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General Villegas
martes, 29 septiembre, 2020

Tojo, el de Blaquier: una vida en el fútbol y la tarde que le hizo un gol al Cholo Onni

Con su impronta y calidez provinciana, pasó por OVACIÓN, el clásico deportivo de cada mediodía en FM ACTUALIDAD. Zurdo, nacido en Blaquier y con pasado en Ferro, llegó a San Lorenzo para formar parte de Los Matadores, el primer campeón invicto del fútbol argentino.

Miguel Tojo, de él hablamos. Aquel que dirigido por el brasileño Tim jugó con figuras de la talla de Albrecht, Cocco, Rendo, Telch, Veglio, Veira y Fischer, entre otros, en un equipo que está en la historia grande de nuestro fútbol.

Su vínculo con la zona no termina en Blaquier, ya que su papá vistió la camiseta de Eclipse. «El viejo nos contaba a mi hermano y a mí que le pagaban el coche y le daban una platita. El fútbol de Villegas era un lugar preponderante y Blaquier un pueblo muy chiquito. Ir a Villegas era algo grande», recordó. Además, tiene familiares en General Villegas. Pero de eso hablaremos más adelante.

De los potreros polvorientos del pueblo partió hacia la gran ciudad por medio de un primo de su papá, que le consiguió un trabajo allí. La casualidad hizo que el trabajo fuera de canchero de Ferro Carril Oeste. Todos los planetas se alineaban y Miguel entró de cabeza en las inferiores del club.

«Jugar a la pelota era mi gran pasión. A veces siento que lo que cuento no era cierto, como que a los 12 años jugaba campeonatos con mayores. Vivíamos adelantados en esas cosas. Y como a los 15 a través del primo de mi papá nos probaron a mi hermano y a mí. Fuimos y en la primera prueba nos ficharon», afirmó.

Miguel Tojo destaca que tuvo la oportunidad de llegar muy rápido a primera división. Tras dos años en inferiores a los 18 años debutó en la máxima división del Verde de Caballito: «Estando en Ferro, en el 64, me llevaron a jugar a Japón a una Olimpíada, representando a la Selección. Una aventura. Viajamos 55 horas y ni sabíamos con quién jugábamos. Una locura. Estaban Perfumo, Cejas… no nos fue bien. Era un mundo desconocido, con un fútbol muy distinto al de ahora. Yugoslavia, Rumania, Hungría, iban con su selección mayor. Decían que lo de ellos era fútbol amateur y por eso podían ir con los mayores. Había mucha diferencia, porque nosotros no lo éramos.»

Pero lo mejor vendría después, en San Lorenzo. «Yo era volante de creación, con llegada, casi un cuarto volante. Pero como jugaba con el número 11 pensaban que lo hacía por afuera, y no era así. Barreiro, el primer técnico que tuve ahí, me lo pedía, pero a mí la raya me asfixiaba. Yo necesitaba tener la pelota para habilitar a los delanteros», se describe y describe, mirando atrás, su arranque en Boedo.

También jugó en Racing, Defensor de Lima, Perú, y en el muy buen equipo que Juan Carlos Lorenzo armó para el Unión del 77. «Un técnico que había estado en Europa, veía muy bien el fútbol y estaba adelantado al resto. En las charlas nos daba información de cómo era el contrario, por dónde se le podía entrar, etc. Era de avanzada. Llevó muchos jugadores de Buenos Aires y vivimos momentos muy lindo en Unión».

La charla derivó a su paso por la selección juvenil como entrenador, secundando a Francisco Ferraro en el título mundial conseguido en Holanda, aquel de Messi y Aguero. «Pancho es una de las mejores personas que conocí en el fútbol», le reconoció.

Sobre el final, la vuelta al Blaquier de entonces y a la zona, para dejar una anécdota muy jugosa. «Tengo familia en General Villegas. El Cholo Onni (aquel que fuera arquero de Atlético en los 70) está casado con una prima mía a la que quiero mucho. Un pingazo. Una vez me arriesgué a jugar un campeonato barrial en Villa Saboya, porque ya me iba a jugar a Perú. Caí en Blaquier un 25 de mayo y hacían un torneo a beneficio de la escuela. Mi prima me pidió que jugara porque la gente quería verme. La cuestión fue que llegamos a la final y enfrente mío estaba el Cholo, que era muy buen arquero. Empatamos y fuimos a los penales. El Cholo, sabiendo que yo era un jugador de primera división, esperaba que la pateara a un costado, buscando engañarlo. Pero como eran arcos chicos le tiré a arrancarle la cabeza. Hubiera sido terrible si me lo atajaba. Tenía que asegurarlo. Es el día de hoy que nos cargamos con eso», se ríe con ganas.