En una nueva entrega de Goyo el Memorioso, la historia de General Villegas recuperó la figura de Ricardo Curti, conocido por todos como “Geniol”, un personaje entrañable que durante décadas formó parte del paisaje cotidiano de la ciudad y que quedó especialmente ligado a la cancha del Cura y a su pasión por el arco.
Ricardo Curti nació el 29 de julio de 1947 en San Rafael, Mendoza. Era hijo de Emilio Benjamín Curti y Luisa Leonor Núñez. Su madre trabajó durante muchos años como cava en el antiguo Hospital Municipal y luego se jubiló allí. Ricardo tenía una hermana, Mabel Leonor, y la familia vivía en la calle Larrea al 200, en una época en la que muchas calles de Villegas todavía eran de tierra y las viviendas tenían importantes carencias.
Desde pequeño asistió a la Escuela Nº 3 y comenzó a trabajar en la panadería El Sol. Pero había un lugar donde pasaba buena parte de sus días: la cancha del Cura. Allí encontró su mundo y construyó el personaje que todos recuerdan.
Geniol era grandote, corpulento y tenía unas manos enormes. Desde muy chico decía que era arquero. En la panadería, dos bolsas de harina de 70 kilos hacían las veces de palos y, mientras trabajaba allí, se tiraba de un lado al otro para atajar las galletas que le arrojaban como si fueran pelotas. Su pasión por el arco estaba presente en cada una de sus ocurrencias.
En la cancha del Cura, donde tenía asistencia perfecta, desplegaba su particular personalidad. Era verborrágico, histriónico y capaz de convertirse cada día en un arquero diferente. Una jornada era Amadeo Carrizo; otra, Hugo Orlando Gatti; también podía transformarse en Lev Yashin, el legendario arquero soviético. Se ponía guantes de lana, buzos gastados y asumía el personaje con absoluta convicción.
También fue protagonista de numerosas escenas vinculadas con Atlético Villegas, club del que era ferviente hincha. En aquellos campeonatos en los que los partidos de segunda división eran dirigidos por árbitros locales, Geniol llegó a desempeñarse como juez de línea. Claro que su particular manera de entender ese trabajo hacía que la imparcialidad quedara en segundo plano cuando jugaba Atlético.

Su sueño de ser arquero tuvo incluso una oportunidad concreta. En un viaje de Atlético a Charlone, ante la ausencia del suplente, Geniol terminó ocupando ese lugar en el banco de primera división. Para quien durante toda su vida había repetido “yo soy arquero”, aquella situación significó cumplir, aunque fuera por un momento, el sueño de estar junto al arco de Atlético.
Pero detrás de aquel personaje alegre comenzó después una historia mucho más dolorosa. Geniol viajó a Buenos Aires y, según el relato de Goyo, allí comenzó un período difícil de su vida. Tuvo problemas para conseguir trabajo y atravesó situaciones de extrema vulnerabilidad. Con el tiempo terminó detenido y fue trasladado a una cárcel del sur del país, donde permaneció varios años.
Cuando regresó a General Villegas, su estado físico y mental estaba profundamente deteriorado. Su madre intentó acompañarlo y recurrió a tratamientos médicos cuando las situaciones de agresividad se hicieron difíciles de manejar. Finalmente fue internado y luego derivado al Instituto Neuropsiquiátrico Dr. Domingo Cabred, conocido como Colonia Montes de Oca, cerca de Luján.
Luisa viajaba periódicamente para visitarlo. Le llevaba ropa y dinero y esperaba encontrarlo en mejores condiciones. Sin embargo, según recordó Goyo a partir de los testimonios familiares, cada visita significaba una nueva preocupación: lo encontraba desmejorado, deprimido y, en ocasiones, sin siquiera tener puesta la ropa que ella le había llevado.
Hasta que llegó el 22 de febrero de 1989. La familia recibió un telegrama en el que se informaba que el paciente Ricardo Curti había abandonado el establecimiento por su propia voluntad. Desde entonces, nunca volvió a saberse nada de Geniol.
Su desaparición quedó rodeada de interrogantes. Goyo vinculó aquel episodio con otras circunstancias ocurridas años antes en la Colonia Montes de Oca y recordó que las investigaciones relacionadas con el establecimiento tampoco permitieron encontrar respuestas definitivas sobre el destino de Ricardo Curti.
Casi cuatro décadas después, aquella historia sigue sin un cierre. Su madre continuó buscando explicaciones y preguntando qué había ocurrido con su hijo, pero sus esfuerzos fueron infructuosos.
Sin embargo, Goyo eligió cerrar su recuerdo desde otro lugar: el de aquel “niño grande” que pasaba el tiempo en la cancha del Cura, que disfrutaba inventando personajes, que quería ser arquero y que hacía reír a quienes lo rodeaban.
No era Carrizo, Gatti ni Yashin. Era Ricardo Curti, Geniol, como todos lo conocieron en General Villegas. Un personaje que quedó grabado en la memoria de quienes compartieron aquellos años y que, con el paso del tiempo, corrió el riesgo de ser olvidado.
El relato de Goyo vuelve a ponerlo en escena, recuperando no solamente una historia trágica, sino también la imagen de aquel hombre alegre, hincha de Atlético y eterno arquero de la cancha del Cura.

