11.4 C
General Villegas
lunes, enero 5, 2026
InicioPolíticaLos tres Ejes Geopolíticos que definirán la Agenda del 2026 ante la...

Los tres Ejes Geopolíticos que definirán la Agenda del 2026 ante la gestación de un nuevo mapa de poder | Por Juan León Giujusa*

El mundo de la segunda posguerra, caracterizado por la centralidad neurálgica de instituciones occidentales y liberales como las Naciones Unidas, se encuentra hoy fuertemente amenazado desde varios flancos. Ello no constituye una novedad, pero conviene no perder de vista esta lenta y gradual travesía hacia un nuevo orden internacional, probablemente más volátil, más inestable, menos participativo y cooperativo. Hoy, Estados Unidos, la otrora potencia promotora del régimen internacional liberal, es una fuerza revisionista del mismo, al asimilar la idea de que tal orden ya no le es favorable a sus intereses frente al vertiginoso ascenso de las potencias emergentes, particularmente de China y de India. El problema puede que no sea el nacimiento de un nuevo orden, sino el limbo o, si se quiere, el vacío normativo e institucional, en el que nos encontramos hoy, debido a la transición en curso. Y comprender ello es clave para intentar anticipar el devenir de los asuntos internacionales a lo largo del nuevo año.

Así, podemos hablar de una serie de temáticas que han emergido a lo largo del 2025, o que se han profundizado durante dicho año, y que probablemente acaben por consolidarse durante el 2026 en esta era de la «Geopolítica bruta y pura”.

1.      El fin del orden basado en reglas

Esta cuestión se entrelaza profundamente con la crisis del multilateralismo: ya no puede sostenerse que el mundo continúa regido impolutamente por el Derecho Internacional Público o por los principios rectores del orden liberal de la segunda posguerra. Incluso principios directrices como la autodeterminación de los pueblos, la integridad territorial o la soberanía, se encuentran bajo asedio.

En primer lugar, el multilateralismo se ha visto aceleradamente sustituido por un renacer del unilateralismo y el intervencionismo, mientras el Derecho Internacional es suplido por una geopolítica transaccional. Ejemplo de ello ha sido el Corolario de Donald Trump respecto de la Doctrina Monroe, lo que profundiza la visión de los Estados Unidos como la potencia rectora de los asuntos latinoamericanos, siendo esta región, un patio trasero que debe ser protegido de influencias extranjeras, particularmente de China, que ha sabido cómo desembarcar y mantenerse exitosamente como primer socio comercial o de inversión de numerosos países. En este marco, Estados Unidos ha llevado a cabo un importante despliegue militar en el Caribe, particularmente alrededor de las costas venezolanas, con la intención de interrumpir las rutas del narcotráfico o, quizás al mismo tiempo, ahogar al régimen venezolano de Nicolás Maduro y acelerar la transición a un gobierno afín. La guerra contra los cárteles del narcotráfico será una constante a lo largo del 2026, pero también se verá un repunte de la guerra contra el terrorismo, como ilustra el reciente ataque norteamericano al Estado Islámico en Nigeria.

Por otro lado, el unilateralismo no siempre ha sido viable, ya que el sistema se caracteriza por la presencia de numerosos centros de poder en competencia. En esos casos, el multilateralismo ha sido reemplazado por un “minilateralismo”: esto es, pequeñas alianzas más o menos institucionalizadas, o simplemente cumbres, que relegan a los tratados internacionales. Los BRICS y su intento de desdolarizar sus economías es un interesante ejemplo, o el AUKUS, una alianza militar entre Estados Unidos, Reino Unido y Australia, diseñada para contrarrestar la influencia china en el Indo-Pacífico.

Las potencias emergentes como China o Rusia, también persiguen asertivamente sus intereses y avanzarán en 2026 con un intervencionismo “quirúrgico”, asegurando regímenes afines, extrayendo minerales y desplegando vigilancia. Rusia ha perfeccionado un método en el que interviene en países con instituciones débiles para proteger a la élite en el poder a cambio de soberanía económica. Así lo ha hecho en defensa del régimen sirio de Al-Assad, durante la cruenta guerra civil que asoló al país durante más de una década, hasta la caída del dictador.

El caso chino es aún más interesante, ya que se sustenta en un despliegue global de poder blando combinado con incentivos económicos mediante iniciativas colosales como la nueva Ruta de la Seda, incluyendo el componente digital y tecnológico de la misma. Pero en cuanto a su intervencionismo territorial, es menester señalar la construcción de islas artificiales en el Mar de la China Meridional, en aguas reclamadas por Filipinas y Vietnam, creando hechos consumados que la diplomacia internacional no ha podido revertir.

