Cada jueves, el espacio de recuerdos que protagoniza Román Alustiza en la piel de “Goyo el Memorioso” vuelve a poner en primer plano a esos personajes que construyeron la identidad de General Villegas. Esta vez, el homenaje fue para Guillermo “Quique” Tondo, integrante de una familia que lleva más de un siglo ligada al oficio de la peluquería en la ciudad.
La historia comenzó mucho antes de Quique. Su padre, Francisco Tondo, inmigrante catalán llegado desde Barcelona junto a Cristina Álvarez, arribó a la Argentina siendo peluquero. Ese oficio se convirtió en legado familiar: Francisco fue peluquero, luego lo fue su hijo Guillermo y más tarde su nieto Hugo, quien continúa al frente del histórico local.
Quique nació en 1919 y cursó sus estudios en la Escuela Nº 17. Desde muy chico comenzó a aprender el oficio. “Arrancó subiéndose a un banquito para enjabonar a los clientes que su padre iba a afeitar”, recordó Goyo. Eran años en los que enseñar un oficio desde la infancia era parte natural de la vida familiar.
Con 18 años Quique partió para Laboulaye despues de un año de trabajo,con sus ahorros se tomó un año sabático en la Capital Federal. Más tarde realizó el servicio militar en El Palomar, donde se desempeñó como peluquero en el casino de oficiales. Finalizada esa etapa, permaneció en la capital trabajando en una peluquería de San Telmo, donde llegó a quedar como encargado tras el fallecimiento del dueño.
En 1955, luego de la muerte de su padre, regresó a General Villegas para continuar con la peluquería familiar.

Una esquina con historia
El local funcionó primero en calle Belgrano 550, en el edificio donde más tarde estuvo una unidad básica y donde hoy se identifica el espacio “Villegas en Movimiento”. Con el tiempo, la peluquería se trasladó a la esquina de Vieytes y Necochea, donde continúa funcionando bajo la conducción de Hugo Tondo.
Más que un comercio, el lugar fue durante décadas un punto de encuentro. “Por ahí pasaba la cocina de Villegas”, graficó Goyo. Entre cortes de pelo y afeitadas se hablaba de fútbol, de turf y de la vida cotidiana. Quique era hincha de Independiente y simpatizante de Eclipse, aunque frecuentaba el Club Atlético por sus amistades. Allí después del mediodía jugaba al dominó y por las noches al Chin-Chon.
El turf ocupaba un lugar central en su vida. En la peluquería se acumulaban ejemplares de la histórica Revista Palermo, publicación especializada que aún hoy continúa editándose. Las conversaciones sobre carreras eran moneda corriente y cada año Quique asistía al Gran Premio Carlos Pellegrini en el Hipódromo de San Isidro, una cita ineludible para los apasionados.
Uno de los recuerdos que volvió a escena fue la histórica victoria de Marina Lezcano en 1978, cuando ganó con Telescópico por amplia diferencia, en un triunfo que marcó época en un ambiente tradicionalmente masculino.
Amistades, caza y peñas
Quique cultivaba la amistad como un valor central. Participaba de la peña “La Pedernera”, nombre inspirado en Adolfo Pedernera, figura emblemática de River Plate. Los encuentros comenzaron en el restaurante El Barquito y luego continuaron en su casa. Había una regla clara: no se hablaba de política. “Sabían que si tocaban ese tema, terminaban peleando”, dijo Goyo.
También era aficionado a la caza menor, actividad habitual en tiempos en que los campos de la zona conservaban amplias extensiones de pastos naturales. Salía los fines de semana con amigos, acompañado de su perra pointer adiestrada y con su escopeta calibre 20 de un caño, daba muestras de su certera punteria. Esas jornadas incluían asado y largas charlas, desde la mañana hasta el anochecer.

Pero además, Quique fue un gran bailarín de tango y admirador del gran cantante Julio Sosa, «El varón del tango».
Se casó en 1959 con Sara Mackay y en 1961 nació Hugo, quien años después estudiaría el oficio en una academia de Ramos Mejía antes de incorporarse al negocio familiar. Padre e hijo trabajaron juntos durante años, hasta que Quique comenzó a cumplir media jornada. Falleció en 1990, a los 71 años.
En el Museo Histórico Regional se conserva el primer sillón de peluquería de Francisco Tondo, donado por la familia, una pieza que testimonia más de cien años de trayectoria. Ese legado continúa vivo en la esquina tradicional de la ciudad.
La peluquería Tondo no solo resistió el paso del tiempo; se convirtió en parte del paisaje afectivo de General Villegas. Tres generaciones sostuvieron un oficio que fue mucho más que cortar el pelo: fue escuchar, conversar y construir comunidad. Y mientras Hugo siga detrás de la silla, la historia seguirá sumando capítulos.

