En una nueva entrega de Tecnología al Paso, el ingeniero en sistemas Gustavo González puso sobre la mesa un tema cada vez más presente en la vida cotidiana: la sobrecarga tecnológica. Celulares repletos de aplicaciones, notificaciones permanentes, redes sociales que compiten por la atención y una sensación cada vez más extendida de falta de tiempo fueron algunos de los ejes de una charla centrada en el llamado “minimalismo digital”.
La propuesta no pasó por rechazar la tecnología, sino por aprender a usarla mejor. González planteó que hoy el desafío no es tener más herramientas, sino encontrar un equilibrio que permita recuperar tiempo, concentración y calidad de vida. “Hay veces que nos sentimos sobrecargados de tecnología y no podemos parar la pelota”, señaló, al tiempo que remarcó que el objetivo pasa por “ganar un poco de tiempo y mejorar nuestro tiempo”.
La reflexión partió de una escena cotidiana: mirar el celular solamente para ver la hora y terminar atrapado por una cadena de notificaciones, mensajes, redes sociales y estímulos que desvían la atención. “Solo quería mirar la hora”, resumió González al describir una situación que se repite a diario y que, según explicó, refleja cómo las plataformas digitales están diseñadas para retener al usuario el mayor tiempo posible.
A partir de esa idea, el especialista habló de una tendencia global que busca reducir el “ruido digital” y simplificar el vínculo con la tecnología. En ese marco, comparó el desorden de una casa llena de objetos que ya no se usan con el modo en que hoy se acumulan aplicaciones, grupos, redes y alertas en los teléfonos.
Después de ese planteo inicial, González fue desgranando una serie de recomendaciones concretas para empezar a ordenar la vida digital.
Borrar lo que no se usa y dejar solo lo importante
Uno de los primeros puntos que marcó tuvo que ver con la cantidad de aplicaciones instaladas en los celulares. En la charla se mencionó un caso concreto de un teléfono con 219 apps, una cifra que sirvió para mostrar hasta qué punto el uso tecnológico puede volverse excesivo sin que muchas veces el usuario lo advierta.
“Una de las primeras características que tenemos que hacer, si vamos al minimalismo digital, es borrar las aplicaciones”, sostuvo González. Y aclaró que eliminarlas del teléfono no significa perderlas para siempre, sino dejar disponibles únicamente aquellas que realmente se utilizan en la vida diaria.
El planteo incluyó también a los grupos de WhatsApp, otro de los espacios donde suele producirse una gran acumulación de mensajes, notificaciones e información difícil de administrar. En ese sentido, explicó que la saturación no solo complica a quien recibe, sino que además termina perjudicando la comunicación.
Notificaciones: menos interrupciones, más control
Otro aspecto central fue el manejo de las notificaciones. González remarcó que muchas aplicaciones piden permiso para enviar avisos apenas se instalan y que, con el tiempo, eso genera una presencia constante del teléfono en la vida cotidiana.
“Lo primero que tenemos que bajar como usuarios son las notificaciones”, afirmó. Según explicó, no todas tienen la misma importancia y muchas responden más a una estrategia de atracción de las plataformas que a una necesidad real del usuario.
Su recomendación fue dejar activas solo las alertas verdaderamente importantes, como mensajes, llamados o avisos relevantes, y desactivar aquellas vinculadas a juegos, promociones, sugerencias o redes sociales. Incluso contó que en su caso agrupó las notificaciones en momentos puntuales del día para no vivir interrumpido de manera permanente.
Ese criterio, señaló, también puede trasladarse al modo en que se organiza la pantalla principal del teléfono. La sugerencia fue dejar allí solamente las aplicaciones esenciales –como llamadas, mensajería, banco o navegador– y mover a otras pantallas o carpetas las redes sociales y otras herramientas más distractivas.
La saturación también afecta la comunicación
En otro tramo de la conversación, González se detuvo en un fenómeno que atraviesa tanto a las personas como a las instituciones: la dificultad para comunicar en medio de una enorme cantidad de estímulos. Allí vinculó el exceso de mensajes con la pérdida de efectividad de la comunicación.
Puso como ejemplo los grupos en los que una información puntual queda rápidamente tapada por decenas de respuestas y comentarios. “Los deseos de que se mejore terminan tapando a la comunicación”, explicó al describir esas situaciones en las que el dato importante se pierde entre múltiples intervenciones.
A partir de eso, recomendó que en muchos grupos solo puedan escribir los administradores, mientras que los intercambios o debates se deriven a otros espacios. Según remarcó, cada vez más instituciones están aplicando ese criterio porque descubrieron que, cuando todos comunican al mismo tiempo, el mensaje principal deja de llegar.
También llevó esa observación al terreno de las redes sociales y señaló que hoy la forma de comunicar cambió profundamente. Frente a pantallas saturadas, explicó, los formatos breves, visuales y directos suelen tener más llegada que los mensajes extensos o los videos demasiado largos. “Un meme tiene mucho más valor que un discurso o una nota de prensa de las viejas”, señaló al mencionar análisis actuales sobre comunicación política y social.
Tiempo sin pantallas y uso más consciente
Dentro de las recomendaciones prácticas, González planteó además la necesidad de establecer momentos concretos sin teléfono ni interrupciones. Lo vinculó tanto al estudio como a la lectura, al trabajo o a cualquier actividad que requiera concentración.
“El momento de estudiar es 45 minutos, una hora, sin notificaciones y sin teléfono”, indicó. En esa línea, propuso apagar o silenciar dispositivos durante determinados lapsos y volver a generar espacios de atención sostenida, algo que hoy aparece cada vez más amenazado por la lógica de la conexión permanente.
También habló del llamado “scroll infinito”, esa costumbre de deslizar el dedo sin parar por las redes sociales o plataformas de contenido. Para González, una forma de reducir ese tiempo perdido es ingresar a una aplicación con un objetivo concreto, buscar lo que se necesita y salir, en lugar de quedar atrapado por una sucesión interminable de publicaciones.
El miedo a perderse algo y el valor de desconectarse
En la parte final, el ingeniero introdujo un concepto que hoy circula mucho, sobre todo entre jóvenes: el FOMO, sigla en inglés que refiere al miedo a perderse algo. Es decir, la sensación de que, si uno no mira constantemente redes o mensajes, se está quedando afuera de algo importante.
Frente a eso, mencionó una idea opuesta que empieza a ganar terreno: disfrutar también de perderse cosas, aceptar que no es posible estar en todo y que desconectarse no necesariamente implica quedar excluido.
En ese punto, la charla derivó incluso hacia una reivindicación del papel, del diario impreso y de las prácticas más pausadas de lectura. La idea de sentarse con tiempo a leer noticias en papel, sin la presión de la actualización permanente, apareció como una imagen que interpela a muchos usuarios cansados del vértigo digital.
La conclusión general fue clara: la tecnología puede seguir siendo una gran aliada, pero necesita límites, criterio y organización. “Tenemos que volver a ese minimalismo”, resumió González, en una definición que apuntó no a renunciar a las herramientas digitales, sino a recuperar el control sobre ellas.
