Después de más de 20 años de vida en Chile, Diego Muñoz regresó a General Villegas con una mezcla de nostalgia, alivio y necesidad de volver al origen. Se fue en plena crisis argentina de comienzos de los 2000, con apenas 22 años, buscando una salida en medio de un contexto económico asfixiante. Volvió en noviembre de 2024, con otra historia encima, dos hijos, una vida entera del otro lado de la cordillera y una certeza íntima: había cosas que solo podían sanar en el lugar del que nunca dejó de sentirse parte.
Su testimonio, compartido en el programa GPS Villeguenses por el Mundo, dejó mucho más que una historia migratoria. Fue también el relato de un regreso emocional, de una búsqueda personal y del valor que sigue teniendo General Villegas para quienes un día se fueron, pero nunca terminaron de irse del todo.
A Diego no le cuesta definirse como villeguense. Aunque vivió más de dos décadas en Melipilla, una ciudad chilena ubicada entre Santiago y el puerto de San Antonio, sostiene que su identidad sigue atada a este lugar. “Nunca dejé de extrañar. En 20 años nunca dejé de extrañar”, dijo, al recordar que incluso en Chile se sorprendía silbando melodías o evocando imágenes que lo conectaban con su infancia en esta ciudad.
El regreso, sin embargo, no fue solamente una decisión geográfica. También respondió a un proceso interno. “No me sentía bien. Venía luchando con una depresión bien profunda hace tiempo ya. Y este proyecto de venir a Villegas tiene que ver un poco con eso, volver al origen, a reconstruirse básicamente”, expresó. En esa frase se resume buena parte del sentido de esta nueva etapa.

Una partida marcada por la crisis
Muñoz se fue de General Villegas en los años del corralito, los patacones y la incertidumbre generalizada. En su casa, como en tantas otras, la situación apretaba. Sin trabajo y con una madre que hacía lo que podía para sostener a la familia, la salida apareció del lado chileno, donde tenía lazos familiares por parte de su padre.
“No tenía muchas ganas de irme, pero creo que fue una manera de darle una mano a mi vieja”, recordó. En ese momento, salir del país no era un proyecto soñado sino una necesidad. El dato que mejor pinta ese punto de partida es tan concreto como contundente: “Mi vieja sacó los últimos 40 pesos que tenía en la billetera y fue con ese dinero que yo viajé a Chile”.
La llegada no fue sencilla. Lejos de una imagen idealizada de la emigración, relató que el desembarco estuvo atravesado por la precariedad, la incertidumbre y las dificultades para conseguir documentos, trabajo y estabilidad. “Pasaron muchísimas cosas que yo nunca le conté a mi vieja para no preocuparla. Estuvimos expuestos en la calle, expuestos también a la violencia”, señaló.
Aun así, en medio de esas dificultades, encontró oportunidades. Trabajó de mozo, en una tienda de ropa, en un ciber, en colectivos, taxis y distintos rubros ligados al transporte. Con el tiempo, consiguió regularizar su situación, obtuvo la doble nacionalidad y pudo armar una vida.

Chile, una experiencia que lo cambió
Lejos de renegar de los años vividos en Chile, Diego hace un balance positivo de esa etapa. Asegura que emigrar lo formó, lo obligó a crecer y le permitió conocer otras realidades. “Todo eso significó que me haya convertido en lo que hoy soy”, sostuvo.
En Chile formó una familia y nacieron sus dos hijos. También conoció paisajes, costumbres y experiencias que dejaron huella. Contó que vivió el terremoto de 2010, que conoció de cerca la cultura de la montaña, del mar, del vino y del trabajo duro, y que ese recorrido lo enriqueció. “Conocí gente de otras cunas, de otras billeteras, de otros colores, con otros pensamientos. Eso te enriquece como persona”, resumió.
Al mismo tiempo, reconoció que nunca fue del todo fácil ser argentino en Chile. Habló de prejuicios, rivalidades y de esa sensación persistente de ser extranjero. Pero prefirió quedarse con quienes le tendieron una mano. “Siempre hubo gente dispuesta a decir ‘vení, quedate acá’”, recordó.
Esa ambivalencia también quedó reflejada en una confesión sincera: hubo un momento en que sintió que Chile también era hogar. Pero el llamado de Villegas siguió latiendo. El parque, los clubes, la calle, la infancia, la forma de relacionarse, las referencias de barrio y hasta el canto de una paloma terminaron funcionando como recordatorios constantes de un vínculo que no se rompía.

El regreso y la búsqueda de una nueva etapa
Instalado nuevamente en General Villegas, Diego dice sentirse mejor. No asegura que todo esté resuelto, pero sí que el cambio empezó a hacer efecto. “Antes dormía mal siete noches de siete y hoy capaz que duermo mal cuatro o cinco. Va mejorando la cosa”, contó. En ese proceso, el deporte, la pileta, el paddle, la bicicleta y el reencuentro con afectos ocuparon un lugar importante.
También volvió a estudiar. Se inscribió en una tecnicatura y se planteó objetivos concretos para este año: formarse, conseguir trabajo y avanzar con proyectos propios. “Ahora ojalá que este año agarre un buen laburo. Estoy disponible, con ganas y tiempo”, afirmó.
Su entusiasmo también se apoya en una idea que quiere desarrollar a futuro: vincular el ecoturismo y las experiencias al aire libre entre Chile y General Villegas. El proyecto todavía está en etapa embrionaria, pero lo moviliza. La intención es construir un puente entre dos mundos que conoce bien y convertir esa experiencia en una oportunidad laboral y personal.
Mientras tanto, observa la ciudad con ojos de quien regresa y redescubre. Dice que se emociona al ver el parque, la pileta, los corsos, el movimiento de la gente y las propuestas que ofrece Villegas. Quizás por haber estado lejos, valora con mayor intensidad cosas que para otros forman parte de la rutina.

Volver sin dejar de ser también de otro lado
La historia de Diego Muñoz no es solo la de alguien que se fue y volvió. Es también la historia de una transformación. Del joven que partió empujado por la necesidad al hombre que regresa con una mochila cargada de experiencias, heridas, aprendizajes y ganas de empezar otra vez.
En ese tránsito, la identidad dejó de ser una sola cosa. Diego se siente de Villegas, pero también reconoce que Chile forma parte de su vida para siempre. Allí quedaron sus hijos, sus amigos, recuerdos decisivos y una parte importante de su historia. Acá, en cambio, encontró algo que necesitaba recuperar: la cercanía emocional con su origen.
“Me siento en casa”, dijo en uno de los tramos finales de la charla. No como una frase hecha, sino como una definición profunda. Volver, para él, no fue retroceder. Fue animarse a comenzar otra vez desde un lugar conocido, pero siendo otro.
En tiempos donde emigrar sigue siendo una opción para muchos y regresar no siempre resulta sencillo, su relato deja una reflexión que atraviesa generaciones: a veces la distancia enseña, pero también confirma qué lugares siguen vivos adentro de uno, aun después de muchos años.

