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Ricardo Ángel “El Tata” Almirón, el improvisador que hizo de Villegas una canción

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"Tata" Almirón con su compañera inseparable, la guitarra

General Villegas tuvo —y sigue teniendo en la memoria colectiva— personajes que trascendieron el paso del tiempo por su impronta, su talento y su manera de estar en la vida. Uno de ellos fue Ricardo Ángel Almirón, conocido por todos como El Tata, un artista popular que supo convertir la calle, la guitarra y la improvisación en una forma de identidad villeguense de la que Goyo, el Memorioso, habló en Actualidad.

Hijo de Saturnino Almirón y de Victorina Mansilla, Ricardo nació en un contexto de profunda humildad. Su padre falleció cuando él era muy pequeño y la infancia transcurrió en la zona de la estación de La Trocha Angosta, prácticamente abandonada por aquellos años. “Mi infancia fue mi escuela”, solía decir el Tata, convencido de que la calle fue su gran formadora.

Desde chico tuvo que salir a ganarse el sustento. Fue lustrabotas en el bar La Unión, donde ya empezaba a mostrar ese carácter fuerte y decidido que lo acompañaría toda la vida. En aquellos años también trabajaba Antonio Chiquine, que lustraba en el bar Colón, y la competencia por el territorio no tardó en aparecer. El episodio terminó con un acuerdo tácito, luego de un tenso cruce que dejó claro que cada uno tendría su lugar. Había que “marcar territorio”, como él mismo recordaba con humor.

La necesidad también lo llevó al campo. Con galgos, boleadoras, una honda y mucha astucia, cazaba liebres, peludos, comadrejas, perdices, martinetas, o lo que apareciera para llevar comida a su casa. Victorina, su madre, era la encargada de transformar esas jornadas en estofados que el Tata evocaba como verdaderos banquetes de supervivencia.

El talento heredado y la voz propia

Con el tiempo, empezó a aflorar un talento que parecía venir en la sangre. Por el lado materno, el apellido Mansilla lo emparentaba con Rómulo Mansilla, hermano de Celestino, fundador de la Banda Municipal de General Villegas. La guitarra, el canto y la palabra comenzaron a ocupar un lugar central en su vida.

El Tata se definía como improvisador más que como payador. Marcaba una diferencia clara: el payador, decía, tenía un conocimiento profundo de la historia; él, en cambio, improvisaba desde la observación, el ingenio y el contacto directo con la gente. En décimas, con rimas precisas y una velocidad asombrosa, era capaz de retratar a cualquiera que se le pusiera enfrente, sin aviso previo.

Con humildad, pero también con seguridad, reconocía su talento. No se proclamaba el mejor, pero sabía que era bueno. Y el público se lo confirmaba en cada asado, reunión o escenario donde se presentaba.

Del Cine Español a los grandes escenarios

Su carrera lo llevó a afiliarse al gremio de Artistas y Variedades, un paso que no era sencillo: había que rendir una prueba ante figuras consagradas. El examen estuvo a cargo nada menos que José Marrone, y el Tata lo aprobó con creces, obteniendo su carnet de artista.

Compartió festivales folclóricos con figuras consagradas, como Horacio Guaraní, Chacho Santa Cruz, Los Altamirano, entre otros.

Una de las anécdotas más recordadas ocurrió en una peña folclórica y «boliche» de San Miguel, donde compartió escenario con figuras como el «Gordo» Porcel y el «Polaco» Goyeneche. Tras el show, dos hombres de traje se le acercaron para contratarlo. Al preguntarle cuánto cobraba, respondió con rapidez: lo mismo que Goyeneche. La cifra era diez veces más de lo que solía ganar, pero el contrato se firmó igual.

El lugar era Barbacoa, un reconocido cabaret sobre la Panamericana, propiedad —según contaba— de dos policías. Allí actuó durante un tiempo, en un escenario circular rodeado de hombres con whisky en la mano, adaptando su repertorio a un público exigente y diverso. Su capacidad para leer la audiencia y acomodar su arte a cualquier contexto fue una de sus grandes virtudes.

Hasta el final de sus días lo acompañó María Elena Obregón
Un artista del pueblo

El Tata actuó en todos lados: en concursos de aficionados del cine Español, como presentador de espectáculos, en peñas, cafés, radios y escenarios improvisados. En Radio Actualidad estuvo sentado más de una vez, dejando su huella también en ese espacio.

Además de interpretar distintos géneros, fue compositor. Muchas de sus canciones estaban profundamente ligadas a General Villegas, como ‘El ciruja de La Trocha’ o ‘Haciéndole honor al vicio’, temas que hoy forman parte del cancionero popular local y que quedaron registrados en grabaciones que todavía circulan. También, entre los de su autoría, ‘Por ser un analfabeto’.

En lo personal, fue padre y compartió más de 30 años junto a María Elena Obregón, quien lo acompañó hasta sus últimos días. Se conocieron en unas romerías españolas, cuando él ya tenía 40 años.

Anécdotas, risas y memoria

Las historias del Tata son innumerables. Desde el episodio en el que salió corriendo creyendo ver a un desconocido mientras robaba sandías —que resultó ser su propio hermano Antonio—, hasta los cuentos breves, pícaros y certeros que desataban carcajadas inmediatas.

También quedó en la memoria la despedida de su madre, Victorina. Su velorio fue una guitarreada interminable, con cantos y música hasta el final. En el cementerio, la voz de Antonio Mancilla terminó quebrándose, como era inevitable. Fue una despedida tan popular y sentida como la vida que habían llevado.

Un recuerdo que sigue vivo

El Tata Almirón fue, ante todo, un artista feliz. Disfrutaba haciendo reír, cantando, improvisando y observando las reacciones del público. Vivía para ese intercambio, para ese instante mágico en el que la palabra justa encontraba la rima perfecta.

Hoy, cada vez que su nombre aparece en una mesa de café, surge una anécdota distinta. Porque el Tata no fue solo un improvisador extraordinario: fue parte de la identidad cultural de General Villegas. Y mientras sus canciones sigan sonando y sus historias sigan contándose, seguirá estando presente.

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