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lunes, enero 19, 2026
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52 años después, el abrazo que venció al tiempo

Junín volvió a ser, aunque solo por un día, el escenario donde los recuerdos pasaron revista sin necesidad de clarín ni uniforme. Ángel Urquiza y Juan Carlos Ponce, vecinos de General Villegas, se reencontraron con sus compañeros de la clase 1952 tras 52 años de haber compartido el Servicio Militar Obligatorio, formando parte de la Batería Comando y Servicios del Grupo de Artillería 101 “Tte. Gral. Bartolomé Mitre”, con asiento en la ciudad de Junín, provincia de Buenos Aires.

Todo comenzó con un gesto simple: un apellido familiar que apareció en una publicación de Facebook y el mensaje que encadenó el resto. Desde allí, uno recordó a otro, surgió Bragado, luego Venado Tuerto, Junín, y así, contacto a contacto, el grupo volvió a formarse. La fecha se fijó sin protocolo: 6 de diciembre.

Intentaron ingresar al cuartel, pero no fueron autorizados. Ninguno lo vivió como obstáculo. Esta vez no había lista, no había guardia, no había jerarquías. Solo la necesidad de mirarse a los ojos después de medio siglo. Lo esencial estaba intacto sin la presencia de la institución: el vínculo.

Juan Carlos Ponce y Angel Urquiza en las puertas del Cuartel, 52 años después

Las conversaciones recorrieron inevitablemente la época compartida. Desde el 24 de enero de 1973 al 27 de abril de 197415 meses y 3 días—, el grupo vivió el retorno de la democracia y la custodia de tres elecciones nacionales: Cámpora, luego Perón–Isabel y finalmente la segunda vuelta en Santa Fe.

Los relatos aparecieron sin solemnidad ni revisionismos: la convivencia entre jóvenes de diferentes provincias y realidades; el aprendizaje del orden, el aseo, la disciplina; y el hecho, no menor, de que muchos aprendieron a leer y escribir durante la colimba. También, sin intención de abrir viejas grietas, reconocieron las aristas rígidas de aquel sistema: sanciones estrictas, imposiciones religiosas y la falta de opción para quienes, por objeción de conciencia, se negaban a portar armas.

Pero el reencuentro no buscó discutir ni reinterpretar el pasado. No pretendió definir si el servicio militar debe volver o si fue útil o no. A esta altura, los protagonistas optaron por sostener lo único indiscutible: la camaradería.

“Ya no queremos polémicas. Lo nuestro fue recordar, saber qué fue de cada uno, contar nuestras vidas”, coincidieron. Aunque algunos no pudieron asistir y otros ya no están, todos fueron mencionados. El recuerdo funcionó como presencia.

No hubo acto formal, ni autoridades, ni fotografía institucional. Solo una mesa, algunas fotos en blanco y negro y el reencuentro con aquello que el tiempo no logró erosionar: el compañerismo nacido en uniforme y sostenido en vida civil.

Porque, a veces, volver no es volver al cuartel. Es volver a mirarse. Es agradecer haber compartido un tramo irrepetible. Es comprobar que medio siglo después, lo vivido sigue teniendo lugar.