Cada vez que se da una charla con alguien mayor, no puedo evitar retrotraerme a mis abuelos, añorarlos, pensar en el trabajo y el esfuerzo que les dejó tantas marcas en el cuerpo y seguramente en el alma, que ni los más íntimos llegaron a conocer.
Porque «la gente antes era distinta, era otra cosa», reflexiona «Rovi» en voz alta, pensando en la humildad ausente de lujos, pero también en la otra humildad, la que nos define como personas.
«Rovi» tuvo una vida difícil, pero era aguerrida y soñadora. Y siguió sus impulsos. Nunca titubeó en sus decisiones y eso la hizo ser la mujer que fue, que es y que, en otros tiempos, tuvo una impronta que seguramente no era pensada por aquel entonces, en sus años mozos.
Nació en Villa Cañás, provincia de Santa Fe, un 26 de noviembre del año 1934. Pero un día, siendo una jovencita de 17 años, llegó a General Villegas, donde logró con el paso del tiempo ser la propietaria de «Casa Miguelito». Allí trabajó por 38 años, aunque en realidad suma 60 de vida comercial en el centro de la ciudad.
Tenía 81 años cuando decidió que era momento de dejar de trabajar (había empezado a los 12 haciendo el tambo con su mamá). «Yo creo que me hizo el click cuando un día entró un niño a la librería y me preguntó qué hacía yo ahí. Seguro porque me vio vieja», piensa «Rovi» una vez más en voz alta.
Tiene mucho para contar, con historias de inmigrantes de su recordado esposo Gino Zallocco, que llegó con sus padres en barco a la Argentina desde Italia, donde eran granjeros. Él tenía 12 años. Su papá venía a nuestro país para trabajar de albañil.
Ella define como «guapas» a las mujeres de ambas familias. Trabajaban, eran habilidosas para todo tipo de actividades y tomaban decisiones, además de ser esposas y madres.
Una extensa charla, con mucho para contar y rescatar; y seguramente mucho que nos quedó en el tintero. Son 90 años de vida sintetizados en un encuentro de tarde de verano en la ciudad, que vale la pena compartir. Y, por qué no, hacernos pensar.
La historia comienza a rodar
Al llegar a la casa de «Rovi» estaba tomando tereré con su hija Verónica y su nieta Lara, acompañando la merienda con cosas dulces. «Me encanta lo dulce», dice ella. «Será porque cuando era chica éramos muy humildes. Aunque nunca nos faltó para comer, no nos compraban cosas dulces. No se podía», cuenta.
Su nombre completo es Rovila Reneé Aimetta «de Zallocco», se apura en aclarar. Nació un 26 de noviembre de 1934 en Villa Cañás, provincia de Santa Fe. El mismo pueblo donde nació Mirtha Legrand. «¡Mi familia le llevaba la leche cuando ella era chica!», exclama.
«A mí me sacaron de la escuela en cuarto grado, porque mi mamá me necesitaba para que le ayudara a criar a mis hermanos. Mi papá no estaba nunca y ella, pobrecita, hacía lo que podía. Mi mamá era muy guapa, una mujer divina, muy buena, pero con muchos problemas de salud», cuenta Rovi, como le llaman sus allegados y conocidos.
También ayudaba a su mamá a hacer el tambo. «Nos levantábamos a las 4 de la mañana, así lloviera o cayera piedra», recuerda.
Rovi fue primero a la escuela de Larroudé, donde vivían. Y después a Elordi, ya que la familia se había mudado allí para trabajar en el campo.
«Pero me sacaron en cuatro grado», insiste ella, aunque signifique un dato menor teniendo en cuenta todo lo que lograría después, sin estudios.

Al poco tiempo de ayudar a su mamá en el campo, Rovi se fue a Banderaló a trabajar como empleada doméstica, con una tía que vivía en el pueblo. Por entonces tenía 13 años.
«Nosotros éramos gente humilde, pero nunca nos faltó de comer, porque mi madre era una mujer muy guapa y criaba de todo, hasta conejos. Era ella la que estaba siempre, porque mi papá siempre en el campo, con los peones. Y en otros pueblos», nos dice, viajando con su memoria en el tiempo, que por momentos se vuelve desordenado, pero con los recuerdos aún intactos.
