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Ana Luz Bruvera: de Villegas a Tarragona, una vida reconstruida al otro lado del océano

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Ana Luz junto a su pareja y su bebé

Emigró a España en plena pandemia para reunirse con su pareja, debió reinventarse profesionalmente en un país donde la musicoterapia tiene escaso reconocimiento y hoy disfruta de la maternidad sin perder el vínculo con General Villegas.

La historia de Ana Luz Bruvera comenzó mucho antes de que el Mediterráneo apareciera en su horizonte cotidiano. Comenzó en General Villegas, entre las aulas de la Escuela Nº 1, los años de secundaria en el Instituto Nacional y las tardes de patín artístico en Eclipse. Allí transcurrió una infancia y una adolescencia que, como les ocurre a muchos villeguenses, parecía destinada a continuar en alguna ciudad argentina, cerca de la familia y de los afectos de siempre.

Sin embargo, la vida tenía otros planes. Hoy, a más de diez mil kilómetros de distancia, Ana Luz vive en Tarragona, una ciudad de la costa catalana donde construyó una nueva etapa junto a su esposo Pablo y su hija Elena. El camino hasta allí no fue sencillo. Estuvo marcado por una pandemia, trámites interminables, incertidumbre laboral y la necesidad de reconstruir una carrera profesional prácticamente desde cero en un país donde su especialidad todavía lucha por ganar reconocimiento.

La decisión de cruzar el Atlántico en plena pandemia

Cuando habla de su profesión, Ana Luz suele remontarse a una persona que resultó decisiva para su futuro. Fue la musicoterapeuta villeguense Clarisa Alvarado quien le mostró por primera vez un campo de trabajo que hasta entonces desconocía.

La propuesta la atrapó de inmediato. Después de terminar la escuela secundaria decidió estudiar Musicoterapia y desarrolló gran parte de su carrera en Buenos Aires. Allí trabajó en instituciones de salud y también de manera particular, construyendo una trayectoria profesional que avanzaba con estabilidad.

Por eso, emigrar nunca había formado parte de un proyecto firme. La posibilidad apareció cuando Pablo obtuvo una beca para realizar un máster en Galicia. Lo que inicialmente parecía una experiencia temporal terminó convirtiéndose en un cambio de vida.

El contexto no podía ser más complejo. En octubre de 2020 el mundo todavía convivía con las restricciones provocadas por el COVID-19. Viajar implicaba atravesar controles, permisos especiales y una incertidumbre constante sobre lo que podía ocurrir de un día para otro.

Aun así, decidió dar el paso. Llegó a España en medio de un escenario excepcional, con aeropuertos semivacíos, medidas sanitarias estrictas y un país que todavía intentaba adaptarse a una realidad desconocida. La aventura que imaginaba junto a Pablo comenzó, en realidad, como una prueba de resistencia.

Volver a empezar lejos de casa

Los primeros meses estuvieron lejos de parecerse a una experiencia idealizada de emigración. La documentación demoró más de lo esperado y eso limitó seriamente sus posibilidades laborales.

Mientras aguardaba los permisos necesarios para trabajar, la sensación de dependencia y de incertidumbre comenzó a pesar. Acostumbrada a sostenerse económicamente por sus propios medios y a desarrollar una actividad profesional definida, debió enfrentarse a una realidad completamente distinta.

En más de una ocasión pensó en regresar a la Argentina.

La distancia con la familia, las dificultades burocráticas y la imposibilidad de ejercer plenamente su profesión generaron momentos de frustración. Como ocurre con muchos migrantes, la experiencia real estuvo muy lejos de las imágenes idealizadas que suelen circular sobre la vida en Europa.

Con el paso del tiempo la situación empezó a estabilizarse. Los trámites avanzaron, aparecieron nuevas oportunidades y la pareja comenzó a proyectar un futuro más allá de aquella experiencia que en principio parecía transitoria.

Pero cuando una dificultad empezaba a resolverse, surgía otra. En este caso tenía relación directa con su profesión.

Ana Luz vive una singular experiencia en Europa

Una profesión poco conocida en España

La musicoterapia ocupa desde hace años un lugar reconocido dentro de distintos ámbitos de la salud en Argentina. Sin embargo, la situación es diferente en España, donde la disciplina todavía no posee el mismo grado de desarrollo ni de reconocimiento institucional.

Ana Luz descubrió rápidamente esa diferencia. Su título no contaba con una homologación directa y muchas personas ni siquiera conocían en qué consistía el trabajo de un musicoterapeuta. Explicar una y otra vez qué hacía, cuál era su formación y de qué manera la música podía convertirse en una herramienta terapéutica pasó a formar parte de la rutina.

Lejos de desanimarse, decidió asumir el desafío. La experiencia la obligó a ampliar conocimientos y a adaptarse a una realidad cultural diferente. Muchos de los recursos musicales que utilizaba en Argentina no tenían la misma referencia emocional para los pacientes españoles o para personas provenientes de otros países.

Eso implicó estudiar nuevos repertorios, investigar tradiciones musicales diversas y comprender códigos culturales distintos.

La adaptación fue tan profunda que ella misma suele describirla como una nueva etapa de formación profesional.

En ese proceso descubrió también algo que valora especialmente: la posibilidad de trabajar con personas de múltiples nacionalidades, historias y contextos. Aquello que inicialmente aparecía como una dificultad terminó convirtiéndose en una herramienta para enriquecer su mirada profesional.

Con esfuerzo y perseverancia logró abrirse camino y continuar desarrollando una actividad que sigue considerando una verdadera vocación.

Con sus padres, que están de visita

Tarragona, maternidad y el vínculo con Villegas

Después de vivir en distintos lugares, Ana Luz y Pablo encontraron en Tarragona el sitio donde decidieron establecerse. La ciudad, ubicada sobre la costa mediterránea, les ofreció una combinación de tranquilidad, oportunidades laborales y calidad de vida que terminó resultando determinante.

Allí nació Elena, la pequeña que acaba de cumplir un año y que transformó por completo la dinámica familiar.

La maternidad agregó una dimensión diferente a la experiencia migratoria. Si emigrar ya implica construir nuevas redes afectivas, hacerlo mientras se forma una familia plantea desafíos todavía mayores.

La distancia con los abuelos, los hermanos y los amigos adquiere otro significado cuando aparece un hijo. Por eso la visita reciente de sus padres desde General Villegas tuvo un valor especial. Compartir el primer cumpleaños de Elena representó mucho más que una reunión familiar: fue una forma de acercar dos mundos que hoy conviven en la vida de Ana Luz.

A pesar de los años transcurridos, Villegas sigue presente en su cotidianeidad. Las videollamadas, las conversaciones familiares, las noticias que llegan desde Argentina y las amistades que conserva mantienen vivo un vínculo que el tiempo y la distancia no lograron romper.

Por eso evita presentar la emigración como una experiencia exclusivamente positiva o negativa. Prefiere una mirada más realista.

Reconoce las oportunidades que encontró en España, la estabilidad alcanzada y la vida que construyó junto a su familia. Pero también admite que emigrar exige renuncias, paciencia y una capacidad constante de adaptación.

A casi seis años de aquel viaje realizado en plena pandemia, el balance es favorable. La joven que dejó atrás Buenos Aires para reunirse con su pareja en Galicia terminó encontrando en Tarragona un nuevo hogar.

Sin embargo, cada vez que habla de sus raíces, de su familia o de los recuerdos de infancia, queda claro que una parte importante de su historia sigue estando en General Villegas. Porque, aunque la vida la haya llevado al otro lado del océano, nunca dejó de sentirse parte del lugar donde empezó todo.

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