Hay experiencias que no solo se cuentan: se transmiten. La historia de Mario Acosta avanza en ese registro, entre el recuerdo preciso y la emoción intacta. Suboficial Mayor retirado del Ejército Argentino, pasó más de cuatro años en la Antártida Argentina, en cuatro campañas que lo llevaron a convivir con el frío extremo, el aislamiento y situaciones límite que aún hoy describe con claridad.
Desde 2018 vive en General Villegas. Llegó después de completar 35 años de servicio, con la decisión de empezar una etapa distinta junto a su familia. Sin embargo, su historia todavía circula poco en el ámbito local, pese a tratarse de una experiencia poco común incluso dentro de las fuerzas.
“Yo soy un enamorado de mi profesión, me encantó siempre. Di todo y siempre puse de mi parte porque es algo que decidí: defender a la patria”, resumió al repasar sus inicios.
Una decisión que no tuvo dudas
Acosta ingresó al Ejército en 1981, luego de terminar la escuela secundaria. No tenía familiares en la fuerza, pero sí una inclinación clara. “Siempre me gustó todo lo relacionado con la vida militar. Fue una decisión que nació de la nada y fue creciendo”, explicó.
Se formó en la Escuela de Suboficiales General Lemos, desarrolló una carrera extensa y alcanzó el grado máximo dentro de la suboficialidad. En ese recorrido, realizó cursos de tropas especiales, fue paracaidista y tuvo destinos en distintos puntos del país.
El contacto con la Antártida surgió casi por casualidad, cuando colaboró con personal del Comando Antártico. A partir de ese momento, decidió presentarse al proceso de selección.
“De cien postulantes quedamos once. No es fácil. Se evalúa todo: comportamiento, aptitud física, la cabeza. Es un año de preparación muy exigente”, recordó.

El impacto del primer viaje
Su primera campaña fue en la Base Belgrano II. Tenía 23 años. Llegó después de cruzar el Pasaje Drake y ser trasladado en helicóptero desde el rompehielos.
“Cuando llegamos no lo podía creer. Dije: ‘acá voy a estar un año’. Era lo más inhóspito que te podés imaginar”, contó.
Las condiciones superaban cualquier expectativa. “Había salido de Tucumán con 35 grados y llegué con 28 bajo cero. Es un golpe muy fuerte”.
El impacto no es solo físico. También es mental. “El período de adaptación no es fácil. Todos nos mirábamos y decíamos: ¿dónde estamos?”, relató.
El frío, el viento y la rutina
En la Antártida, la vida cotidiana se reorganiza por completo. “El agua hay que hacerla picando hielo. No abrís una canilla. El agua es sagrada”, explicó.
Las temperaturas pueden alcanzar niveles extremos. “Tuvimos una sensación térmica de 86 grados bajo cero con vientos de más de 200 kilómetros por hora”, recordó.
La rutina es clave para sostener el funcionamiento de la base. Cada integrante tiene responsabilidades específicas. En su caso, estaba a cargo de la parte mecánica, los generadores y la energía.
“No podíamos estar más de cinco o diez minutos sin calefacción porque se congelaba todo”, explicó.
También hay cambios en la alimentación. “No hay verduras ni frutas. Todo es enlatado o congelado. El cuerpo tiene que adaptarse”, señaló.

El aislamiento y la convivencia
Más allá del clima, Acosta identifica otro punto crítico: la convivencia. “Es lo más difícil. Estás con las mismas personas durante meses, sin poder salir, sin poder irte”, afirmó.
El aislamiento no solo es geográfico. También es emocional. “Si pasa algo con tu familia, no podés hacer nada. Esa impotencia es muy dura”, describió.
Las tensiones aparecen incluso por situaciones mínimas. “Estuve casi un mes sin hablar con un compañero por un chocolate. Son cosas que acá parecen una tontería, pero allá se agrandan”, contó.
Al mismo tiempo, se generan vínculos fuertes. “Después volvés y seguís siendo amigo. Pero en el momento se hace difícil”.
Situaciones al límite
Las campañas incluyen episodios de riesgo constante. Uno de los más recordados ocurrió durante una travesía en moto de nieve.
“Nos agarró un temporal en el camino. En cinco minutos tenés viento de 200 kilómetros por hora. Armamos la carpa y estuvimos diez días ahí”, relató.
Sin comunicación y sin saber si la base los daba por desaparecidos, la situación se volvió crítica. “No sabíamos si íbamos a salir. Dormíamos poco y estábamos en manos de Dios”, sostuvo.
También enfrentó grietas de gran profundidad, caídas y rescates complejos. “Hay grietas donde no ves el fondo. Es un riesgo constante”, explicó.

Volver y empezar de nuevo
El regreso al continente no es automático. “Cuesta adaptarse. Ver gente, cruzar una calle, todo es distinto”, dijo.
Después de meses viendo solo blanco y naranja, el impacto visual es fuerte. También cambia la relación con lo cotidiano. “Aprendés a valorar cosas simples, como el agua o la comida fresca”, señaló.
Aun así, no duda en su elección. “Si tuviera que volver a elegir, lo haría sin dudar. Son experiencias que te cambian para siempre”, afirmó.
Villegas como presente
Tras su retiro, eligió General Villegas como lugar para vivir. La decisión estuvo vinculada a la familia y a la búsqueda de un entorno más tranquilo.
“Es una ciudad donde se puede vivir bien. Me adapté y hoy es mi lugar”, expresó.
Desde allí, comparte su historia en escuelas y espacios educativos. Busca acercar una realidad poco conocida.
“A mí me encanta transmitir lo que viví. Hay mucha gente que no dimensiona lo que es la Antártida”, sostuvo.

Una experiencia que deja huella
Acosta insiste en que la Antártida no es solo hielo. “Es el lugar más impresionante que conocí. Ojalá todos tuvieran la posibilidad de verlo”, afirmó.
Su historia combina vocación, disciplina y resistencia. Un recorrido que empezó en Tucumán, pasó por el extremo sur del planeta y encontró en Villegas un punto de llegada.
“Podés irte lejos, pero hay experiencias que te cambian para siempre”, resumió.