«Nosotros éramos gente humilde», vuelve a decir Rovi, «pero los parientes estaban casi todos mejor. Nos venían a ver al campo siempre. Una tía de Buenos Aires vio que a mí me gustaba pintar y que a los 12 años había aprendido costura por correo. Entonces me dice: Rovi, ¿no te gustaría venir a vivir conmigo? Ella tenía 5 hijos, 4 mujeres y un varón. Y además un chico que crió, Luis se llamaba. A mí me gustó la idea y mis papás dijeron que sí», cuenta.
Tenía 15 años. Se fue a vivir entonces a Villa Lugano. «Primero trabajé en una casa de familia, hasta que entré en la fábrica textil Inta, de telas. Ahí estuve hasta que mi mamá se tuvo que operar de un fibroma. En ese entonces no era como ahora, que a los tres o cuatro días ya estás en tu casa. Por esos tiempos tenías que estar dos meses internada. Y me vine, porque sino mis hermanos se quedaban solos. Así que yo hice de mamá, de hermana, de todo», relata.
«La tía era muy recta. Le agradezco hasta el día de mi muerte todo lo que hizo por mí, porque yo era otra hija para ella. Eso sí, era tipo militar y si tenía algo que decirte, te lo decía», rememora. Pero también se tomaba tiempo para algo de diversión, porque «nos llevaba a bailar al club River. Nos hizo socios a todos y como en ese entonces había como un matiné, y nos llevaba. Además, el hijo de ella estaba en la escuela mecánica de la Armada y los sábados nos llevaban a ese lugar también. Pero mi tía siempre iba con nosotros. Ella era muy guapa», dice sobre todas las mujeres de su familia.
A pesar de todo lo bueno, Rovi reconoce que lloraba mucho «porque extrañaba a mi familia». Y también habla de su tío, Valentín. «Él era un santo. Hermano de mi mamá. Me parece ver su sonrisa», expresa, mientras la mirada se va por un momento, seguramente imaginando la sonrisa de Valentín. «Él me decía: ‘No mi hijita, no llores, que si la tía te ve se va a enojar’. Yo me desahogaba con él, pero la tía no nos tenía que ver», cuenta.
«Antes era distinta la gente»
Cuando Rovi regresó al campo con su familia tenía 17 años. Pero una vez que su madre se recuperó, «le dije a mis hermanos: ‘Yo no me quedo acá’. Soy una mujer agradecida a Dios por lo que me ha tocado, por las hijas, por los nietos y por todo lo que tengo», dice, mientras gesticula mostrando todo a su alrededor, ubicadas en la mesa del living-comedor de su casa.
¿Por qué es agradecida? «Porque nosotros éramos gente muy humilde. Y cuando venían los patrones al campo a ellos les gustaban los mates que cebaba mi mamá. Traían a sus hijos y jugaban con nosotros. Antes era distinta la gente», reflexiona.
Una vez en la ciudad, Rovi fue a pedir trabajo en El Barato Argentino. «Estaba el señor Piña, el papá de Raquel y de Elena. Yo le dije que había un problema, porque hasta dentro de dos meses no podía trabajar, ya que mi mamá estaba operada. Me dijo que sí de todos modos y con cuarto grado trabajé ahí unos cuantos años. Por lo menos cuatro. Después me crucé a la esquina de Renati. Ahí me hice de novio con Gino (Zallocco)», relata.
Pero su trabajo comercial no concluyó allí. «Me ofrecieron trabajar en Casa Miranda, que era de la familia Cerrajería. Fue espectacular, porque además del sueldo me daban un porcentaje de las ventas. Y a mí me convenía. Ellos vieron que yo era decidida y cuando iban a Buenos Aires me dejaban a cargo. Yo trataba de hacer todo lo mejor que pudiera y vender, para que al volver encontraran dinero y todo en su lugar. Fueron muy buenos conmigo», comenta Rovi.
Sin embargo, decidida como se define en reiteradas oportunidades, por aquel entonces le dijo a Gino que quería tener algo suyo. «Yo quiero tener un negocio, le dije». Pero aún trabajando en Casa Miranda se casaron, un 8 de mayo de 1963. Rovi tenía 29 años y Gino 27. Seis años después, quedó embarazada de Gabriela, su hija mayor.

