Soy villeguense desde aquel año sanmartiniano
por Doña Beatriz, mi guía y alma mater
pasan años mientras suceden mis octubres
cruzando siempre limos de alegrías y desencantos.
Años lejos de mi hogar fue mi destino
lo de Doña Crispina me dio un techo y cobijó
huyendo de un padre déspota fue mi exilio
fue la madre de mi madre la que de mi se apiadó.
Puntual el sol pinta su hechizo por las calles
entorno de un verde tejido de ramas y nidos
con siestas de campo que apaciguan, ponen calma,
allí el árbol es refugio del calor al mediodía.
Quedó lejos aquel San Antonio de mil novecientos
antiguo caserío casi aldea con caballos de tiro,
las calles eran arena, huellas de sulquis y carreros
armadas cercas de alambres, ligustros y tamarindos.
Allí habría una madrina guía con mismo cencerro
amadrinando la tropilla con suficiente sapiencia
bien criollo el rancho, la misma querencia…
esa mirada sabia del patriarca bajo su sombrero.
Barrio San Antonio de sacrificados trabajadores
uno fue Don Córdoba, patriarca años veinte, chatero
rancho grande de adobe amplio, patio y jagüel
él dejó un legado de diecisiete herederos.
Entre Panacea y Brown está ese árbol memoria
su madera muerta un cristo, brazos al cielo tiene
hoy refugio de arañas, parador de pájaros en vuelo
mojón raíz sin savia, en este suelo con historia.
Este árbol hermano era un hermoso eucaliptus
cobijando ayer la vieja patria de los nidos
dando sombra necesaria a pájaros y transeúntes
sana naturaleza sabia, por todos conocida.
Árbol solo sin hojas de calle Panacea
pasaron muchos años y todavía está allí
hoy inmóvil monumento sin ramas ni trinos
palo seco, mojón gris en la esquina que no olvido.
Lejos quedaron el horno, los carros, la caballada,
hoy están los árboles nuevos y cuidados jardines
hay una linda placita para que jueguen los niños
la calle asfaltada, larga, limpia y ordenada.
Fui testigo de aquella noria de cientos de giros
tiempos del horno de ladrillos llamado San Juan
las miles de vueltas pisando el barro
con el paso lento de aquellos caballos sometidos.
Nos enteraremos alguna vez de las plantas
sus esperas por crecer y su sufrimiento
por lo que sufren día a día sus raíces
como conseguir agua por sequías y no morirse.
El recuerdo amargo de aquellos sueños de infancia
allí trepaba inocente a los años de espacios duros
hoy cruzamos los 70 con valores y constancia
el niño quedó lejos y el árbol un testigo mudo.
Tantas lunas de sueños hechizando mi vida, mi estrella
mientras los recuerdos se suceden por doquier
tomo todas estas calles y las ato a mi corazón
ese mi barrio, sintiendo nostalgias por el ayer.
*José Luis Azurmendi es un asiduo lector de Actualidad. Trabajador de la construcción, veterano deportista, lector desde siempre, gusta volcar al papel sus vivencias y opiniones. Y compartirlas.