Una nueva ilusión se despierta en cada corazón argentino en vísperas a la Copa del Mundo. Expectativa, ansiedad, nervios y el sueño intacto de bordar la cuarta estrella en el pecho.
El gusto del recuerdo
Cada vez que nos encontramos en la previa de un Mundial, nos damos cuenta de lo rápido que pasa el tiempo. Probablemente, todos nos acordamos del último Mundial: con quien lo vimos, cómo festejamos, las cábalas, las canciones, del sufrimiento a la emoción eterna, la caravana inolvidable o incluso, esos mínimos detalles que quedarán marcados para siempre en nuestra retina.
Creo que todavía no hemos dimensionado al máximo todo lo que atravesamos hace aproximadamente tres años y medio. Cuesta poner en palabras todos los sentimientos encontrados que nos invadieron aquel mes. Quizás, el paso del tiempo sea el encargado de magnificar lo difícil que es ganar una Copa del Mundo. Solo ocho países tuvieron ese privilegio. Nosotros, encima, lo hicimos tres veces. Pero la última tuvo algo diferente. Será porque el fútbol le debía un Mundial a Messi. Será porque el desarrollo de la final fue sacado de una película. O simplemente, porque una generación completa pudo ver por primera vez un título de esta magnitud.
No es para cualquiera
Pero saben una cosa, hay algo mucho más difícil después de ganar: volver a ganar. Eso se explica por varios factores obvios. La relajación del plantel (no digo que sea el caso), la atención de los rivales al ver tu poderío o incluso, lo que muchos llaman como “La maldición del campeón”, que refiere a que ningún equipo pudo repetir título mundialista hace más 60 años (Brasil fue el último en el 58´y 62´). Sin embargo, muchos también me pueden discutir que se presentan otros aspectos positivos luego del triunfo: el respeto ganado por todo el mundo, jugar sin la presión fulminante de cortar la sequía o la conexión que representan estos jugadores para el pueblo.
No obstante, el objetivo de este escrito es otro. Alejado de los estrictos análisis periodísticos que se puedan hacer de nuestro seleccionado, quiero hacer hincapié en el sentimiento, en las emociones, en esos detalles mentales que se generan en los hinchas cada vez que nuestros jugadores nos representan. Porque son esos factores los determinantes a la hora de poner sobre la mesa lo que significa un Mundial, ya no solo para nuestro país, sino para todo el planeta. “Mira lo que es esa Copa, mato y muero por ella”, dijo Carlos Salvador Bilardo. Más allá del tono sarcástico en la frase de un prócer para nuestro fútbol argentino, cuánta razón se encuentra. ¿Quién no soñó alguna vez con ganar un Mundial? Bueno, ya fue una realidad una vez. ¿Y por qué no dos?
El Mundial ya no importa
Claro, venimos endulzados. Venimos con que no nos importa el Mundial. Y a eso apunta mi humilde análisis. En negocios, en el trabajo, en una cancha o en cualquier charla, he escuchado la contundente frase con reiteración: “A mi no me importa el Mundial”. Que sentimiento raro, ¿no? Cuesta entender cómo hay gente que no le pueda interesar algo que se festejó tanto aquel 18 de diciembre. Vuelvo al caso: ¿Se acuerdan de los millones y millones que salieron a las calles a lo largo del país, cierto? ¡Hasta feriado se declaró! No, estoy negado. ¿Por qué será que le bajamos el precio a este torneo ahora?
Ya me puedo imaginar uno de los motivos: el temor a que nos vaya mal. Es una de las posibilidades, claro. No siempre se podrá ser el mejor. Y en esta cuestión, me llamó la atención las constantes declaraciones de Lionel Scaloni sobre que “también se puede perder o va a llegar ese momento algún día”, casi como preparándonos, porque nos conoce. Conoce todos los años que ¡criticamos a Messi!, sabe que ser segundo no vale nada según la opinión popular y comprende la opción de salir a destrozar a los jugadores a la primera de cambio, incluso después de haber sido rodeados de gloria. Quitándole valor al Mundial, quizás una posible caída duela menos.
