La historia de hoy es mi propia experiencia en el marco del hogar y la escuela. Una definición de educación dice que «Educar es dar al alma y al cuerpo toda la belleza y perfección de que son susceptibles».
Inmanuel Kant, por su parte, la define como «La más grande aventura humana.»
Para hacer de estos conceptos algo comprensible, hay que analizar los pilares que la fundamentan: el concepto de belleza y perfección y la posibilidad de alcanzarlos a partir de la individualidad de cada uno, o sea que sus opciones son incontables y es por eso la gran aventura.
En primer lugar, debemos establecer a qué tipo de belleza hacemos referencia. Por supuesto no a la belleza natural, en la que no hemos puesto nada de nuestra parte y que además es tan efímera como el tiempo.
Si ponemos el acento en la belleza estética y nos preguntamos qué es la belleza que resplandece en las obras de arte, que consigue convertir en algo hermoso el retrato de una persona naturalmente fea, la brecha se acorta hasta casi desaparecer.
La educación es ciencia y es arte como la estética, y es la capacidad de crear donde antes no hubo nada. Es la tarea más cercana a la imagen de Dios.
Todos, aún sin ser conscientes de ello, salimos al mundo como aventureros en busca del destino. Por eso no hay sociedad que avance si no les ofrece a sus miembros una buena formación ética y una consciencia práctica de cómo aplicar las habilidades y conocimientos para el bien de toda la comunidad, que tendrá además la obligación de no desperdiciar lo que el esfuerzo de cada uno les pone en bandeja.
Menospreciar el trabajo, por humilde que sea, en favor de una conducta mendicante, es como poner el burro detrás del carro, es quedarse empantanados.
Nací y crecí para mi fortuna, en un hogar de hábitos sencillos y límites precisos, donde mi hermana y yo nos sentíamos libres y a la vez seguras, porque en esa pequeña sociedad, las obligaciones eran tan claras como los derechos y al timón de la nave mi madre y mi padre compartían el mando.
Voy a ilustrar estos conceptos con mis infaltables anécdotas.
En nuestra familia, las obligaciones escolares no se discutían y no se buscaba culpables cuando los resultados no eran satisfactorios.
Se nos pedía más aplicación y eso era todo. Por aquel tiempo las escuelas privadas tenían, con mucha suerte, una inspección anual, pero, así como era de escasa era de severa.
Duraba días y una de las cosas infaltables era revisar cuadernos y carpetas de los alumnos, que funcionaban como documento de la tarea diaria.
Cómo buenas adolescentes que éramos, yo más que mi hermana que exhibía una perfección casi imposible, siempre teníamos algo que completar, y como nuestra pertenencia a la escuela era del cien por cien, nos poníamos en acción sin chistar bajo la mirada atenta de mamá, que no nos ayudaba, pero nos controlaba sin piedad.
Entonces los proveedores llevaban la mercadería a domicilio y cada vez que uno de ellos llegaba con su carga, verdulero, panadero o almacenero, los mirábamos con cierta envidia y decíamos: «Qué suerte tiene, no tiene inspección».
Mamá se encogía de hombros, ladeaba la boca y ese simple gesto era un «se lo buscaron».
La costumbre de priorizar la educación era norma de todo el clan familiar. Mi sobrina Alicia era voluntariosa y de fuerte carácter desde que nació. Cuando cursaba los últimos años del secundario como alumna excelente, había empezado la costumbre de ir a bailar a los pueblos el fin de semana, así que, sin pedir permiso, mi sobrina le anunció a su padre que esa noche se iría a Piedritas.
Sin bajar el diario que estaba leyendo Pepe le contestó: «no». Y se desató la furia mientras mi primo, imperturbable, seguía leyendo.
El argumento contundente de la jovencita en su propia defensa fue que dándole permiso le pagarían sus altas calificaciones. Pero su dialéctica se vino abajo cuando el padre le respondió que no hacía más que cumplir con su obligación, ya que tenía la suerte de no hacer otra cosa y gozar de una inteligencia superior al promedio. Y no se discutió más.
Hace algunos años, bastantes, leí en una revista del área de cultura un ejemplo claro de cuándo y dónde debe empezar la tarea educativa y decía más o menos así: «Cierto día una mujer llevó a la consulta del pediatra a su bebé de pocos días y le preguntó en que momento debía comenzar a educarlo, a lo que el profesional le respondió: ¡Señora, qué nueve meses que se perdió!»
Caemos en el error de dar a la escuela en exclusivo la tarea de educar, cuando no hay sociedad que resista adultos que no pueden formar a las generaciones jóvenes desde el hogar.
Aspirar a ser mejores, ascender para alcanzar la categoría de personas útiles y buenas, sienta bases firmes que pueden aguantar tiempos de bonanza y también de tormentas.
Dice Esther Thirion de Verón que «El derecho de una generación adulta termina donde comienza el de las jóvenes generaciones a su pan espiritual».
El pan al que se refiere nuestra gran pedagoga son las bases de valores fundamentales: la honestidad, la solidaridad, el esfuerzo y el conocimiento como llave de la realización personal.
De otra forma no hay futuro posible y la responsabilidad es de cada uno, que con su aporte, grande o pequeño puede modificar la sociedad haciéndola más justa, más fuerte, obra de todos para todos.
Para viajar en el tren del porvenir venturoso el boleto se paga con educación.
*Raquel Piña de Fabregues cumplió 86 años el 7 de julio. Es docente jubilada, escritora, trabajó como periodista y tiene varias ocupaciones como madre, abuela y bisabuela. Escribe desde que lee y aún lo sigue haciendo. Durante algunos años, fue columnista del programa de radio de su hija Celina, con sus Historias de Mamá, que se vieron interrumpidas por una caída y el estrés que eso significó en medio de la pandemia. Este es otro de esos textos de sus tantas historias.

