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sábado, agosto 30, 2025
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Del Señor Maradona, Beckenbauer, Walesa y también de Bunge

Cuando uno llama a Susana Pozzi para hablar de un tercero -por más que éste se llame Diego Armando Maradona- y escucha en su boca parte de su propia historia no puede menos que tentarse con hacer dos notas en una. Y un poco de eso trata la siguiente.

Susana es periodista. Editora en jefe de Brújula de Noticias, conductora de Gente Que Hace Radio (Radio Del Plata Rosario) y Gente Que Hace Tv (Somos Rosario). Hace trabajos como freelance, mediatranning y asesoramientos en comunicación.

Es licenciada en Ciencias Políticas y se especializó en Comunicación. Nació en 1963 y habla 7 idiomas. Entrevistó sin necesitar intérpretes a personalidades como Franz Beckenbauer, Lech Walesa o Anatoli Karpov. Vivió y estudió en Alemania. Hace trabajos como voluntaria en el sudeste asiático.

Ama escribir, pero aún no se anima sobre sus vivencias, que son miles. Es sobrina nieta de Jorge Luis Borges y como tal le parece que nunca será digna de escribir. Le pesa el antepasado ilustrísimo. Vive con su gato Toffee Pozzi, un bengal llegado de Madrid. Los bengales son producto de laboratorio, ya que provienen de la cruza del gen de un tigre de bengala y de un luwat, un gato salvaje del sudeste asiático.

Y dice: «Yo creo que Maradona tiene mucho que ver con el ser argentino, de nuestra identidad nacional. En cualquier aeropuerto del mundo te das cuenta cuando hay un argentino. Su impronta heredada de los tanos, hablar alto, gesticular… el argentino es soberbio, es jetón, tremendista. Es todo por el todo o es nada. Y Maradona era un poco eso todo junto, ¿no?. En algunas personas esos caracteres están más acentuados y en otras no. Además de su genialidad como deportista él era un poco eso. Esto hacía que nos identificaras con él. Te gustara o no el fútbol, de algún modo parabas la oreja si escuchabas algo de Maradona.»

Actualidad: Ya vamos a volver sobre Maradona, pero antes queremos saber de vos. Naciste en Bunge. Tu papá era Ercilio Pozzi, el médico del pueblo.

Susana Pozzi: Mis padres llegaron a trabajar a Bunge y uno de mis hermanos y yo nacimos ahí. El más chico no: nació en Salta porque mis padres fueron a un congreso y a mi madre se le dio por parir en Salta (risas). Pasé toda mi niñez en Bunge y después nos fuimos a Pergamino, de donde era mi mamá. Papá era de Santa Fe. Se conocieron en la facultad de Rosario, estudiando medicina.

A: ¿Y cómo recordás ese pueblo, ese Bunge de tantos años atrás?

SP: Bunge era como todos los pueblos de la zona… a mí me encantaba. Con esas cunetas enormes y que cuando llovía podías ir a pescar renacuajos. Siempre recuerdo esas cosas. O que mi papá tiraba un bote inflable cuando se inundaba la calle y nos subía a mi hermano y a mí… que sé yo, quizás el viejo tenía añoranzas del Paraná donde había sido nadador de aguas abiertas. O no quería sacar waterpolistas como había sido él, que llegó a formar parte del seleccionado argentino. Después te vas alejando por cosas de la vida. Nosotros no teníamos familia ahí, pero si tengo muchos afectos del corazón. Cuando estás desarraigado en algún lugar siempre creás una familia del corazón y creo que mis viejos hicieron esas cosas. Hace 3  o 4 años, después de unos 20, volví al pueblo con mamá y mi hermano Marcelo por los 50 años del jardín de infantes. Mamá fue quien lo creó. No había en el pueblo y mamá viajó a Buenos Aires a hablar con las hermanas Bunge, descendientes del fundador, para que le donara una casa que tenían ahí. Y así surgió el jardín. Y así volví a Bunge. Lo vi lindo, lo vi distinto. Reconocí gente y vi mucha más que no pude saber quién era porque el pueblo creció. ¿Cómo olvidarme de Bunge, por Dios? Nunca, nunca. Buenas épocas, buena gente. Me gusta la gente de los pueblos porque son auténticos, son sinceros. Y tienen otro concepto del tiempo. No hay que vivir a 20 mil revoluciones. Mirá como terminan algunos por vivir así.

SI QUERÉS ESCUCHAR LA NOTA:

A: Después de Bunge, ¿Dónde te llevó la vida?

SP: Por muchos lados. A Pergamino, al Rosario de mi familia. Me fui a Alemania, había que estudiar y regresé a trabajar de una manera particular. En Alemania tenés que tomarte el año sabático para decidir que vas a hacer, pero ya en Rosario me surgió rápido trabajo y me quedé a trabajar de periodista. Pero voy y vengo todo el tiempo.

