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María Diehl: “Siento que en este disco cargué la ametralladora” | Por Darío Sosa*

Los primeros minutos del 26 de septiembre de 1989 en Santiago del Estero corrían al compás de las guitarras de Jacinto Piedra y el Cuchi Leguizamón. Guillermo Diehl, después de una jornada de trabajo y calor en el campo, cantaba sonriente, acompañando al dúo. A mil kilómetros de distancia nacía María, su tercera hija. “Viví los tres primeros años de mi vida en Santiago, pero mi mamá me fue a tener a Pehuajó; papá se quedó trabajando. Me encanta esa anécdota”, dice María Diehl mientras piensa en su relación con la música: desde la cuna, a la banda de covers en General Villegas, hasta llegar a grabar María, María, su primer disco inspirado en el sonido de Natalia Lafourcade.

El álbum de nueve canciones —y un poema improvisado por un linyera—, que presentó el 3 de diciembre en La Catedral del Tango, en CABA —en un show a sala llena que contó con la participación del bajista villeguense Luis Maria Cabezas— es un trabajo de altísimo componente conceptual. “Me salió cantarle al desamor. Durante un par de años no podía escribir otra cosa”, dice la cantautora. Producido por Franco Masciarelli, fue grabado en el estudio que el músico comanda junto a Lucy Patané y Juanito el Cantor (que también participa del disco), notas de celular y una capilla construida por sus tatarabuelos en Pehuajó. El trabajo absorbe el sonido y la mística de esos espacios, y está atravesado por la tradición del folclore del norte y la percusión rioplatense.

—¿Cuándo aparece la música en tu vida?

—Siento que canto desde que hablo. La guitarreada en las mil casas en las que vivimos eran como, no sé, para otros puede ser un picadito de fútbol. En casa se escuchaba mucho folclore —Mercedes Sosa, Teresa Parodi y Jairo—, también a mis viejos les gustaba mucho Charly… Creedence. De todo. No recuerdo que se escuchara tango, pero sí mi viejo lo cantaba. Con el tiempo yo también le fui agarrando el gustito.

—¿Qué te gustaba más?

—Mi mamá dice que cantaba Yuya todo el día, pero no me acuerdo. Sí recuerdo que cuando vivíamos en Villegas, en cuarto grado del IMI, en una hora libre la preceptora me dijo “María, cantá”, y me paró enfrente de la clase. Canté “Me muero de amor” de Natalia Oreiro. Era fanática. Más grande, fui a ver a Norah Jones al Luna Park, me encantaba. Hace unos años un amigo me dijo: “María, a vos te gusta la música que podés cantar”, y es cierto. Con Norah Jones me pasaba un poco eso, que creía que la imitaba igual, era como mostrar mis plumas. Hasta que encontré lo que realmente me gustaba cantar pasó un tiempo.

A los 16 años todavía vivía en General Villegas. Cantaba en reuniones familiares, había compuesto un par de canciones que no le mostraba a nadie y quería tener una banda. En un asado se cruzó con un músico: “Canté “A fuego lento” de Rosana y lo deslumbré”, dice y se ríe. Durante un año María se curtió con esa banda, recorriendo todos los pueblos del partido, tocando temas de Charly García, Fabiana Cantilo, Pink Floyd, Led Zeppelin. “A la distancia, el repertorio de La Bella y Las Bestias era un poco esquizofrénico”, dice. Toma un trago de vermouth tinto y se queda cazando recuerdos, con las piernas cruzadas y los ojos bien abiertos.

En uno de esos shows, un compañero le propuso cantar “La Pomeña” de Manuel J. Castilla y Cuchi Leguizamón. Reaparecía en su camino una figura clave del folclore. “Lentamente hubo una reconciliación con algo que tenía muy incorporado. Cantar “Zombie” (The Cranberries) a los gritos era divertido, pero con “La Pomeña” descubrí que podía tener otra sutileza, que podía sentir más lo que cantaba y ponerle un poco más de tripa”, reflexiona.

Pasaron veinte años hasta la publicación de María, María. En el medio, se mudó nuevamente a Pehuajo y luego a CABA, cantó tangos, milongas, zambas, chacareras y canciones pop que moldearon una voz dulce que podía convertirse en una avalancha y arrasar con la atención de todo un bar. “No me gusta ser música de fondo”, dice.

María Dihel

—¿Cómo fueron apareciendo las canciones del disco?

—Un día noté que estaba cantando cuatro o cinco canciones nuevas cuando me presentaba en algún lado, y sentí que se estaba armando algo. Todas hablaban de desamor. Pero también hay otras canciones como “Espiral I” y “Espiral II”, que, si bien están disparadas por una mala experiencia amorosa, hablan de un proceso, de una cosa que nos pasa a todos, de decir la concha de la lora me está volviendo a pasar lo mismo. Esa canción apareció cuando estaba yendo a ver a un chico al que me había jurado y perjurado que no lo iba a volver a ver.

