primeros años de oficio como padres.

He aquí algunas de las viñetas de mi propia lista, la que me confirma que ya es posible empezar a escribir las memorias (antes de perder la primera parte).

Con mi hermana Carmen, esperábamos ansiosamente, semana tras semana, a que llegaran a El Nene el Anteojito y el Billiken, para seguir fanáticamente las Aventuras de Pío Pío, las casi siempre tristes historias de Anteojito y Antifaz (siempre algún huerfanito en el medio), los intríngulis chíngulis de Súper Hijitus y por supuesto, la ternura de Trapito.

¿Alguien se acuerda de Gachi Ferrari, aquella partenaire modelo que tuvo el Libro Gordo de Petete?

Tenía una pila de Mafaldas de distintos colores, apiladas sobre mi mesa de luz. En esas páginas me esperaban los veraneos gasoleros a Mar del Plata en el 3CV, la visión capitalista de Manolito, la filosofía socialista de Felipe, el cholulismo de Susanita, el chupete delator de Guille y la denuncia constante y reflexiva de Mafalda.

Los autos de mi papá. Siempre grandes. El Fairlane de techo vinílico negro, el Torino de volante de madera lustrada y el Impala, que ya traía botoncitos para bajar y subir los vidrios.

Los domingos a la tarde la pasábamos trepados a la pileta en la casa del abuelo, mientras la tía Helena nos preparaba mate de leche y masagrán, una delicia preparada con café, cubitos de hielo, limón y azúcar, que perfeccioné en un viaje a España y pruebo cada vez que puedo en el Café Tortoni, en Buenos Aires.

Cuando terminaba febrero, llegaba el momento de preparar las cosas para el colegio. Era todo un rito. Me emocionaba sumar cosas al portafolio de suela con bolsillos y hebillas doradas. El cuaderno gordo y el cuaderno flaco para los deberes, forrados con papel araña, la cartuchera de dos pisos, los Faber largos (que a mitad de año, se reemplazaban por cortitos, porque eran mucho más baratos), el vasito plegable de colores para tomar agua en el recreo (agua que sacábamos del aljibe del patio, con un balde que sonaba mientras subía y bajaba, con distinta música).

Ya en el colegio, durante la última hora de clase esperaba a ser la elegida para recoger las libretas y llevarlas hasta el correo. Era un orgullo tener muchas estampillas en la Caja de Ahorro Postal. Conservo mi libreta de ahorro llena de estampillas y sellos, aunque nunca me atreví a calcular (con tantas devaluaciones, cambios y vueltas de nuestros pesos), cuánta fortuna logré reunir.

Me encantaba ir al cine con la Nonna (que aunque no era mi abuela, sino la mamá de mi tío Mario, siempre lo fue). En el Cine Rex nos esperaban películas como Había una vez un circo, Canuto Cañete, Un muchacho como yo, El profesor chiflado…

Aunque siempre quedaban excepciones como la inolvidable Así es la vida, con Luis Sandrini, que hace no mucho tiempo, pude volver a ver. El problema lo teníamos cuando Sergio Calandroni nos reunía para contarnos las películas de las 21 horas, que eran de miedo.

Pero si hablamos de cine, las nenas íbamos al Cine Español. Primero comprábamos maní con chocolate y un Aero en el quiosquito de Canciani y cuando salíamos, tomábamos helado en Los Mandarines, para secar las lágrimas que nos había dejado La última nieve de primavera o Corazón Corazón.

Es imposible para mí, como testigo de una de las épocas más vergonzosas de nuestro país, olvidar el comunicado número… las urnas están bien guardadas… los argentinos somos derechos y humanos… que se venga el principito!

Sobre este espacio de memoria soy bastante cuidadosa. Siempre he pensado que el olvido es la peor impunidad. Aunque la justicia tarde en llegar e incluso si nunca llega, recordar nos salva del olvido. Y lo que permanece como noticia en alguna página, siempre encuentra algún lector ávido de llevarlo a la primera plana.

Una de las charlas más asiduas con mis hijos cuando eran púberes, giraba alrededor de las tribus urbanas: los floggers, los cumbios, los metaleros, los emos. Siempre hubo tribus y adolescentes perteneciendo a ellas. Así íbamos en busca de nuestra identidad, nada ha cambiado tanto. Por aquella época estaban los pardos, los chetos y los stones. A mí me tocó militar en las filas de los stones, los que usábamos la ropa Little Stone y usábamos carpinteros y mamelucos plagados de etiquetas, pañuelos en la muñeca y zapatillas repletas de dibujos hechos con fibrones.

Así nos íbamos a los asaltos, (los chicos la bebida y las chicas la comida), donde rendíamos las primeras clases de baile bolichero, y se aprovechaba para debutar en las “chapadas”, después de la suerte de la botellita.

Los mediodías en la casa del abuelo, el mate después del almuerzo en los sillones de paja del jardín de invierno. El paisaje incluía a la radio Tonomac, instalada en el hueco de la ventana, que hacía sonar la música del Rotativo del aire de Radio Rivadavia, tras lo cual el villeguense Antonio Carrizo, comenzaba La Vida y el Canto.

Es más que una lista. Son pedacitos de historias pegados en un collage en el que no faltan los jazmines del patio grande, los asados del tío Mario, las cajas inmensas de Mil Ladrillos, Pétula (una de mis Piel Rose), los dieciséis primos jugando al Estanciero, las trampas en el Ludo Matic y el disco multicolor de Música en Libertad dando vueltas hasta acabar con la púa del Winco.

Por eso vale acordarse. Como en el vale todo de la perinola. Porque los recuerdos nos sorprenden, como la sorpresa del chocolatín Jack y los regalitos del Topolín.

Qué importa que a veces esos juguetitos diminutos no sirvieran para nada. Fueron escalones. Nos hicieron crecer. Peldaño a peldaño. A veces a golpe de Tiqui Taka, pero siempre nos han dejado una imagen imborrable, que no figura en el Simulcop.

Me gusta mirar hacia atrás y verme esperando todo, queriendo todo, creyéndome un poco la Mujer Maravilla y la 99. Ya pasó el mayor tramo del camino y tengo un baúl lleno de nuevos recuerdos en el que un teclado de la Commodore pelea por un espacio.

Mis hijos han sumado juguetes, libros, canciones, teléfonos celulares, computadoras y dos nietos.

Hoy, mientras me veo reflejada en la pantalla y escucho el sonido de las letras que tecleo, me sale una sonrisa. Porque en unos minutos voy a estar escuchando el saludo de mi hermano Rodolfito desde la vereda y me sentaré con mamá y mi hermana Carmen a conversar un rato sobre el día de ayer y seguramente, el de mañana.

Hemos crecido mucho. Y seguiremos creciendo hasta el último día. Tenemos una fragilidad que no se rompe. La fragilidad de la fuerza. Eso que parece que se rompe, pero permanece íntegro, aunque no esté entero.

 

*Celina Fabregues es periodista. Conduce Cuidarte Más por FM Villegas, los sábados de 9,30 a 12 horas, programa que se repite a las 19 del mismo día.