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General Villegas
jueves, 1 diciembre, 2022

La Cueva del Loco | por Raquel Piña de Fabregues*

Con su carga cada vez más pesada de gente, la Tierra sigue flotando en el universo, día a día menos desconocido pero oculto en su mayor parte, no sabemos cuánto ni cómo.

Pegados con un imán al que le llamamos Ley de gravedad, viajamos su ruta sin detenernos, a pesar que en esa inmensidad somos pequeñísimas bacterias a la caza de metas que mantengan viva nuestra aspiración de eternidad.

A través del impulso de ese motor, los grupos humanos crecen, los pueblos se convierten en ciudades y aparentemente la vida se presenta con más oportunidades, mejor.

¿Mejor en qué? ¿Cuáles de las múltiples variables que hacen a la existencia contribuyen a la felicidad, que por distintos caminos perseguimos todos?

Villegas no es la excepción. Un simple recorrido por sus calles parece darnos una respuesta positiva, siempre y cuando nos quedemos en la superficie.

La búsqueda nos lleva a lugares y personas que hicieron de este espacio ínfimo del planeta algo significativo para el alma, la que nunca muere.

En medio de un reluciente y joven barrio, a la entrada del Parque Municipal y cubierta por una espesa capa de tierra, duerme su sueño «La cueva del loco».

Por los años cuarenta llegó a Villegas, venido no se sabe de dónde, un hombre taciturno y solitario del que poco y nada se llegó a conocer, porque era avaro con las palabras y aún más cuando se trataba de referirse a sí mismo.

Se dedicaba a diversas labores en las que era enormemente hábil con sus manos: jardinería, cestería, labrado del cuero, todo en el más absoluto silencio, como una sombra que de pronto se desvanecía en el aire.

Pero un día tomó pala y carretilla y fue el comienzo de toda una leyenda lugareña.
Al fondo de la calle Azcuénaga, que entonces era zona de quintas, justo a la salida del parque, este extraño personaje comenzó a cavar en un espacio de diez metros por diez y cavó, cavó y cavó hasta una profundidad de seis metros, en una larga y paciente labor que le llevó años.

No lo hizo de cualquier manera. Como el más experto de los ingenieros fue dando a la tierra la forma de una pirámide invertida con algo como un obelisco al medio, paredes alisadas con cuidado y una inclinación que permitía entrar a ese espacio, una especie de subsuelo abierto al exterior.

Allí hizo una plantación de diversas especies de plantas y el resultado final fue alucinante.

Entrar a la “Cueva del loco”, nombre que le puso alguien y fue patrimonio de los villeguenses, era como traspasar la sutil cortina de otra dimensión, era una fantasía hecha realidad.

Se mezclaban la luz, que entrando en forma sesgada producía raras luminiscencias, el olor a plantas frescas y húmedas en esa semi penumbra del pozo y el estado de irrealidad que se tejía en la imaginación frondosa de los adolescentes, sus más conspicuos visitantes.

El “Loco” había completado una verdadera obra de arte.

Me acuerdo de este loco genial, al que nadie pudo apreciar por sus conocimientos y sus verdaderos méritos, cuando hacía trabajos de jardinería para mi padre en la casa de la calle Pringles, y por algo él lo respetaba mucho siendo como era, un experto en calificar personas.

El progreso es implacable con muchas cosas valiosas y las destruye sin piedad en nombre del desarrollo urbano y allí fue a parar la cueva de nuestros sueños, rendida ante la arquitectura ávida de espacios y de modernización.

Las Historias de mamá me han rescatado, en medio del encierro obligado, muy obligado por mis muchos años, de la monotonía gris y a veces desesperanzadora de esta pandemia, abierta a la inteligencia como un gran interrogante, pero desde cualquier sitio que la analicemos, deja sobre el tapete el valor inefable y superior de la existencia, de los sentimientos más simples y verdaderos y ha echado por tierra las ambiciones desmedidas, el poder del hombre sobre el hombre, tan frágil y en ocasiones miserable.

La cueva del loco, ejemplo de tenacidad palada a palada, olvidada por algunos y desconocida por las generaciones más jóvenes, debería ser, aún sepultada por kilos de tierra y cemento, un lugar para la reflexión, un confesonario donde hacer los mea culpa de nuestro desprecio por el mundo sencillo del pasado.

En el intrincado juego de la vida, no somos las monótonas fichas de un tablero de damas. Somos piezas de ajedrez, con distintas posibilidades, con jerarquías que determinan cada movimiento, pero participando todos de un destino común y lograremos ganar la partida si cada uno hace lo que tiene que hacer sin dejarse ganar por la inercia, por la haraganería destructora.

*Raquel Piña de Fabregues tiene 86 años. Es docente jubilada, escritora, trabajó como periodista y tiene varias ocupaciones como madre, abuela y bisabuela. Escribe desde que lee y aún lo sigue haciendo. Durante algunos años, fue columnista del programa de radio de su hija Celina, con sus Historias de Mamá, que se vieron interrumpidas por una caída y el estrés que eso significó en medio de la pandemia. Este es otro de esos textos de sus tantas historias.