Y un día llegó Casa Miguelito
Ella soñaba con tener lo propio. «Había pensado en una sedería», cuenta. Pero Cerrajería, «que era español, una familia maravillosa, nos dijo: ‘¿por qué no compra Casa Miguelito?, que está al lado de la zapatería y se vende’. Y bueno, así fue que hicimos trato, empeñamos la casa donde vivíamos, en calle Saavedra y Arenales, y vendimos un terreno que teníamos en el acceso».
Rovi cambió entonces el rubro que había pensado en un principio, pero «no importaba. Yo quería poner algo y que la ganancia fuera más, para poder terminar la casa. El comercio era entonces de bazar y juguetería; era de Miguel Olano, que estuvo ahí 32 años. En esos tiempos, el negocio estaba donde ahora se encuentra Costa Live (en Belgrano 373)».
Era el año 1977. «Era el negocio del ‘no hay’. De a poquito fui comprando y comprando. Miguel, el anterior dueño, me dejó una chica para que me ayudara. Ella siempre se preguntaba por qué compraba tanto, pero yo salía adelante. Después de unos años, compramos este terreno (donde actualmente está el negocio y la casa familiar). Había una vivienda con puertas con vitro y tenía grabadas iniciales. Creo que hasta Puig vivió acá», comenta Rovi, en referencia al escritor villeguense. «Era una casa impresionante, tenía sótano, pisos de pinotea, con portones hechos de madera que sacamos y usamos para hacer la baranda de la escalera en el negocio», agrega.
Gino trabajaba enfrente, como contador, con Sáez Valiente, Bullrich y compañía. También trabajó en el Banco Oeste. «Después la financiera de Bullrich se cerró y se quedó conmigo en el negocio. Él llevaba todos los papeles, se encargaba de eso. Siempre fue muy prolijo. Él manejaba la plata y yo era la que trabajaba. Me iba a Buenos Aires a comprar, estaba dos o tres días y volvía. Hemos tenido 40, 50 cajas con mercadería», recuerda.
Rovi tiene hoy tiene 90 años. Trabajó durante 60 en comercios de la zona donde Casa Miguelito continúa trabajando, aunque con otros dueños, desde que lo vendieron en el 2015. «Yo tenía 81 años», dice, y pareciera que no puede creerlo.
¿Por qué lo vendieron? «Un día viene un chiquito con la mamá y me dice: ‘¿y usted por qué está acá?’. Y le digo: ‘porque soy la dueña, querido. Entendí que él lo decía porque estaba vieja y estaba en el negocio. Yo era la que manejaba la caja, todo. De ser el negocio del ‘no hay’, se convirtió en algo grande. Todo lo anotaba en un cuaderno y viajaba a Buenos Aires. ¡Me metía en cada lugar!. Eran otros años. Había más tranquilidad. Iba a casas muy buenas de juguetes y de todo, porque he vendido de todo. Todo lo que me parecía que iba a vender, lo compraba», comenta.
Y remarca que «trajimos la primera fotocopiadora de todo Villegas. En aquella época el papel que se usaba era de rollos tipo fax, grandotes».

Una mamá con trabajo fuera de casa
Y ¿cómo fue ser comerciante tiempo completo y mamá? «Las chicas estudiaban mucho en casa, con las amigas. Yo sabía ir hasta la casa a ver cómo estaban y veía a todas con sus cabecitas en el estudio», dice Rovi.
Su hija Verónica, presente durante la entrevista, aporta que «mamá no estaba nunca en casa. Siempre estaba trabajando. Yo desde los 5 años nunca más tuve un festejo de cumpleaños, porque los cumplo el 4 de enero y en el negocio se trabajaba mucho para Reyes».
«Las hijas siempre se portaron bien, fueron excelentes alumnas en la escuela N° 17», agradece Rovi.
«Yo me criaba por teléfono», vuelve a interceder Verónica. «En esa época llamabas a la operadora para que te comunicaran. Al principio una mujer estaba todo el tiempo con nosotros. Ella vivía atrás, en un departamentito. Yo llegaba de la escuela y me daba la leche mi abuela. Mamá no estaba por 11 horas, porque era adicta al trabajo. Nosotros llamábamos por teléfono y le decíamos ‘mamá, traete esto o aquello. Nos criábamos por teléfono, porque no podés estar en todos lados. O estás acá o estás allá».