Voy mucho al sudeste asiático, donde hago un voluntariado con una organización alemana. Es algo que me inyecta oxígeno. Trabajar con enfermos de SIDA, con mujeres víctimas de la violencia, con gente que vive en extrema pobreza y nunca ha dejado de sonreír… eso a mí me maravilla. Nunca osarían robarte la tablet o la cámara con la que trabajás. Son maravillosos, son maravillosos. Creo que son sociedades así porque en ellas no existe la noción de consumo. En ellos la idea de consumo como en las sociedades occidentales no existe. Son pueblos donde la gente sonríe y es agradecida. Hay mucho para aprender de esa gente.

A: Claro que sí. En medio de esto fuiste aprendiendo idiomas.

SP: Sí, tengo oído para los idiomas pero no aprendí a cantar. Me encantaría tener oído para eso, pero solo lo hago en la ducha cuando me baño. Total no me escucha nadie (Risas). Pero tengo oído para los idiomas, me resulta fácil y placentero. O visitar lugares y no necesitar un intérprete. Será porque me gusta andar sola en la vida. Viajar sola, experimentar sola. Me sirve para eso experimentar idiomas y además, si no hay un intérprete de por medio el modo de acercamiento hacia otra cultura es mucho más profundo.

A: Al entrevistar a Franz Beckenbauer lo habrás hecho en alemán, a Lech Walesa en polaco…

SP: En alemán, en alemán… y fue un placer hacerlo. Yo notaba que el intérprete traducía la mitad de lo que Beckenbauer decía. Es común que los intérpretes hagan eso. Traducen la mitad, lo que interpretan. Lo que me parece un espanto, porque para eso les pagan y les pagan muy bien. Entonces decidí entrevistarlo en alemán y a él le cambió la cara. Lo escuchás y de inmediato notás que tiene una formación superior. Sería un Valdano, algo así. Fue una charla muy interesante porque era en medio de la reunificación alemana. El había venido a la Argentina a promocionar la idea del Fair Play de la FIFA y recorrió distintas ciudades. Lo curioso es que después, mientras el contestaba otras preguntas, yo me levanté para irme. Cuando avanzaba hacia el pasillo escucho que en alemán me decía «adiós, hasta la vista» y le respondí de igual manera.

A: Hablanos de la nota con Walesa.

SP: …¡con Lech Walesa fue emocionante! Tengo en casa una foto gigantesca con él. Te imaginás que yo viví en la Alemania dividida, entonces sabía lo que era para los alemanes vivir divididos, desde lo personal. O sea afectos que te habían quedado del otro lado, no ya del Muro, de la alambrada. En esa época yo vivía en Bonn y para llegar a Berlín había una sola autopista que te llevaba. Y vos veías a tu lado, como en las películas de espionaje, alambradas electrificadas, altavoces y una cosa que era contradictoria, porque en el medio de la autopista, administrada por el gobierno ruso, había como si fuera un freeshop donde parabas y te encontrabas con todas las marcas internacionales de cosmética, moda y qué sé yo.

Por eso para mí, encontrarme con Lech Walesa, que había sido uno de los hacedores de la caída del Muro de Berlín y de la reunificación alemana junto con Gorbachov, mi papá del corazón en Alemania, que en ese momento era uno de los integrantes del área de Hacienda del gobierno alemán… no lo podía creer. Le acababan de entregar el Premio Nobel de la Paz y encima había leído hace unos años el libro «La libertad es un tren», de Germán Sopeña, el mítico periodista de La Nación, donde cuenta que Walesa llevaba siempre un buscapolo en la mano. Le llamaba la atención y a mí me quedó. Cuando lo entrevisté le pregunté si siempre llevaba un buscapolo en un bolsillo, como quien le pregunta si llevaba caramelos. Ahí el se abrió el saco, y en el bolsillo interior. Lo sacó, lo mostró y me explicó que lo llevaba para no olvidarse nunca cuáles eran sus orígenes, entender hasta dónde había llegado y no bandearse los límites.

Un tal Señor Maradona

A: No te animás a publicar pero un día te le animaste a Maradona. O al Señor Maradona.

SP: Yo trabajé muchísimos años de mi vida haciendo el móvil de LT8. Ese 13 de septiembre una súper fiesta de bienvenida a Maradona en el Coloso del Parque, donde se abrazaban simpatizantes de Newell’s con simpatizantes de Central. Una cosa increíble porque entre ellos hay un odio visceral. Es la grieta que divide a Rosario. O sos de Newell’s o sos de Central. No pueden entender cuando les decís ‘no, yo soy hincha de Independiente’. Pero ese día estaban todos juntos. Hice las notas de color y al volver a casa me dije ‘¿y por qué yo no puedo hacerle una nota?’. Y mi respuesta fue: ‘Porque no sabés nada de fútbol, ni te gusta ni te interesa’.

