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domingo, 16 mayo, 2021

Para Luciano Robassio, trabajar en ADERID «ha sido un desafío y la verdad que satisfactorio»

Luciano Robassio es médico cirujano. En ADERID cumple el rol de médico generalista acompañando en la parte clínica a los pacientes, sus familias y al equipo profesional. Un desafío que aceptó con miedos, según le dijo a ACTUALIDAD, compartiendo su experiencia de trabajo.

«Hace alrededor de cuatro años que tengo el privilegio de formar parte del equipo de ADERID. Mi función fundamentalmente se basa en el seguimiento clínico de los pacientes que allí concurren; y oficiar, en cierta medida, como un nexo desde el punto de vista de las afecciones clínicas y médicas que también atañen a los pacientes con discapacidad, que pueden llegar a tener un comportamiento más complejo por su condición previa», dijo el profesional.

¿Es un desafío para la familia encontrar un médico de cabecera, sobre todo si se habla de adultos?

Creo que uno de los momentos más críticos que enfrenta el paciente con discapacidad o la familia que lo contiene, es el paso de la adolescencia a la adultez. El seguimiento médico siempre está ligado al pediatra, como primera instancia de control. Y muchas veces, uno puede ver en pacientes adultos que su médico de cabecera sigue siendo el pediatra que en algún momento lo atendió de chico. Sobre todo en nuestro medio. Pero creo que la dificultad radica básicamente en que nosotros, los médicos que estamos formados para la atención de los adultos, tenemos muy poca formación o nula en la fase universitaria en relación a la atención de las personas con discapacidad, en forma global. Creo que hay mucho prejuicio, preconcepto y miedo en relación a eso. Para mí también fue un desafío, yo también era parte de esa masa de médicos que intentábamos evitar el paciente con discapacidad. Pero esto ha sido un desafío y la verdad que satisfactorio, porque es una puerta interesante, el poder darle respuestas a un grupo de la comunidad que por ahí está un poco dubitativo a la hora de dónde dirigirse desde el punto de vista médico.

¿Cuáles eran esos miedos?

El miedo más grande que uno enfrenta es el hecho de no poder entender. Creer que uno no puede comunicarse con un paciente con discapacidad, sobre todo aquellos que tienen trastornos cognitivos, sin desarrollo del habla. Pero a medida que uno va tomando contacto, eso va quedando totalmente descartado, porque en realidad la intención comunicativa no sólo se radica en la comunicación verbal, el cuerpo dice cuestiones médicas que uno está preparado para detectar y tiene que formar el ojo en ese tipo de pacientes; y tiene que ponerse a estudiar, claramente. No hay otra. Los médicos siempre estamos accediendo a la información y es importante que tengamos una mirada un poco más concreta con el tema de la discapacidad, porque es un problema de salud pública muy importante que a veces queda relegado. El acceso a la salud es un derecho para toda la población; y estas personas también tienen el derecho de acceder a todo lo que necesitan. Me parece que el miedo más grande es el preconcepto de no encontrar la forma de entender o comunicarte con el paciente.

¿Una comunicación que se va haciendo más fácil con el paso del tiempo, mientras la relación va más allá del vínculo médico-paciente?

Como en todo. Uno empieza a tener otros pilares en la atención, se empieza a apoyar mucho en la familia, que es fundamental. Muchas veces hay dificultades a la hora de acceder a estos pacientes porque, más allá de las dificultades físicas o cognitivas, también uno puede observar en estos casos la discapacidad social, con familias que están transitando cuestiones complejas y, obviamente, eso retrasa el entendimiento y el contacto con el paciente en forma adecuada, pero uno va buscando y abriendo caminos. Insisto en que la familia es fundamental, su participación dentro del equipo.

¿Cuándo un paciente necesita un médico generalista?

Para los pacientes que abandonan la adolescencia y entran en el rango de la adultez, los problemas que atendía el pediatra pasan a tener otra magnitud. El paciente con discapacidad no está exento de tener problemas clínicos propios del adulto y, de hecho, los tiene y muchos. Ni hablar si a ese paciente la discapacidad le genera un trastorno motor importante, como puede ser una parálisis cerebral, donde los problemas que empiezan a aparecer después de los 18 años son a veces bastante serios, que comprometen inclusive la calidad de vida y muchas veces acortan la expectativa. Entonces, uno debe estar atento, sobre todo en este rango de edad, para detectar problemas o seguir los que se habían detectado con anterioridad.

¿Contento de haber decidido sumarte a este equipo de trabajo?

Sí. Al principio fue difícil por una cuestión de miedo, prejuicio o preconcepto, por cómo me podía llegar a plantar yo frente a un paciente de estas características. La verdad creo que fue un acierto. Me obligó en cierta medida a desempolvar algunos libros que tenía, pero uno también rescata la colaboración increíble del resto del equipo que trabaja en ADERID, que con su visión y su experiencia enorme en nuestro medio ayuda. Me han ayudado mucho y lo siguen haciendo. Y también me han demostrado otra cosa que yo daba por perdida, que es la posibilidad de trabajar en equipo, con una comunicación fluida. Es bastante motivador ver cómo se trabaja en ADERID y cómo se abordan los pacientes, sobre todo los nuevos, que nunca dejan de ser un desafío para la institución. Sin exagerar, en el país hay pocas instituciones con el grado de profesionalismo y la metodología de trabajo que tiene ADERID. Es un privilegio para una comunidad chica como la nuestra, contar con un espacio como éste, donde se atiende en forma integral al paciente con discapacidad y el grado de compromiso que tienen con ellos y con sus familias.