Por Raquel Zulema Piña, docente y bibliotecaria
Villegas está de luto. Murió Blanca Pérez, la maestra por antonomasia, el orgullo de quienes fuimos sus compañeros y el reconocimiento de los que tuvieron la suerte de ser sus discípulos.
Hoy más que nunca estamos necesitados de ejemplos de vida como el de ella, que supo enseñar entramado con matemática y lengua, el camino nada fácil pero necesario y fructífero, del esfuerzo, la dedicación absoluta y la conducta ética inclaudicable.
Transitó su trayectoria docente, tan larga como variada, ocupando desde el humilde lugar de maestra rural, pasando por el de excelente profesora de Enseñanza Media hasta el de Inspectora de Enseñanza Primaria y en todos fue superior, dio cátedra de lo que había que hacer, hasta dónde llegar con la exigencia y dónde empezar con el cariño sanador, el humor que eleva por sobre la tragedia cotidiana y la justicia aplicada en cada uno de sus actos.
Fuera de su profesión fue la amiga fiel, sincera y directa, que nunca disfrazaba con halagos su necesidad de expresar la verdad y por eso fue maestra de maestras, porque todos recurrimos a su consejo dentro y fuera de la escuela.
Tal vez su presencia intangible fabrique nuevas Blancas que recojan el desafío de educar en un mundo tan abrumado por la desesperanza, o tal vez nunca se fue y sigue luchando por lo que la mantuvo en pie trabajando por el motivo de sus desvelos: el destino de la niñez y de la juventud.
Nos queda su fuerza, sus infinitos conocimientos, su presencia agradable y su trato amable. Nos queda su capacidad de enojo cuando las circunstancias lo demandaban.
Jamás un adiós porque Blanca es inmortal en el ser de todas las generaciones que pasaron por sus manos.