Y se apura en reconocer que si le preguntamos a su hija, Lara, va a responder que durante su infancia su mamá (Verónica) también estaba siempre trabajando. «Yo iba siempre al negocio de la abuela, me portaba bien, rellenaba mochilas para poner en la vidriera y después pedía un regalito a modo de recompensa», cuenta la joven.
También que cuando eran las Fiestas «venía a la casa y mi abuela me decía que todos los juguetes que veía en las publicidades de la tele, tenía que anotarlos, entonces ella después los compraba».
A la primera fotocopiadora que trajeron a General Villegas, le sumaron después la primera fotocopiadora a color. «Imprimíamos hasta planos. Después, fuimos además los primeros en hacer plastificados», dice Rovi.

Una mujer soñadora y decidida
«Yo era muy constante», se define quien logró todo lo que se propuso, a pesar de su infancia y adolescencia difíciles; y de dejar de estudiar en cuarto grado. «Yo era muy decidida. Me gustaba tener lo mejor para el cliente y apoyé mucho a la gente humilde. Me gustaba hacer el bien».
A su vez, se define como una mujer creativa que nunca aceptaba que algo no podía hacerse. «Siempre le buscaba la vuelta a las cosas», asegura.
«Algunos viajantes me han hecho llorar, porque intentaban mandarme lo que ellos querían y yo les decía que no. Tenía carácter», recuerda Rovi.
También que «le vendía todo a la Municipalidad para las oficinas. Y venían de los pueblos a comprar a la juguetería. Me decían: ‘si no lo consigo acá, no lo consigo en otro lado’. Yo salía los sábados y domingos a pasear con Gino por la orilla de la ciudad y veía familias que vivían en una casita humilde, por ahí una señora se asomaba saludándome y yo decía: ‘pensar que esta señora se cruza todo el pueblo, con las moneditas contadas, para comprar en mi negocio. Para mí eso valía mucho. Siempre me incliné por la gente humilde. Fui muy feliz haciendo lo que a mí me gustaba».
Según sostiene, no extrañó Casa Miguelito cuando decidieron venderlo. «Ya estaba medio saturada. ¡Tenía 81 años!», exclama. ¿Si se aburrió? Tampoco, porque puso manos a la obra en su casa y le dedicó tiempo a otras actividades más creativas, que tanto le gustan. «Las cortinas de mi casa las coloqué yo. Me compré un taladro para eso. Pinté cuadros, tejí incluso al crochet, hice costuras. Todo lo que ves en mi casa fue hecho por mí», dice.
Incluso se hizo espacio para participar de los Juegos Bonaerenses, donde ganó con un tapiz hecho por ella. «Y soy muy buena cocinera, excelente. Además, me gustan mucho las plantas», cuenta.
Y agrega que Gino también participó en los Bonaerenses, en dominó. «Él era una persona muy inteligente», menciona. Un hombre con presencia en la vida del Club Atlético Villegas, del que fue presidente, en la Asociación italiana y la cooperadora escolar. «Era muy querido, porque era una buena persona, involucrado con la comunidad», asegura.
Una despedida sorpresa
El día que Casa Miguelito se vendió, las hijas de Rovi y Gino organizaron una despedida sorpresa en la vereda del comercio, con amigos y vecinos invitados.
«Fue el día que cerraron ellos el comercio por última vez. El último día de abril de 2015. Pusimos un tablón en la vereda y trajimos sándwiches y gaseosas. Vinieron todos los vecinos de la cuadra», recuerda Verónica.
Ninguna de las hijas de Rovi quiso continuar con el negocio de la familia. «Ellas estudiaron, fueron excelentes alumnas y tienen su profesión», comenta como madre orgullosa. «En primaria fueron abanderadas las dos. Gabriela llegó a tener el mejor promedio de toda la escuela. Verónica era muy inteligente también», las describe brevemente. Verónica es abogada; y Gabriela profesora de inglés.

A lo largo de la charla, Rovi no dejó de agradecer la vida que le tocó que, aún difícil, la fue colocando en distintos lugares que le permitieron llegar a cumplir su sueño e ir concretando objetivos. Un camino que, sin duda, tiene mucho de ella por la tenacidad que le fue poniendo a las adversidades. Una mujer guapa, como definió a cada una de las que fueron parte de su vida. También decidida. Tanto, hasta permitirse vivirla a su modo en tiempos donde, en la mayoría de los casos, el rol de las mujeres pasaba por otro lugar.