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Mercedes Luis se fue con un pasaje de ida y encontró un nuevo hogar en Mallorca

La bungense emigró a España en 2003, después de estudiar Publicidad y buscar trabajo sin éxito en la Argentina. En GPS contó su recorrido por Madrid, Andorra y Cataluña, su pasión por la montaña y el reencuentro con la vida familiar que la llevó a quedarse en Mallorca.

Mercedes Luis tomó la decisión un domingo y al domingo siguiente se fue. Su hermano Sebastián le prestó 1.000 dólares, compró un pasaje de ida por 400 y llegó a Madrid, donde vivía su hermana mayor. Había terminado la carrera de Publicidad en Buenos Aires, pero la crisis argentina había limitado sus posibilidades de conseguir un trabajo remunerado. España era, además, un destino que imaginaba desde chica.

Más de dos décadas después, aquella joven de Emilio V. Bunge construyó un recorrido que incluyó una agencia de marketing, un hotel al pie de las pistas de esquí en Andorra, emprendimientos en Cataluña y proyectos vinculados con la salud en Mallorca. Desde esa isla conversó con GPS – Villeguenses por el Mundo, por FM Actualidad 93.7, sobre las decisiones que marcaron su vida y las raíces que permanecieron a pesar de la distancia.

Bunge, una familia que sigue acompañando

Antes de repasar sus experiencias en el exterior, Mercedes saludó a sus amigas y a sus padres, que escuchaban la entrevista desde Bunge. Allí vivió hasta los 18 años y construyó vínculos que todavía sintió presentes en su vida cotidiana.

«Lo mejor que me ha pasado es haber nacido en Bunge, en un pueblo», expresó. Al recordar la infancia y la adolescencia, destacó la solidaridad, la complicidad con sus amigas y esa familiaridad que excedía los límites de su casa. «Lo que me queda es eso, el alma de pueblo».

Su padre nació en Galicia y las historias de sus abuelos españoles alimentaron desde temprano el deseo de cruzar el océano. Las cartas y el contacto con familiares del otro lado hicieron que España formara parte de su horizonte mucho antes de emigrar.

El primer paso fue Buenos Aires. Eligió Publicidad por su interés en la creatividad, la comercialización y el marketing. Disfrutó la carrera, pero al terminar encontró un escenario laboral distinto del que había imaginado: recibió propuestas en las que podían ofrecerle tareas, aunque no pagarle.

Madrid y una oportunidad que llegó enseguida

La invitación de su hermana mayor terminó de impulsar la partida en 2003. El comienzo en Madrid fue rápido: al día siguiente de llegar tuvo una entrevista y, dos días después, ya trabajaba en una agencia de marketing.

«Apenas llegué, al otro día fui a una entrevista y a los dos días ya estaba trabajando», recordó. Esa primera experiencia le permitió ganar independencia, aprender a desenvolverse en un ámbito laboral y ahorrar para su próximo movimiento.

Sin embargo, permaneció apenas cuatro meses en la capital española. Quería probar cómo se manejaría por su cuenta y apareció la posibilidad de viajar a Andorra, a través del contacto con un jugador de rugby que vivía allí.

Renunció y se fue sin empleo asegurado. Los primeros días se alojó con jugadores de distintos países, imprimió currículums y recorrió pueblos de montaña para buscar trabajo. Conoció la nieve mientras caminaba con unas zapatillas que pronto resultaron insuficientes para el frío.

Cuatro años al pie de las pistas

Un contacto con el propietario del Hotel Patagonia le permitió tramitar el permiso de trabajo y residencia e incorporarse a la recepción. Permaneció cuatro años en ese establecimiento, al pie de las pistas, donde también contó con alojamiento y comida.

La experiencia incluyó atención a huéspedes, responsabilidades crecientes y situaciones que exigieron reaccionar con rapidez. Según contó, cuando la acumulación de nieve generaba riesgo de avalanchas, los equipos de rescate indicaban evacuar el hotel.

Pero Andorra también le abrió una puerta que quedó para siempre en su vida: la montaña. Después del trabajo salía a caminar, aprendió snowboard y descubrió el atractivo de los paisajes durante el deshielo.

«Ahí aprendí, conocí y amé la montaña», resumió. Con los años sumó escalada y travesías exigentes. En la entrevista recordó una salida de seis días con su amiga Luisina, en la que atravesaron sectores que las llevaron al límite físico y emocional.

Para Mercedes, esas experiencias también tuvieron un efecto personal: enfrentar dificultades y completar un recorrido le dio fortaleza para afrontar otros momentos de su vida.

De la hotelería a los proyectos de salud

El siguiente destino fue Vilassar de Mar, una localidad costera cercana a Barcelona. Allí participó en la apertura y dirección de un hotel y, junto con quien era su pareja, puso en marcha un local nocturno.

Vivió entre diez y once años en Cataluña. Trabajó, practicó deportes y pudo viajar por Asia. También recuperó una sensación conocida: vivir y trabajar en un pueblo, trasladarse a pie y encontrar cercanía en los vínculos.

Después de una separación buscó un cambio y llegó a Mallorca, donde estaban su hermana menor, Rocío, y otros familiares. Lo que parecía una estadía transitoria se prolongó con la pandemia y terminó convirtiéndose en una nueva etapa.

«Volví a encontrar el hogar, el calor del hogar», explicó. La cercanía con su hermana, sus primas, su tía y las visitas de sus padres influyeron en la decisión de quedarse.

En el ámbito laboral comenzó a colaborar con el centro de ginecología de una prima, participó en la organización de cursos y encuentros para médicos y luego trabajó en la puesta en marcha de una clínica de cardiología. Su formación en publicidad siguió siendo una herramienta para desarrollar esos proyectos.

El desarraigo y las raíces que permanecen

Actualmente vive en Palma y es mamá de Camila, de tres años, a quien llevó a conocer la Argentina y Bunge. Conservó el mate, los alimentos argentinos y el contacto con su gente. También encontró en la natación en aguas abiertas otra manera de disfrutar el paisaje y superar sus propios temores.

Aunque valoró las oportunidades y la tranquilidad que encontró en España, fue clara al hablar de la emigración: adaptarse llevó tiempo. «A mí me llevó diez años dejar de sentirme sapo de otro pozo y sentirme de acá», afirmó.

Por eso, su consejo para quienes sueñan con vivir en otro país combinó entusiasmo con una advertencia nacida de la experiencia. «El desarraigo cuesta muchos años, uno añora muchísimo, sobre todo a su familia, pero se puede».

Bunge siguió siendo una posibilidad de regreso y un lugar al que volvió en sus conversaciones con su mamá. Mientras organizaba una eventual visita para las fiestas, Mercedes dejó una certeza sobre su identidad: su hogar estaba en Mallorca, pero las raíces seguían del otro lado del océano.