Finalmente, tenemos el intervencionismo delegado, o a través de grupos proxis, una estrategia que con asiduidad practica la República Islámica de Irán para influir en asuntos regionales, proyectando su influencia a través de los Hutíes en Yemen o Hezbollah en el Líbano, como los casos más emblemáticos, aunque con frecuencia ha nutrido y desplegado milicias en países como Afganistán o Siria.

Este clima de intervencionismo, unilateralismo o minilateralismo, convierte al sistema internacional en una descarnada pulseada global por granjearse mayor cantidad de socios, aliados, áreas de influencia o subordinados a lo largo y ancho del globo, con particular importancia en determinadas zonas calientes.

Pero no solo se observa esta característica en el plano político o de seguridad: también se ha afianzado en el campo económico, a raíz de la guerra arancelaria que inauguró Estados Unidos durante la primera presidencia de Donald Trump respecto de China y que, durante el segundo mandato, extendió a un número mayor de Estados, incluso respecto de aquellos considerados aliados de Washington. Se ha amplificado el uso de la coerción económica como arma, mediante aranceles y sanciones unilaterales, como una forma de guerra que no necesita disparar una sola bala para desestabilizar un país.

Una breve conclusión debería señalar la pérdida de gravitación de organismos internacionales como las Naciones Unidas, institución otrora imprescindible para custodiar la paz y la seguridad, o de la Organización Mundial del Comercio, reemplazada, ésta última, por acuerdos de voluntades más acotados, que esconden la imperiosa necesidad de Washington y de Beijing de contener al adversario en un juego de creciente competencia. El resultado es un vasallaje de regiones enteras, que tienen escaso margen de maniobra y que en numerosos casos deben alinearse con un polo para asegurar su supervivencia económica.

El 2026 mostrará la continuidad de esta tendencia caracterizada por la intervención multinivel y en múltiples áreas de las relaciones internacionales: el unilateralismo será la vía preferencial, pero cuando ésta no sea posible, el minilateralismo cumplirá una función similar.

2.      La paz como transacción entre magnates

Este apartado tiene múltiples aristas que deben ser tenidas en cuenta y que complementan el cuadro anteriormente descripto. Por un lado, la diplomacia ha comenzado a modificar su rumbo. Ya no se basa en valores, Derechos Humanos o normas internacionales, sino en un intercambio directo de beneficios.

La segunda arista nos muestra un campo de actuación caracterizado por grandes potencias decidiendo el destino de terceros, sin su presencia, algo que podría llamarse la diplomacia de exclusión o de la silla vacía. El problema de ello es que el resultado no es fruto del consenso, sino de la presión de los grandes sobre el débil, una verdadera «Paz Impuesta» que socava la legitimidad de cualquier acuerdo firmado. Los casos de Ucrania (con mesas técnicas entre Washington y Moscú, tratando a Ucrania como «colchón geográfico» y no como un actor político) Gaza (cuyo destino se diseñó entre el equipo de Trump, Israel y mediadores árabes, marginando a la Autoridad Nacional Palestina) y Armenia (que estuvo presente en la negociación con Azerbaiyán, pero bajo fuerte presión y negociaciones asimétricas) son los más emblemáticos.

Finalmente, la tercera arista subraya la tendencia de Donald Trump, y en alguna medida también de Xi Jinping, a mercantilizar los acuerdos de paz: ya no se busca solucionar disputas territoriales históricas, sino que todas las iniciativas están imbuidas de una mentalidad comercial. Es cierto que otros líderes, como Putin, tienen otras visiones al respecto, tomando en consideración cuestiones de seguridad.

De esta manera, el 2025 cierra, y el 2026 inicia, con importantes acuerdos de paz alcanzados o en tratativas, con la exclusión de los Estados afectados. Así, la naturaleza de las negociaciones y acuerdos está cambiando. Trump ha impulsado la técnica de trabajar junto a los países involucrados directamente en el conflicto, siempre y cuando tengan poder.

El 2026 se perfila como el año de los “hechos consumados”, ya que los tratados mencionados hicieron poco más que resaltar, en el papel, lo que se veía en los campos de batalla. Estamos entrando en una era donde la paz no se firma en las Naciones Unidas, sino en salones privados entre magnates y líderes de potencias, que deciden fronteras y regímenes sin consultar a los Estados afectados, en desmedro del principio de la autodeterminación. Así, el 2026 no será un año de transiciones, sino de consolidaciones: el momento en que la diplomacia de hechos consumados sustituye definitivamente al derecho internacional, redibujando el mapa global a través de pactos privados, donde el derecho internacional es ignorado y las disputas se resuelven mediante bilateralismo o minilateralismo de alto nivel. El riesgo para 2026 es que este modelo se normalice, creando una «paz» muy frágil porque las poblaciones locales, al no ser consultadas, mantienen el resentimiento que causará el próximo conflicto.