A: Pero recapacitaste enseguida…

SP: Claro, y me dije ‘pero podemos hablar de otras cosas, de la vida’. Y así fue. Año 93, no había celulares. recién aparecía el Movicom pero solo funcionaba para Buenos Aires. De hecho cuando después tuvimos celulares en la radio, y no había en el resto e Rosario, era con números de Buenos Aires. Una locura. Busco en la guía de Buenos Aires el número del hotel donde se alojaba, llamo y pido hablar con el señor Maradona. ‘Un momentito por favor’, y me pasan con alguien que no sabía quien podía ser. Vuelvo a presentarme, soy fulana de tal y necesito hablar con el señor Maradona. Y con el otro lado de la línea me dicen: ‘Con él habla’. Agarré fuerte el tubo del teléfono y le planteé la nota pero le advertí: ‘No me gusta el fútbol, no me interesa y nunca entendí eso de 22 hombres corriendo en pantaloncitos cortos detrás de una pelota’. El se larga a reír y me dice: «Mire, le voy a dar la nota por dos motivos. Primero porque me dijo señor Maradona y nadie me dice así. Todos me dicen Diego. Y eso me impactó. Y en segundo lugar nadie se me ha acercado jamás a hacerme una nota y me ha dicho ‘ no me interesa el fútbol, no me gusta, odio el fútbol…’ Mañana las 7 voy para el hotel, lo busco y hacemos la nota, le dije. Tenía fama de no madrugar demasiado, pero a mí me dijo que sí.

A: Todos los planetas se alineaban.

SP: Pero faltaba más. Al día siguiente el jefe de productores de la radio me dice ‘vos tenés una nota asignada a las 7 con unos vecinos de barrio Las Palmeras’, que está en los límites de Rosario. No dije nada de lo de Maradona por las dudas que cambiara de opinión y me dejara pedaleando. Si era así seguía para el barrio a buscar a los vecinos. El aquel momento era la única mujer que trabajaba de cronista en las calles. El resto eran todos hombres. Por eso a mí me tocaba un Dodge 1500 todo destartalado, que siempre me dejaba en la calle. Así llegué a las puertas del hotel, donde estaban los medios del mundo esperando que Diego asomara la nariz. Entro y le digo al conserje que buscaba al señor Maradona. El tipo me mira desorbitado y me dice: ‘¿A esta hora? Ni loco. Llamelo usted…’ Lo llamo al número de la habitación. ‘Señor Maradona, estoy abajo’. ‘Ya estoy bajando’. Poco después un Maradona flaquísimo, seguido por un chico que portaba un Tupper con su dieta, salía del ascensor.

A: Era previo al Mundial 94, cuando se había sometido a una dieta extrema.

SP: Se lo veía perfecto. Parecía un niño. Comía cada dos horas. El chico lo seguía con el Tupper para que comiera cada dos horas. Había que salir al aire. No había celulares. Se salía con un sistema de VHF y había que llegar al Dodge 1500. No quedaba otra que subirlo al móvil. Salimos y los medios extranjeros empiezan a rodearle y me dije: ‘Acá lo perdí’. Pero siempre caminó a la par mía, subimos al auto y avisé a la radio: ‘Tengo a Maradona’. El productor no sabía nada de mi gestión y me decía: ‘¿Hiciste los vecinos?’. ‘Es que estoy con Maradona’, insistí yo. ‘No podés salir. Tengo dos notas y viene la tanda’, me decían desde estudios. ¿Viste que los productores cumplen todo así, a rajatabla?. Y el productor que me dice: ‘Susi, por qué no te dejás de hablar al pedo?’. – Te juro que estoy con Maradona, le contesté.

A: Tenía motivos para no creerte…

SP: Recuerdo que le dije ‘mire Diego, mi productor no me cree que estoy con usted. Pasa que como usted es una persona tan extraña y por ahí dice que sí y por ahí dice que no. Por eso no quise decirle. Mire si yo venía y después no me daba la nota…’. Y el tipo se empezó a reír y me dice: ‘Yo no puedo creer que con usted me estén pasando estas cosas. Primero me dice que no le gusta el fútbol y ahora que primero digo sí y luego no. Quédese tranquila que a esta altura la aguanto hasta que le den aire… Así estuve 20 minutos a solas con Maradona, hablando de la vida. Cuando Maradona dijo buen día al aire, con su característico tono de voz, recién me creyeron. Terminé haciendo una nota de 45 minutos.

A: ¿Después de ese día lo volviste a ver?

SP: Sí, una vez más. Unos meses después la radio y Canal 5 me mandan a Sídney porque Argentina jugaba el repechaje con Australia. Estábamos todos en el mismo hotel que la selección. Un día me vio en el lobby, extendió su mano, me señaló con el dedo y me dijo: ‘Señor Maradona’. Un australiano nos saco una foto con mi cámara, una foto que tuvo mi papá en su consultorio. Nunca más lo volví a cruzar.

A: Un Maradona que estaba cerca de terminar su carrera como futbolista, pero que sin embargo siguió en el centro de la escena hasta el último de sus días.

SP: El Señor Maradona para mí era el auténtico. Todo lo otro tuvo que ver con cosas que no pudo manejar en la vida, con gente que le anduvo cerca y que no lo supo ayudar. Era un tipo muy inteligente, su cabeza era brillante e iba más allá de su habilidad. Pero hubo gente que no lo quiso bien y no lo ayudó. Para mí no era el Diego, era el Señor Maradona.