Hay nombres que, con el paso del tiempo, no se apagan. Siguen apareciendo en una charla de café, en un recuerdo compartido, en una anécdota que vuelve casi sin buscarla. Jesús Pascual es uno de esos nombres en General Villegas. Su paso por la cultura, la docencia, el carnaval y la vida social del distrito dejó una marca intensa, de esas que no se borran fácilmente.
En una nueva entrega de “Goyo, el Memorioso”, Román Alustiza reconstruyó parte de la vida de Jesús Manuel Pascual, y trazó un recorrido por una figura que todavía hoy despierta afecto, admiración y memoria. “Era un tipo distinto, inteligente, apasionado, polifacético, versátil”, lo definió, en una semblanza que combinó datos, anécdotas y emociones.
Una vida en movimiento
Jesús Pascual nació en la Clínica Modelo de General Villegas, aunque su familia vivía en Cuenca. Hijo de Mario Pascual y Ana Oviedo, cursó sus primeros años en esa localidad, para luego trasladarse a Buenos Aires. Tiempo después regresó a General Villegas, donde completó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional y comenzó a desplegar esa personalidad inquieta que lo acompañaría siempre.
Quienes lo conocieron lo recuerdan como alguien imposible de encasillar. Tenía intereses múltiples, una energía poco común y una forma de involucrarse en cada proyecto que lo volvía inolvidable. Le gustaba el arte, la literatura, la docencia, la murga, el trabajo comunitario y también pasó por el rugby, una faceta menos conocida de su vida.
Según el recuerdo compartido en el ciclo, jugó antes de la formación del Villegas Rugby Club, en La Lucila Rugby Club, con la camiseta de cuadros bordó y amarilla. El fútbol, en cambio, no lo atrapaba del mismo modo. “Creo que lo que no le gustaba era el fútbol”, se comentó, en una descripción que ayudó a completar el retrato de una personalidad singular.
Familia, vínculos y una identidad compartida
Antes de consolidarse como referente cultural, Jesús construyó una dimensión familiar muy fuerte. Fue papá muy joven de Camila y, tiempo después, de Matías. Esa faceta formó parte central de su vida, atravesada siempre por los vínculos y la cercanía.
Con su hermano César mantuvo una relación muy particular, una simbiosis singular que los llevó a compartir múltiples experiencias. Participaron juntos en innumerables eventos, proyectos y espacios, en una sociedad que excedía lo artístico y se apoyaba también en lo afectivo.
Ese entramado familiar y emocional explica, en parte, su forma de ser: intensa, comprometida y siempre orientada a lo colectivo.

El carnaval como territorio de creación
Si hubo un espacio donde Jesús Pascual encontró una forma poderosa de expresión, ese fue el carnaval. El vínculo se fortaleció a partir de un taller en Laprida, donde entró en contacto con Coco Romero, voz calificada del carnaval, y con Luciano Brindisi, payaso profesional muy distinguido en el universo clown. Allí empezó a consolidarse una pasión que después tendría una traducción concreta y muy recordada en Villegas.
Antes incluso del nacimiento de Los Colifatos de la Llanura, ya circulaban anécdotas que lo tenían como protagonista. Una de las más pintorescas habla de un grupo de amigos que, después de un asado, terminó irrumpiendo en un corso con instrumentos improvisados y en sentido contrario al desfile. “Era literal: corso en contramano”, se recordó, al evocar ese episodio que encaja con el espíritu irreverente y creativo de aquellos años.

Más tarde llegó la experiencia más emblemática: Los Colifatos de la Llanura. Allí Jesús fue director, motor y referencia. No sólo se lucía él, sino que lograba hacer lucir al resto. Esa capacidad de potenciar a los demás aparece como una de sus mayores virtudes.
La murga trascendió el ámbito local, participó en distintos carnavales y festivales, recorrió escenarios de la provincia y del país, y compartió momentos con grupos reconocidos.
Jesús también viajó para nutrirse de otras experiencias carnavaleras. Estuvo en Gualeguaychú, Tilcara, Río de Janeiro, Montevideo y el mismísimo carnaval de Cádiz, uno de los más emblemáticos de España. No se quedaba con lo cercano: buscaba, observaba, aprendía y traía ideas.
Docencia, cultura y una forma distinta de enseñar
La docencia fue otra de las dimensiones centrales de su vida. Estudió profesorado y licenciatura en Historia en Hernandarias y dio clases en distintos establecimientos educativos de General Villegas. Su paso por las aulas dejó huella entre estudiantes y colegas.
No respondía a moldes rígidos. Podía aparecer con una nariz de payaso, romper la estructura tradicional de una clase y convertir una materia en una experiencia distinta. Esa impronta le permitió construir un vínculo fuerte con los alumnos.
También desarrolló una tarea intensa en la promoción cultural. Su nombre quedó muy ligado a la Biblioteca Municipal y a los eventos de «Puig en acción». Impulsó talleres, acompañó visitas de autores, promovió instancias de formación docente y trabajó sobre temas vinculados con la convivencia y la identidad. “Se comprometía con el proyecto que iniciaba, iba a fondo”, se destacó en el programa.
El trabajo en Zabaleta y el arte como herramienta social
En Buenos Aires también dejó una huella importante. Durante varios años trabajó en la Villa 21-24, conocida como Zabaleta, donde desarrolló talleres de escritura, lectura y música con chicos del barrio. Las imágenes de esa etapa lo muestran rodeado de libros, bombos y propuestas creativas, en un trabajo profundamente humano.
No se trató sólo de enseñar contenidos, sino de generar vínculos, abrir horizontes y ofrecer herramientas desde el arte. La cultura, en sus manos, funcionaba como un puente y una oportunidad.
Esa dimensión social de su trabajo completa el perfil de alguien que no separaba la creación artística del compromiso con el otro.

Una ausencia que todavía se siente
Jesús Pascual murió el 10 de octubre de 2018, con apenas 45 años. Su fallecimiento causó un fuerte impacto en Villegas, no sólo por la edad, sino por todo lo que representaba. “La falta de Jesús se notó y se nota”, se sostuvo en el programa.
Su muerte dejó la impresión de una vida intensa, pero también de una obra interrumpida. Muchas de las cosas que impulsaba dependían de su capacidad para generar, movilizar y sostener proyectos.
Lo siguen recordando por su bicicleta, por su paso por la docencia, por la murga, por sus ideas y por su forma de estar. También por esa mezcla de talento, explosión, ternura y compromiso que lo hacía imposible de olvidar.
Jesús Pascual no fue una figura convencional. Fue uno de esos personajes que alteran la rutina, sacuden estructuras y dejan una marca aun después de irse. Por eso, cuando su nombre vuelve, no vuelve solo como recuerdo. Vuelve como presencia.

