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domingo, agosto 31, 2025
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Mi árbol testigo | Por José Luis Azurmendi

Soy villeguense desde aquel año sanmartiniano

por Doña Beatriz, mi guía y alma mater

pasan años mientras suceden mis octubres

cruzando siempre limos de alegrías y desencantos.

 

Años lejos de mi hogar fue mi destino

lo de Doña Crispina me dio un techo y cobijó

huyendo de un padre déspota fue mi exilio

fue la madre de mi madre la que de mi se apiadó.

 

Puntual el sol pinta su hechizo por las calles

entorno de un verde tejido de ramas y nidos

con siestas de campo que apaciguan, ponen calma,

allí el árbol es refugio del calor al mediodía.

 

Quedó lejos aquel San Antonio de mil novecientos

antiguo caserío casi aldea con caballos de tiro,

las calles eran arena, huellas de sulquis y carreros

armadas cercas de alambres, ligustros y tamarindos.

 

Allí habría una madrina guía con mismo cencerro

amadrinando la tropilla con suficiente sapiencia

bien criollo el rancho, la misma querencia…

esa mirada sabia del patriarca bajo su sombrero.

 

Barrio San Antonio de sacrificados trabajadores

uno fue Don Córdoba, patriarca años veinte, chatero

rancho grande de adobe amplio, patio y jagüel

él dejó un legado de diecisiete herederos.

 

Entre Panacea y Brown está ese árbol memoria

su madera muerta un cristo, brazos al cielo tiene

hoy refugio de arañas, parador de pájaros en vuelo

mojón raíz sin savia, en este suelo con historia.

 

Este árbol hermano era un hermoso eucaliptus

cobijando ayer la vieja patria de los nidos

dando sombra necesaria a pájaros y transeúntes

sana naturaleza sabia, por todos conocida.

 

Árbol solo sin hojas de calle Panacea

pasaron muchos años y todavía está allí

hoy inmóvil monumento sin ramas ni trinos

palo seco, mojón gris en la esquina que no olvido.

 

Lejos quedaron el horno, los carros, la caballada,

hoy están los árboles nuevos y cuidados jardines

hay una linda placita para que jueguen los niños

la calle asfaltada, larga, limpia y ordenada.

 

Fui testigo de aquella noria de cientos de giros

tiempos del horno de ladrillos llamado San Juan

las miles de vueltas pisando el barro

con el paso lento de aquellos caballos sometidos.

 

Nos enteraremos alguna vez de las plantas

sus esperas por crecer y su sufrimiento

por lo que sufren día a día sus raíces

como conseguir agua por sequías y no morirse.

 

El recuerdo amargo de aquellos sueños de infancia

allí trepaba inocente a los años de espacios duros

hoy cruzamos los 70 con valores y constancia

el niño quedó lejos y el árbol un testigo mudo.

 

Tantas lunas de sueños hechizando mi vida, mi estrella

mientras los recuerdos se suceden por doquier

tomo todas estas calles y las ato a mi corazón

ese mi barrio, sintiendo nostalgias por el ayer.

 

*José Luis Azurmendi es un asiduo lector de Actualidad. Trabajador de la construcción, veterano deportista, lector desde siempre, gusta volcar al papel sus vivencias y opiniones. Y compartirlas.