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domingo, agosto 2, 2026
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La inteligencia artificial no viene por tu empleo / Por Eric Sueldo (*)

Viene a cambiar las reglas del trabajo. Y eso exige algo mucho más profundo que aprender a usar una nueva tecnología.

Durante décadas imaginamos que el trabajo del futuro estaría lleno de robots, oficinas completamente automatizadas y personas reemplazadas por máquinas. Esa imagen, alimentada por películas y novelas de ciencia ficción, parecía lejana. Sin embargo, la realidad tomó un camino distinto. El futuro no llegó con estruendo; llegó silenciosamente y ya forma parte de nuestra vida cotidiana.

Cada vez que una inteligencia artificial responde una consulta, un algoritmo selecciona un candidato para una entrevista o un productor agropecuario toma decisiones a partir de datos satelitales, estamos frente a una transformación que redefine el concepto mismo de trabajo.

Pero el verdadero cambio no ocurre en la tecnología. Ocurre en las personas.

La historia demuestra que cada revolución tecnológica despertó incertidumbre. La máquina de vapor modificó la producción artesanal; la electricidad transformó la industria; internet revolucionó la comunicación. En todos los casos aparecieron los mismos temores: la pérdida de empleo, el reemplazo del trabajador y la incertidumbre frente a lo desconocido.

Hoy volvemos a recorrer ese camino.

La Inteligencia Artificial, la automatización y la digitalización están modificando profesiones enteras. Algunas tareas desaparecerán, otras cambiarán profundamente y muchas otras aún ni siquiera existen.

Esto no significa necesariamente menos empleo, “significa empleos diferentes”.

Las organizaciones ya no buscan únicamente personas que sepan hacer una tarea específica, buscan personas capaces de aprender nuevas tareas durante toda su vida laboral.

Ese es, probablemente, el mayor desafío de nuestro tiempo.

Durante muchos años se creyó que el conocimiento técnico era suficiente para garantizar una carrera profesional. Obtener un título universitario parecía representar el punto de llegada, hoy ocurre exactamente lo contrario.

El conocimiento tiene fecha de vencimiento.

Las tecnologías evolucionan a una velocidad tan acelerada que lo aprendido hace apenas cinco años puede resultar insuficiente para resolver los problemas actuales. La formación dejó de ser una etapa para convertirse en un proceso permanente, aprender ya no es una ventaja competitiva. Es una condición para permanecer vigente y empleable.

Sin embargo, existe una paradoja interesante. Mientras la tecnología avanza aceleradamente, las habilidades más valoradas por las empresas son precisamente aquellas que las máquinas todavía no pueden reproducir completamente.

•La empatía.
•La creatividad.
•La comunicación.
•La capacidad para resolver problemas complejos.
•El pensamiento crítico.
•La inteligencia emocional.
•La adaptabilidad.

Estas competencias, conocidas internacionalmente como skills o habilidades del futuro, representan el verdadero diferencial entre un profesional promedio y uno preparado para liderar los cambios que vienen.

Una inteligencia artificial puede analizar millones de datos en segundos, lo que todavía no puede hacer es comprender las emociones de un equipo de trabajo, negociar un conflicto, inspirar confianza o construir una cultura organizacional.

Las empresas comienzan a comprender que el futuro será profundamente tecnológico, pero seguirá siendo esencialmente humano.

No obstante, tampoco sería responsable mirar únicamente el lado optimista de esta transformación. El cambio tecnológico también presenta amenazas concretas. Muchas ocupaciones basadas en tareas repetitivas serán automatizadas.

Los trabajadores que no logren actualizar sus competencias encontrarán mayores dificultades para insertarse laboralmente.

La brecha entre quienes acceden al conocimiento y quienes quedan excluidos puede ampliarse significativamente, incluso existe un riesgo menos visible: la dependencia excesiva de la tecnología.

Cuando delegamos permanentemente nuestras decisiones a algoritmos, corremos el riesgo de reducir nuestra capacidad de análisis, creatividad y pensamiento crítico. La tecnología debe potenciar al ser humano, no reemplazar su criterio.

Frente a este escenario, la responsabilidad no recae únicamente sobre las empresas.

 

Las instituciones educativas tienen el enorme desafío de formar personas para empleos que probablemente todavía no existen. Ya no alcanza con transmitir contenidos. Será necesario enseñar a aprender, enseñar a cuestionar, enseñar a trabajar colaborativamente, enseñar a convivir con el cambio. La educación del futuro no puede preparar únicamente para aprobar exámenes. Debe preparar para enfrentar problemas reales en contextos inciertos.

También el Estado tiene un rol estratégico. Las políticas públicas orientadas a la capacitación continua, la reconversión laboral y el acceso equitativo a las tecnologías serán determinantes para evitar que esta revolución profundice desigualdades sociales.

Y finalmente aparece una responsabilidad profunda “la personal”. Cada trabajador deberá asumir el compromiso de convertirse en protagonista de su propio desarrollo profesional.

Esperar que el mercado indique qué aprender probablemente sea llegar tarde, la curiosidad será una ventaja y la capacidad de reinventarse será un activo estratégico. Además, la disposición para desaprender viejos modelos mentales será una necesidad. El empleo para toda la vida dejó de ser una garantía.

En cambio, la empleabilidad la capacidad de generar valor en diferentes contextos será el verdadero “patrimonio profesional”.

 

Argentina posee talento, creatividad y una gran capacidad de adaptación.

Profesionales capaces de combinar conocimientos técnicos con habilidades humanas podrán competir en mercados globales sin necesidad de abandonar su lugar de origen.

La economía del conocimiento, el desarrollo tecnológico, el sector agroindustrial, la biotecnología, la logística inteligente y los servicios basados en innovación abrirán espacios laborales impensados hace apenas una década.

Incluso ciudades del interior, como nuestro General Villegas, tradicionalmente vinculadas a economías regionales, comienzan a encontrar nuevas posibilidades gracias al trabajo remoto y la digitalización.

El futuro no pertenece únicamente a las grandes ciudades. Pertenece a quienes sepan prepararse.

Quizás la pregunta más importante ya no sea qué profesión tendrá mayor demanda dentro de cinco o diez años.

La verdadera pregunta es otra…

¿Estamos formando personas capaces de seguir aprendiendo durante los próximos años?

Porque el trabajo del futuro no será definido exclusivamente por la inteligencia artificial, los robots o la automatización.

Será definido por la capacidad humana de adaptarse, crear, colaborar y encontrar sentido en un mundo que cambia permanentemente.

El desafío ya no consiste en competir contra las máquinas.

Consiste en desarrollar aquello que, precisamente, nos hace humanos.

Y esa seguirá siendo, por mucho tiempo, nuestra mayor ventaja competitiva.

(*) Lic. Eric Elbio Sueldo – Licenciado en Gestión del Capital Humano