En General Villegas, tierra de historias singulares, pocas figuras encarnaron el espíritu de la ciudad como Antonio Chiquine. Su vida fue un viaje de la humildad a la grandeza, una trayectoria que lo llevó desde una esquina de la calle Moreno, donde lustraba botas, hasta el glamoroso ringside de Montecarlo, donde compartió escenario con el príncipe Raniero y leyendas del boxeo internacional.
Antonio nació en Villegas y desde joven demostró una tenacidad sin igual. Lustrabotas en la esquina del Bar Colón, fue tejiendo vínculos con la comunidad hasta convertirse en un personaje inolvidable. Su paso por el fútbol en la segunda división de Atlético no le permitió brillar en la cancha, pero su admiración por los grandes jugadores lo llevó a cuidar con esmero los botines de su ídolo, Macho Alustiza.
Pero Antonio no se conformó con un solo oficio. Su kiosco, emplazado en la esquina del Bar Colón, se convirtió en punto de encuentro obligado para chicos y grandes. Ahí, además de vender golosinas y figuritas, cultivó su don de gente y su inquebrantable espíritu emprendedor. Con los años, su kiosco desapareció en un desafortunado incendio, pero su historia estaba lejos de terminar.
Fue entonces cuando Antonio se reinventó como vendedor de alfajores Zupay. En cada viaje, en cada venta, cultivaba nuevas amistades, y así fue como conoció a Alfredo Horacio Cabral, un joven boxeador nacido en San Isabel, La Pampa, que prometía grandes cosas. Antonio vio en él un diamante en bruto y se convirtió en su mecenas, acompañándolo en sus peleas y sosteniéndolo en su meteórico ascenso.
Cabral, que llegó a ser considerado el heredero de Monzón, conquistó el Luna Park y venció a Miguel Ángel Castellini, asegurando su lugar en la elite del boxeo. Antonio, siempre fiel, lo escoltó en cada paso. Cuando llegó la oportunidad de pelear en Montecarlo, Cabral no dudó: Antonio viajaría con él.
Roberto Chiquine, del barrio al mundo
En el principado, el humilde lustrabotas de Villegas se codeó con figuras de la talla de Nino Benvenuti, Emile Griffith y el mismísimo príncipe Raniero. Cabral, con su contundente victoria sobre el sudafricano Elijah «Tap Tap» Makhatini, aseguró su futuro en el boxeo internacional. El sueño del título mundial estaba al alcance de la mano. Sin embargo, el destino tenía otros planes.
En el apogeo de su carrera, Cabral perdió la vida en un trágico accidente automovilístico cuando regresaba de Bahía Blanca. Con él, se apagaba una promesa del boxeo y un amigo entrañable de Antonio Chiquine.
Antonio, aquel hombre de palabras inagotables y convicciones firmes, quedó marcado por la pérdida. Pocos años después, también él murió en otro accidente automovilístico. Su historia, sin embargo, trascendió las tragedias. Fue el reflejo de un espíritu inquebrantable, de la lucha constante por alcanzar los sueños, sin importar el punto de partida.
Tal fue su paso por el mundo del box que el propio Osvaldo Príncipi, uno de los más prestigiosos periodista del pugilismo nacional, lo citó, sin que nadie se lo recordase, en una reciente entrevista en Ovación, por FM Actualidad.
Hoy, el recuerdo de Antonio Chiquine sigue vivo en General Villegas. Desde la calle Moreno hasta Montecarlo, su historia es un testimonio de que la grandeza no está en dónde se nace, sino en cómo se vive.

