Con más de seis décadas vinculadas al automovilismo, Gagliardi repasó sus comienzos, la época dorada de Radio Rivadavia, los inolvidables grandes premios y su experiencia en el mítico avión de Carburando. También recordó a Juan Gálvez y dejó una emotiva anécdota junto a Roberto Mouras.
Hay voces que quedan asociadas para siempre a una época. Voces que, incluso muchos años después, alcanzan para reconstruir imágenes, circuitos, pilotos y carreras que ya forman parte de la historia del automovilismo argentino. Alberto Gagliardi es una de ellas.
A sus 90 años, el histórico periodista y locutor continúa ligado a la actividad y conserva en su memoria innumerables capítulos de una profesión que lo llevó a trabajar durante décadas en Carburando y, especialmente, a convertirse en una de las voces que relataban las carreras desde el mítico avión transmisor.
“Creo que tuvimos la suerte de pertenecer a un lugar como lo fue en aquellos momentos Radio Rivadavia”, cuenta Gagliardi, al recordar una época en la que aquella emisora era una referencia indiscutida de la radiofonía argentina.
Su historia con Carburando comenzó en los primeros años de la década del 60. Por entonces, Radio Rivadavia atravesaba una suspensión y Gagliardi recibió una invitación que terminaría modificando para siempre su carrera. “La gente de Carburando, tanto González Longhi como su socio Andrés Rouco, me invitan para que vaya a hacer algo con ellos para que me gane un mango”, recuerda con naturalidad.
Después llegaron las carreras en ruta, los grandes premios y, en 1966, el avión. “Carburando se le ocurre poner el avión 2. Me llevan a mí a pasear con González Longhi, el avión 1, y yo no sabía para qué. Y a la semana siguiente me dicen: ‘No, tenés que hacer el avión 2’. Ahí empecé con el avión”.
Desde allí, Gagliardi se convirtió en uno de los encargados de contar desde el aire aquello que sucedía abajo. El famoso “3, 2, 1, ¡toco!” era una referencia indispensable para que desde tierra pudieran reconstruirse los tiempos y las posiciones.
Pero aquella profesión también significaba acompañar competencias que hoy parecen imposibles de imaginar. Gagliardi recuerda especialmente los grandes premios, aquellos recorridos interminables que atravesaban distintas provincias y hasta países limítrofes. “Uno de los grandes premios más largos tenía 11.000 kilómetros. Tocaba Bolivia, Paraguay, fuimos a Chile, volvimos. Verdaderamente era una cosa espectacular”, comentó.
En ese recorrido compartió transmisiones con algunos de los nombres más importantes del automovilismo argentino, entre ellos Cacho González Rouco, quien llegó a Carburando con apenas 24 años. “Las miradas del costado nuestro, las de los viejos, viendo a un nene de 24 años conduciendo lo que eran esas transmisiones”, recuerda entre risas. Con el tiempo, aquel “nene” se convertiría en una de las voces más reconocidas del automovilismo nacional.
Gagliardi, sin embargo, asegura que aquella trayectoria no le permitió tomar partido por ningún piloto. “No, nunca. Es que en general éramos amigos de todos”, explica. Detrás de esa frase aparece una de las claves de su manera de entender el periodismo: mirar también hacia quienes estaban detrás de los grandes nombres. “Siempre teníamos algo que hacíamos en charlas con González Longhi y con González Rouco: no olvidarnos de la gente detrás”.
Esa mirada aparece con especial fuerza cuando recuerda a Roberto Mouras. Gagliardi cuenta que, mientras en Carlos Casares se preparaba una gran fiesta para celebrar uno de los campeonatos del piloto, había otro corredor, mucho más anónimo, que necesitaba ayuda para poder continuar compitiendo.
Decidió entonces no asistir al homenaje a Mouras y se lo comunicó personalmente. “Le dije: ‘Roberto, te quiero avisar que yo no voy a ir a tu fiesta’”. Mouras quiso saber por qué. Gagliardi le explicó que prefería acompañar a aquel piloto que no tenía la misma repercusión. La respuesta de Mouras terminó de confirmar la imagen que tenía de él: “Me quedó mirando y dice: ‘¿Qué vas a hacer?’. ‘Voy a ir’, le digo”.
Pero Mouras no se quedó solamente con esa respuesta. “Y me dice: ‘Bueno, escuchame una cosa, hoy lo cuento, ¿sabés por qué?. ¿Lo podemos ayudar?’”. Para Gagliardi, aquella escena resumió mucho de lo que significaba Mouras como persona. “Ahí Roberto nos metió encima lo que era él como persona, y yo ya lo sabía”.
Más de seis décadas después de aquellos primeros pasos, el hombre del avión conserva intacta la memoria de una época en la que las carreras se escuchaban por radio y una voz podía hacer que miles de personas imaginaran lo que ocurría kilómetros más adelante.
Quizás por eso, al hablar de su profesión, Gagliardi vuelve una y otra vez al mismo lugar: el agradecimiento. “Todavía me da las fuerzas suficientes y las posibilidades de seguir trabajando”, dice. Y enseguida vuelve a disculparse por hablar demasiado en primera persona. Una modestia que, a esta altura, parece innecesaria.
Porque su historia ya no es solamente suya. También forma parte de la historia del automovilismo argentino.

