Nacido en el barrio porteño de Mataderos en 1896, criado entre calles de tierra, tranvías a caballo y los primeros pasos del fútbol argentino, Cristóbal Mateo Formica terminó convirtiéndose en uno de los hombres que más contribuyó a moldear el paisaje urbano de General Villegas. Constructor, empresario y referente de una época, dejó una marca que aún hoy puede apreciarse en numerosas viviendas y edificios emblemáticos de la ciudad.
Hijo de Juan Bautista Formica, inmigrante italiano oriundo de Gassino, en la región de Piamonte, y de Antonia María Robira, nacida en Mallorca, Cristóbal fue el mayor de siete hermanos. Su infancia transcurrió en Mataderos, donde cursó sus estudios primarios y secundarios y fue testigo privilegiado de un acontecimiento que con el tiempo se volvería histórico: el nacimiento del Club Atlético Nueva Chicago.
Según recordó Gregorio “Goyo” Alustiza en su espacio de rescate histórico, Formica era apenas un adolescente cuando un grupo de jóvenes del barrio comenzó a reunirse junto a un viejo puente de madera sobre el arroyo Cildáñez. Allí surgió la idea de fundar un club de fútbol. Cristóbal no figura entre los fundadores oficiales debido a su edad, pero estuvo presente en aquellas reuniones y luego integró las divisiones juveniles de la institución.
El nombre del club surgió en referencia al barrio de Mataderos y a la ciudad estadounidense de Chicago, considerada entonces el centro mundial de la industria de la carne. Los colores verde y negro habrían sido inspirados por un carro tirado por caballos que pasó frente a los jóvenes durante aquellas charlas fundacionales.
De Mataderos a General Villegas
Formica siguió los pasos de su padre y se formó como constructor. A comienzos del siglo XX llegó por primera vez a General Villegas invitado por amigos de la familia Caivano. La experiencia fue suficiente para enamorarse de la ciudad.
Tras regresar a Buenos Aires, decidió instalarse definitivamente en Villegas. Comenzó trabajando junto a Olindo Bitti en una fábrica de mosaicos y poco tiempo después inició su propio emprendimiento. Con el correr de los años desarrolló una empresa constructora que se convirtió en una de las más importantes de la región.
En 1920 se casó con María Magdalena Muntaner, de esa unión nacieron tres hijos, en 1921 Juan José, en 1923 Carlos y en 1929 Norberto Luis. Enviudó en 1936 y unos años más tarde contrajo enlace con Josefa Andraiz.
Su ochos nietos, Nora, María Inés, José Luis, Beatriz, Magdalena, Marcelo, Marta y Cristina disfrutaron mucho a un abuelo que dio que hablar.
Su nombre quedó ligado a numerosas obras particulares y públicas que todavía forman parte del patrimonio arquitectónico local. Entre ellas se destacan la histórica vivienda de la familia del doctor José R. Lamas sobre calle Belgrano, la casa de Ramón García en Moreno, la residencia de Jesús Gómez frente al Cine Español, la propiedad de Juan Besso sobre calle San Martín, la antigua estación de YPF que funcionara en Belgrano y Rivadavia, y la sede social de La Lucila, entre otras edificaciones.
También participó en la remodelación del Cine Español, transformando una estructura originalmente concebida para bailes en un verdadero cine-teatro mediante la construcción de la característica inclinación de la sala.
Además, construyó numerosas escuelas rurales y urbanas del distrito, así como en obras realizadas en importantes establecimientos agropecuarios de la zona.

La pileta de Atlético, una obra emblemática
Entre todas sus realizaciones, una de las más recordadas es la construcción de la pileta del Club Atlético Villegas.
La obra fue contratada en septiembre 1936 mediante un acuerdo firmado entre la institución y Formica. El documento establecía estrictos plazos de ejecución, multas por demoras y la obligación de rehacer cualquier trabajo que no cumpliera con las condiciones pactadas.
La pileta fue terminada dentro de los tiempos previstos y se convirtió en uno de los grandes símbolos deportivos y sociales de la ciudad, inaugurada el 3 de enero de 1937.
Una empresa que marcó una época
Hacia la década de 1940, Cristóbal se asoció con su hijo Juan José “Toto” Formica y nació la firma Cristóbal Formica e Hijo.
La empresa alcanzó una dimensión notable para la época. Llegó a contar con más de 60 empleados y desarrolló actividades que incluían construcción, carpintería, fundición y venta de materiales. Su sede funcionaba en la esquina de Belgrano y Rivadavia, conocida popularmente como “Los Tres Arbolitos”.
La magnitud del emprendimiento era tal que incluso disponía de mecánicos propios para el mantenimiento de los vehículos utilizados en las obras.
Por sus oficinas pasaron numerosos trabajadores y profesionales que luego tendrían una destacada trayectoria local. Sin embargo, pese al crecimiento empresarial, Formica mantuvo un estilo de conducción sencillo y cercano. No tenía una oficina privada: compartía un amplio espacio de trabajo con sus colaboradores, rodeado de escritorios y tableros de dibujo.

Austero por convicción
Quienes lo conocieron coinciden en describirlo como un hombre de pocas palabras, educado, reservado y profundamente austero.
Militante de las ideas socialistas inspiradas en Alfredo Palacios, llevaba una vida acorde con sus convicciones. Aunque tenía posibilidades económicas para darse mayores lujos, eligió siempre la sencillez.
Mientras otros empresarios de la época optaban por vehículos de alta gama, Formica circulaba en modestos automóviles. Incluso protagonizó una anécdota que quedó en la memoria familiar: tras sufrir una caída mientras paseaba en una motocicleta Royal Enfield con sidecar, decidió venderla y reemplazarla por un sulky para sus recorridas recreativas.
Cristóbal Mateo Formica falleció en 1975, a los 79 años. Más de medio siglo después, su legado continúa presente en las calles de General Villegas. Cada fachada, cada galería y cada construcción que desafió el paso del tiempo son testimonio del trabajo de un hombre que llegó desde Mataderos y terminó convirtiéndose en uno de los grandes constructores de la historia local.