“No me causa gracia, ya estuve en este lugar”, así arranca “Espiral I”, y son las primeras palabras que se escuchan en el disco. Lo trágico y el humor están presentes a lo largo de todo el álbum. Más adelante aparece en la milonga “Una porquería”, donde le apunta al destinatario: “Eras una porquería y yo no lo quise ver”. “Te perdono todas las miserias, y lo hago por mí, no por vos”, dice en “Nunca es igual”, el vals que tiene un final para cantar a los gritos abrazado con amigos: “Viene que viene la ola, y se va”.

—¿Qué papel juega el humor en tu trabajo?

—Soy así. No me considero una persona particularmente graciosa, pero el humor es una forma de apaciguar. Soy dramática y si no me río un poco de algo… De hecho, al tiempo de haber grabado el disco —lo grabé en enero del 2024, nunca pensé que iba a tardar tanto en publicarlo— en un momento me dije: María, esto es un montón, es mucho despecho, mucho rencor. Después le di una vuelta y decidí subirle el volumen a eso. Cuando estábamos grabando en el estudio el chiste era que íbamos a armar una banda que se iba a llamar María y los Tóxicos.

El melodrama también aparece en el track N.º 2, “Esa mujer, María”. Ignacio Pablo —“un linyera que conocí en la calle”—, después de recibir un pucho, “me empezó a recitar cosas de Pizarnik y otras de él”, recuerda. Cuenta que, apenas él le pregunta su nombre, decidió grabarlo con el celular. Una voz grave y estropeada declama casi desfalleciendo al final de cada verso: “Esta mujer María, se llamaba hembra/Una vez fue sol, otra la tormenta/Una vez fue la vida, otra la muerte”, y cierra desafiante: “Cambio total o desastre absoluto/¡Pronto!”, y luego ríe, burlón.

—El humor, ese poema tremendo… todo parece muy lejano a tus temas anteriores…

—María, María es lo más importante que hice en mi vida. Acá estoy cantando muy desde adentro, por ejemplo en la canción “Ya no te quiero» que la grabé a capela, cuando canto: “Dios te libre de mi enojo/Dios te salve de escapar”, es como… Te voy a matar. Siento que en este disco cargué la ametralladora.

En el arte del álbum, realizado por Kevin Curarello, María, alumbrada por el sol y amenazada por las nubes, se apoya —como si fuera un bastón o un arma— en una guitarra criolla. Este personaje surge de la idea de “una chica Almodóvar, pero de campo”, “alguien autosuficiente, pero que ha sufrido mucho por amor”, dice describiendo el concepto que define la estética general del disco.

Al momento de pensar en el sonido, encontró en De todas las flores de Natalia Lafourcade (2022) una inspiración en el vivo y una referencia para sonar “con más sangre”. Esa frescura que comparte con el trabajo de la mexicana no es el único punto en común: las dos orbitan los folclores latinoamericanos, el canto desde el dolor, cierto grado de picardía flotando en una atmósfera que huele a madera y el juego de los coros de los músicos y los arreglos de guitarras limpias. Además, María, en la versión de “La Jardinera” de Violeta Parra —grabada como una nota de celular, solo a guitarra y voz—, también le cantó a las flores.

María, María cierra con la canción “Y sí, bebé” un mantra de despedida: “Y sí, bebé/Cuando ya lo diste todo es mejor agradecer”. El tema fue grabado en una capilla construida por los tatarabuelos de María, en la localidad de Pehuajó: allí están enterrados sus antepasados, se casaron sus padres y una de sus hermanas, y también fue lugar de bautismos familiares. El villeguense Gonzalo Navarro, quien la acompaña en la voz, estaba jugando con un armonio de 1880 cuando María empezó a cantar, y ahí surgió la idea de registrar la canción en ese lugar. “Fue un flash grabar ahí”, dice. Después aparecieron las guitarras y los violines; el resultado es un sonido etéreo, un ulular afable y acampanado, donde todo lo registrado —como el álbum entero— suena a promesa. “Todo lo que está pasando con el disco me da mucha ilusión”, confiesa con la palabra, y lo firma con un redoble de sus dedos índices sobre la mesa que hace trastabillar al vaso ya vacío.

*Darío Sosa (el Negro) nació en General Villegas, en 1984. A los 18 se fue a Rosario a estudiar psicología. Volvió al año y medio sin título, pero con un montón de letras para su banda de rock. Trabajando en una cabina de peaje de Dock Sud, intentó escribir cuentos, pero la urgencia de los automovilistas se lo impidió. En 2015 entró por primera vez a un taller literario buscando otra voz. Su relato Las ganas es su primer trabajo publicado (revista Atletas, octubre de 2018). Entre el 2020 y 2021 mientras formaba parte del consejo editorial de la revista literaria Digan sus elogios, fue picado por el bichito del periodismo. En diciembre del 2025 se recibió de periodista y productor de contenidos. Actualmente colabora en distintos medios y persigue el sueño de publicar su primera novela. 

Darío Sosa
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