Llovía copiosamente. Era domingo, por lo tanto a propósito para tomar mate y comer tortas fritas. Un cuchillo viejo y sucio ayudaba a doña Juana a cortar la masa. Después de un rato, un paisano de la rueda se desprendió del suyo que brillaba por lo nuevo y lo dejó junto al otro cuchillo, tocarse y hablarse. Fue obra de un segundo…
—¿Qué viento te trai? ¿Quién sos vos? —interpeló curioso el cuchillo cocinero.
—¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¿Quién soy yo? —contestó con petulancia el otro acompañándose de una sonora carcajada…— ¿Conocés esos animales que cuando hay aparte se prienden a los garrones? ¿Esos que muerden y no largan? De esos soy marca “Perro Bravo”. Tuitos los de mi familia semos bien conocidos. Y a los cuchillos como usté, sin marca, no sirven más que pa pelar papas… —¡Jua…! ¡Jua…!
El cuchillo viejo se sintió ofendido y hubiera querido darle una lección por petulante, pero al primer esfuerzo que hizo le dio un calambre y abandonó. Luego se observó todo cubierto de harina. No había duda, estaba gastado por el uso, y encontrándose en inferiores condiciones físicas, se complació más bien en indagar:
—Y… decime muchacho, ¿Qué has hecho hasta aura? Porque con una hoja grande y filosa, ya tendrás tus hazañas. ¿Es ansina?
Y lo miró dándole ventaja.
—¡En fin! —contestó el cuchillo “joven”, inflada su vanidad— si me lo pide le daré el gusto. En la estancia en que trabajo con mi patrón muchas veces he tenido que cueriar más de un animal, en el campo, y qué más… le ayudé a desvasar al zaino… ¡ja! y pa las fiestas patrias corto la carne con cuero. Doy envidia a los demás. ¿Le parece poco?.. El cuchillo toma aliento por ser algo viejo y le habló así:
—Mirá chiquilín, escuchame bien, te daré un consejo. Lo que has hecho no tiene nenguna importancia pa mí. Es como si yo te dijera que soy guapo y capaz porque le picaba el tabaco a mi patrón, ¡je…! ¡je…! Yo ya estoy viejo, es cierto, en esta triste ocasión, todo sucio con harina, con el filo igual que el lomo, “sin marca”, como vos me has dicho. No has respetado mi vejez. Vos también llegarás a viejo. Yo en mis mocedades fui guapo, muy guapo. Mi patrón un tal Salvatierra, yendo conmigo no le tenía miedo al mismo diablo. Persona también marcamos barbijos pa defender el honor o hacer pagar una deuda. ¡Qué baquiano me habría puesto! Ricuerdo la noche del incendio en lo de Gringo Merlini. Mi patrón y el zaino a juerza se coraje se llegaron hasta la chacra que estaba rodeada de fuego. Cargamos en ancas a Doña Delfina y salimos de ahí como alma en pena. El tiempo era escaso y la quemazón grande, por un clarito en medio de tanta humareda y encaramos nomás. Se nos interpuso un alambrado delante. Salvatierra no pensó más y como un rayo me manotió y yo saliendo de la vaina, de un solo hachazo corté tuitos los alambres. Otra vez yendo e tropa un toro barroso muy malo se apartó solo y era al ñudo que volviera. Un grito a lo indio y salimos detrás del matrero, de lejos vi que salían los royos como bandada e cuervos y la armada se ajustó en las “guampas”, El toro se puso loco e rabia y entonces pa que via contarle… se nos vino al humo y yo ligero como luz pegué un tajo al trenzado y ansina pude salvar a hombre y caballo… ya ve como los años borraron mi nombre y me yené de cicatrices. ¡Cada señal, cada meya, es un ricuerdo que me ha quedao. Alguien dijo la vejez tiene dos ventajas, dejan de dolerte las muelas y se dejan de escuchar las tonterías que se dicen a tu alrededor!
El cuchillo nuevo, grande, filoso y compadrón sintió que una mano lo tomaba y aprovechó la ocasión para refugiarse en la vaina, única guarida que encontró, para esconder su vergüenza, por lo que acababa de pasar.
(Texto hablado en criollo)
*José Luis Azurmendi es un asiduo lector de Actualidad. Trabajador de la construcción, veterano deportista, lector desde siempre, gusta volcar al papel sus vivencias y opiniones. Y compartirlas.
