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martes, marzo 10, 2026
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El Padre Panacea, el griego que hizo suya la fe de Villegas

En una nueva entrega de Goyo el Memorioso, Román Alustiza revivió la historia del padre Francisco Panacea, aquel sacerdote nacido en Grecia que llegó a General Villegas en 1914 y permaneció 33 años al frente de la parroquia local. Su huella, grabada en las paredes del templo y en la memoria del pueblo, todavía perdura.

Llegó Goyo el Memorioso a los estudios de Radio Actualidad, y con él, una nueva historia que vuelve a unir pasado y presente. Esta vez, eligió recordar al padre Francisco Panacea, un cura griego que se ganó el corazón de General Villegas y que, a fuerza de fe y trabajo, se convirtió en uno de los pilares espirituales y sociales del pueblo.

Panacea nació en 1882 y llegó a Villegas en 1914, proveniente de Mar del Plata, donde estaba a cargo de la iglesia San Pedro. En aquellos años, Villegas era apenas una comunidad en crecimiento, sin rutas ni infraestructura, y la vida giraba alrededor de la parroquia. Panacea se integró por completo: atendía a los feligreses a cualquier hora y caminaba largas distancias para asistir a quien lo necesitara.

El cura que construyó un símbolo

Cuando el sacerdote arribó, la iglesia era solo un proyecto. Había cimientos levantados, pero la obra estaba detenida. Panacea se propuso concluirla. Convocó vecinos, gestionó fondos y lideró una comisión que trabajó durante casi dos décadas. Finalmente, el templo de las calles Moreno y Pringles, edificado por la empresa constructora Santiago Siri, fue inaugurado en 1937, gracias a su impulso y perseverancia.

No solo construyó una iglesia: levantó una comunidad. La parroquia se transformó en el centro social del pueblo, un lugar de encuentro para todos. Panacea se volvió parte de la vida cotidiana de Villegas, con sus virtudes, sus exigencias y una forma de entender la fe muy propia de su tiempo.

Y finalmente, el Dr. Manuel Fresco fue gobernador y vino a la inauguración de Templo Parroquial
Un hombre de carácter y de compasión

Físicamente era alto, fuerte, de aspecto severo. Pero detrás de esa figura rígida se escondía un hombre compasivo. Fue uno de los primeros en integrar a chicos con discapacidad en las actividades parroquiales, dándoles un espacio que la sociedad de entonces les negaba. Entre ellos estaba Norberto Estelrich -o “Esterliche”, como se lo conocía popularmente-, su monaguillo más cercano.

Aun con su espíritu protector, Panacea no estaba exento de las controversias propias de su época. En 1937, cuando Atlético Villegas inauguró su pileta, el cura advirtió desde el púlpito que las mujeres no debían asistir, por considerar impropio mostrarse en traje de baño. Sin embargo, fue él mismo quien terminó bendiciendo las aguas durante la inauguración. “Eran otros tiempos, otros códigos”, recordó Goyo, entre sonrisas y respeto.

El día que se despidió del pueblo

Panacea falleció en 1948, víctima de un infarto, poco después de celebrar un casamiento. Se cuenta que, al ver demorada a la novia, comentó: “Ay hija, creí que no te iba a poder casar”. Esa misma noche murió, dejando una comunidad consternada.

Sus restos descansan dentro de la iglesia, a la izquierda de la entrada, y es la única persona sepultada allí. En el atrio, una placa lleva su nombre junto al de los vecinos que integraron la comisión pro-templo, entre ellos Gregorio Alustiza, abuelo de Román, y Conrado Nagore, fundador del diario La Actualidad. En la entrada, un busto recuerda su figura y su entrega.

Un legado que perdura en la memoria de Villegas

Panacea marcó una época. Con él y con el padre Alfonso Wesner, se delinearon las bases de la vida religiosa villeguense. Su nombre quedó grabado también en una calle del pueblo -aunque, como señaló el padre Tomasz, el cartel omite la palabra “Reverendo”, un detalle que aún espera corregirse-.

Su historia es la de muchos que, sin haber nacido aquí, eligieron a Villegas como su lugar en el mundo. Aquellos que construyeron con sus manos, su palabra o su fe la identidad de un pueblo. Y ahí está Goyo el Memorioso, recordando que las raíces no se heredan: se siembran.