En esta visión mercantilista, Donald Trump se aseguró tierras raras y reconstrucción (en el caso ucraniano), inversión turística (en Gaza) y beneficios comerciales (en Armenia y Azerbaiyán, además de los derechos exclusivos para desarrollar el corredor Zangezur, rebautizado como la Ruta Trump para la Paz y la Prosperidad Internacional).

3.      El cambio climático como catalizador de las disputas sobre el Ártico

La comunidad internacional ha resaltado la necesidad de reforzar las iniciativas para luchar contra el cambio climático. Sin embargo, nos encontramos ante una lenta carrera hacia la descarbonización de la economía mundial y la consiguiente transición energética, mientras los Estados se ven forzados a asegurarse el suministro de minerales críticos, como el litio, imprescindibles a este respecto. El fracaso de las iniciativas más ambiciosas en la COP30, celebrada en Brasil en noviembre de 2025, ha sido el corolario final y la vívida imagen de que los esfuerzos contra el cambio climático no son suficientes porque no existe un claro compromiso de los Estados. Al mismo tiempo, se abre un nuevo frente de batalla que puede llegar a crear una nueva geografía del conflicto, con nuevas zonas calientes, en tanto se intensificará la carrera por el litio, el cobalto, tierras raras y agua dulce.

En este sentido, en un contexto de deshielo, un foco de presión geopolítica se cierne sobre el Ártico, no solo por las reservas de hidrocarburos que alberga, sino también porque el deshielo habilita nuevas rutas comerciales marítimas. Además, cuenta con recursos biológicos y de agua dulce. Pero quizás el punto más relevante a este respecto sea la disponibilidad de minerales críticos y tierras raras, ámbito de alta competencia entre Estados Unidos y China, lo que ha llevado al presidente Trump a anunciar que la anexión de Groenlandia es clave para la seguridad norteamericana. Además, el Ártico también tiene un considerable interés militar.

Se trata de un espacio geográfico de alta competencia entre los ocho países árticos. Beijing ha sido invitado a este escenario, ya que, aunque no sostiene ninguna reclamación territorial en la zona, ha logrado consagrar su presencia mediante acuerdos con Rusia y una fuerte inversión en Groenlandia. China se ha autodenominado un «Estado casi Ártico» y busca crear la Ruta de la Seda Polar. En resumidas cuentas, la pulseada global entre Estados Unidos y China no escapa a este espacio geográfico, considerando los valiosos recursos que alberga.

Antes de cerrar el año, Trump reiteró sus deseos de anexar Groenlandia, so pretexto de la seguridad nacional, sosteniendo que allí hay barcos rusos y chinos, añadiendo un componente de tensión a la relación con la Unión Europea, particularmente con Dinamarca. Se prevé que continúe siendo un punto conflictivo, no solo en la disputa entre Estados Unidos, por un lado, y China y Rusia, por otro, sino también porque ha enfurecido al gobierno danés y a las autoridades de Groenlandia.  De esta manera, el argumento de Donald Trump conecta la seguridad nacional con la independencia energética y tecnológica: no solo se habla de los recursos sino que se argumenta que quien controle Groenlandia domina el radar de alerta temprana y la ruta de misiles entre Rusia y Estados Unidos, además de que la isla posee algunos minerales críticos que son esenciales para los sistemas de defensa; por ello, es primordial, no sólo asegurarse el propio suministro de dichos minerales, sino también mermar el acceso a ellos por parte de China. De esta manera, la geopolítica del Ártico ha dejado de ser una cuestión de preservación ambiental para convertirse en un tablero de soberanía económica y de pulseada militar. La insistencia de la administración Trump en integrar a Groenlandia bajo la esfera de control de Washington —mediante el nombramiento de enviados especiales y la presión sobre Dinamarca— responde a una estrategia de seguridad de suministros. El objetivo es asegurar el control de los minerales críticos y tierras raras indispensables para la industria militar y tecnológica, desplazando el monopolio chino y consolidando al Ártico como el nuevo centro de gravedad de la energía global, lo cual con seguridad se verá agravado durante los años venideros, dado que el gradual deshielo hará aún más viable la explotación de los recursos que alberga la región.

*Juan León Giujusa, Licenciado en Relaciones Internacionales, Universidad de Palermo. Estudiante de maestría en Estudios Internacionales, Universidad Di Tella. Mail: jgiujusa@hotmail.com

Juan León Giujusa