Una clara razón de devaluar la competencia es la coronación de hace algunos años. Es una sensación rara, pero es como que “ya ganaron el Mundial pasado, no se les puede pedir más”. Está bien, exigir que ganen es una cosa, pero sacarle importancia al Mundial no es la manera de destacar todo lo logrado. Claro, Messi ya ganó una Copa del Mundo. Pero quién puede pensar que no va a intentarlo otra vez como en su primera vez, en 2006. Y a este caso se le podría sumar el recuerdo de cómo lloraba en la última final de la Copa América, cuando se lesionó. El tipo sufría como un bebé no poder acompañar a su equipo después de ser el futbolista más galardonado de la historia del deporte. ¿Para qué más? Bueno, en el adn argentino no está quedarse con lo obtenido. Siempre iremos por más. Por eso somos distintos.
También me gustaría dedicar una parte de ese rechazo al Mundial al presidente de la AFA, Claudio Tapia, quien se encargó de dividir ideologías, posturas y transformar una grieta entre directivos, clubes e hinchas. Los malos manejos, la pésima gestión y las horrendas tomas de decisiones que se presentan de forma constante en el fútbol de nuestro país, hicieron que el pueblo argentino manifieste su descontento. Y para colmo, en ese contexto, algunos jugadores del seleccionado se han mostrado y presentado a favor del mandatario de la asociación. Eso también, queramos o no, influye. Porque ¿cuál es el costo del éxito? Tenemos una Liga que ha perdido credibilidad, pero la cual nos quieren hacer creer que es la de los campeones del mundo. El futbolero, el verdadero apasionado, el fanático, no creo que pretenda aguantar tan poca seriedad en nuestro fútbol a cambio de hacer una buena presentación mundialista, con jugadores que en su gran mayoría residen en Europa.
Una última causa de esa especie de desprestigio hacia el torneo más importante del deporte podría ser, entiendo, el cambio de paradigma que atravesó el pueblo argentino con respecto a la gente que mira fútbol. Porque claro, hay hinchas e hinchas. No está mal, porque todos deberían ver fútbol y disfrutar de los partidos. Pero también es cierto que no todas las personas que ven el Mundial tienen al fútbol incorporado en su vida de forma permanente. Son a los que denomino “hinchas cada cuatro años o de Mundiales”. Y entonces, en esa mezcla de pasiones y miradas, nos encontramos de nuevo con la sensación de que todo da lo mismo.
Repaso por la historia
En los últimos días tuve la suerte de dialogar con distintas personas que disfrutaron de España 82´y el gran Mundial de Italia 90’. Y se podría decir que el contexto se asemeja al actual: llegamos a ambos tras ser campeones del mundo y endulzados por los logros previos. En sus relatos, pude entender que “no da lo mismo”. Ni ayer, ni hoy, ni mañana. Nunca puede ser insignificante una Copa del Mundo. Y mucho menos para un suelo que respira fútbol. Puedo entender que hoy, tras la conquista qatarí, muchos hinchas se decantan más por la pasión hacia sus clubes. Pero no por esa razón se puede despreciar un certamen tan importante. Y en desacuerdo completamente con lo que nos quiso hacer creer Cristiano Ronaldo hace algunos meses, un Mundial no son solamente ocho partidos.
La Argentinidad, al palo
Lo cierto es que después de tres años y medio, el Mundial está en marcha. Llegó el momento de defender la corona, de volver a dejar la bendita Copa del Mundo en casa. Y a pesar de cualquier tipo de comentario de deshonra hacia el torneo, nunca puede dar lo mismo. Siempre hubo, hay y habrá clima mundialista. Y allá vamos, por la revancha que no pudo tener el Diego en suelo norteamericano. Y allá vamos, por esos recuerdos gloriosos que aún nos quedan en la memoria. Y allá vamos, para demostrar que el argentino no es de cuarta. Y allá vamos, por y para aquellos laureles que supimos conseguir. Muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar. Que así sea.

