Por Celina Fabregues
A los 14 años era el chico alto que había llegado al vóley casi por casualidad. Hoy es una de las piezas del seleccionado argentino que buscará la clasificación olímpica. Protagonista de las mejores ligas de Europa, habla de General Villegas, de sus amigos, del mate y de los asados como si nunca se hubiera ido.
Hay entrevistas que el tiempo resignifica.
La primera vez que hablé con Joaquín Gallego en la radio era un adolescente que empezaba a descubrir ese espacio al que había llegado acompañando a un amigo podía convertirse en un proyecto de vida. Pero ese chico que apenas encontraba palabras terminaría recorriendo Europa, enfrentando a los mejores jugadores del mundo y vistiendo la camiseta argentina en las competencias más importantes del voleibol internacional.
Sin embargo, volvimos a conversar en la radio mientras prepara una nueva temporada en Francia y pelea por un lugar en el plantel definitivo que disputará el Campeonato Sudamericano de Río de Janeiro, el torneo que otorgará una plaza directa para los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028.
Sin embargo, hay algo que no cambió.
Gallego sigue siendo Joaco. El mismo chico que habla de sus amigos de toda la vida, que sigue las novedades del deporte villeguense desde cualquier rincón donde se encuentre y que se emociona cada vez que vuelve a ponerse la celeste y blanca.
«Todos los años cuando tengo la oportunidad de ser convocado y entrenar con esta camiseta, que representa algo tan grande para nosotros como Argentina, me llena de orgullo y de motivación», contó desde Buenos Aires.
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El villeguense ya conoce el profesionalismo de las ligas más exigentes del mundo. Después de una destacada etapa en Polonia, acaba de dar un nuevo salto en su carrera al incorporarse al Tourcoing Lille Métropole, equipo de la máxima categoría francesa.
Pero cuando habla de la selección, el tono cambia.
«Es totalmente diferente. No tiene nada que ver con lo que representa el club. Son emociones y sentimientos que te atraviesan cuando escuchás el himno o cuando tenés puesta la camiseta».
Quizás por eso, a pesar de los kilómetros acumulados y los años viviendo lejos, nunca perdió esa forma tan argentina de habitar el mundo.
En cada país al que llega hay un mate que lo acompaña, empanadas que cocina para sus compañeros y asado.
«Siempre trato de llevar algo de nuestra cultura. Me gusta cocinar, entonces invito a mis compañeros y les hago probar comidas argentinas. El mate va conmigo a todos lados».
La escena se repite en Polonia, en Francia o donde le toque jugar. Un grupo de europeos intentando entender por qué alguien dedica tantas horas a encender un fuego para compartir una comida.
Joaquín sonríe cuando cuenta que el asado requiere una explicación previa. «No es solamente sentarse a comer. Hay todo un ritual detrás».
También aprendió a mirar en sentido inverso. Viajar lo obligó a descubrir historias ajenas, culturas distintas y maneras diferentes de entender la vida. En Polonia, por ejemplo, encontró respuestas en la historia.
«Al principio los veía muy distintos a nosotros, más fríos. Después entendés todo lo que vivieron, las guerras, la historia que tienen encima. Eso también te abre la cabeza».
Hay algo revelador en esa observación. El deportista de elite que juega ante miles de espectadores conserva intacta la curiosidad.
Cuando habla de volver a Argentina no menciona aeropuertos ni vuelos. Habla de ansiedad, de familia, de amigos.
«Cuando saco el pasaje siento que ya llegué. Mi cabeza ya está en Buenos Aires». Y después está Villegas.
Siempre Villegas. Mientras construye una carrera internacional, sigue atento a lo que ocurre en los clubes donde alguna vez comenzó todo. Lo entusiasma ver crecer las disciplinas deportivas, las obras, los profesores que forman a los que empiezan.
«Me pone muy feliz ver que los chicos tengan acceso al deporte, que puedan elegir, viajar, competir, compartir con otros. Creo que eso es muy importante para su desarrollo».
No es un discurso preparado. Es tan auténtico como el recuerdo de aquella anécdota que forma parte de su historia, cuando acompañó a un amigo a una práctica y el entrenador le dijo que se quedara. Así descubrió al vóley, casi sin proponérselo.
«Yo acompañé a un amigo y después conocí al Goico. Era algo que no estaba en mis planes, pero acá estamos», resume.
Y acá estamos, efectivamente. Con Carlos “Goico” Goicoechea escuchando su voz al aire y participando de la charla a través de mensajes de whatsapp.
Aquel chico se ha convertido en protagonista de una generación que ya hizo historia. Gallego integró el plantel argentino que rompió una sequía de 59 años y conquistó el Sudamericano de Recife derrotando a Brasil en su propia casa. Una hazaña que modificó para siempre la relación de fuerzas en el continente.
Ahora el desafío vuelve a ser enorme.
Argentina llegará a Río de Janeiro como campeón vigente y principal rival del poderoso seleccionado brasileño. El premio es tan grande como la exigencia: una plaza directa para los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028.
Mientras tanto, Joaco acumula entrenamientos, amistosos y concentraciones. Sigue persiguiendo objetivos.
Cuando la entrevista ya casi terminaba, apareció una pregunta inevitable. ¿Los sueños se cumplen? Hizo una pausa breve antes de responder. «Creo que peleándolos y buscándolos uno los acerca. Si uno quiere algo y lo intenta, ya está mucho más cerca de cumplirlos».
Entonces llegó la última pregunta. ¿Cuál es tu sueño hoy? La respuesta fue inmediata. «Jugar un Juego Olímpico». Y agregó, con una mezcla perfecta de convicción y prudencia: «Estamos en eso».
Quizás ahí esté la mejor definición de Joaquín Gallego.
Un jugador que conquistó Europa, que ya hizo historia con la selección argentina y que sigue hablando de sus sueños en presente, como cuando tenía 14 años.
Hay deportistas que, cuando alcanzan determinado nivel, hablan casi exclusivamente de estadísticas, contratos, competencias o rendimiento. Joaquín sigue pendiente de cómo les va a los chicos de Villegas, habla con Goico, vuelve a jugar con equipos locales cuando puede y conserva los mismos vínculos. No es solamente un villeguense que triunfa en Europa; es alguien que logró crecer sin perder su identidad.
Dentro de unos meses, cuando Argentina salga a la cancha en Río de Janeiro, Joaquín Gallego será uno de los hombres llamados a sostener la ilusión de todo un país.
Cuando vuelva a Villegas traerá con otra camiseta que se sumará a la que me regaló después de calzar por primera vez la albiceleste. Seguramente será más grande. No por el talle, sino porque habrá crecido junto con él.