Tres años pueden parecer poco en el calendario, pero alcanzan para cambiar una vida entera. Romina Echegaray volvió a General Villegas después de ese tiempo y, aunque el pueblo sigue siendo el mismo, ella ya no lo es. Tampoco lo es su historia. Aquella joven villeguense que en 2023 hablaba de adaptación, incertidumbre y primeros pasos en los Países Bajos hoy regresa con una casa propia, dos hijos y una vida definitivamente armada del otro lado del océano.
El reencuentro se dio en el aire de la radio, como si el tiempo no hubiese pasado. Pero pasó. Y mucho. En la charla aparecen palabras que antes no estaban: hipoteca, reformas, escuela, idioma, parto, maternidad lejos, raíces. Emigrar dejó de ser una experiencia para convertirse en una construcción cotidiana, hecha de decisiones grandes y gestos pequeños.
Romina no volvió antes por una razón simple y contundente: hubo que afirmarse. “Cuando vinimos la primera vez desde que nos fuimos, ya habíamos decidido quedarnos allá. Vendimos todo lo que nos quedaba acá”, contó. Ese desprendimiento marcó un punto de no retorno. No fue improvisación, fue elección.
De alquilar a comprar: la decisión de quedarse
La compra de la casa terminó de cerrar ese proceso. En los Países Bajos, alquilar o pagar una hipoteca cuesta prácticamente lo mismo. “Dijimos: mejor comprar, tener lo tuyo y listo”, explicó. No se trató solo de una cuenta económica, sino de asumir que ese lugar dejaba de ser transitorio.
El sistema inmobiliario sorprendió incluso a quienes ya estaban adaptados. “Allá todas las casas están publicadas en una sola página. Ves la casa una vez y tenés que decidir rápido porque no duran más de un mes”, relató. No hubo vueltas interminables ni negociaciones eternas. Se ofertó, se aceptó y la vida siguió.
La casa está en una zona tranquila, con parque, escuela y comercios cerca. Dos plantas, tres habitaciones, patio. Funcional, familiar. Pensada para criar hijos. No hubo festejos ni celebraciones el día de la firma. “Fue un día normal, ni me acuerdo”, dijo Romina, casi restándole importancia. Quizás porque cuando una decisión es profunda no siempre necesita rituales.
Catalina, el idioma y una infancia que crece en otro país
Catalina tiene siete años y más de la mitad de su vida transcurrió en los Países Bajos. Habla holandés con fluidez y naturalidad. Corrige a sus padres, traduce, se mueve con soltura. “A veces le pregunto ‘¿qué me dijo?’ y ella me arma la frase correcta”, contó, entre orgullo y asombro.
En casa se habla español. Es una regla. “Ella prefiere que nosotros le hablemos en español, para no perderlo”, explicó Romina. El equilibrio entre ambos idiomas es parte del día a día, como también lo es la mezcla de costumbres: mate, cuentos bilingües y rutinas que combinan dos mundos.
El sistema educativo fue uno de los grandes contrastes. “No llevan mochila, no llevan útiles, la escuela les da todo”, relató. Los chicos empiezan a los cuatro años y a los diez ya hablan inglés como segundo idioma. Todo es ordenado, planificado y exigente, sin estridencias.
Maternidad lejos y un segundo nacimiento
La llegada de Noah profundizó ese arraigo, pero también expuso el costado más difícil de emigrar. El embarazo y el posparto lejos de la familia pesan. “Lo que más sentí fue la ausencia de mi mamá”, reconoció Romina, sin rodeos.
El sistema de salud acompaña, aunque de otra manera. “Allá fomentan mucho el parto natural. Si querés cesárea, te preguntan mil veces por qué”, contó. Tras el nacimiento, una enfermera va a la casa durante una semana y ayuda con el bebé, la madre y las tareas básicas. Hay contención institucional, pero el afecto cercano sigue estando lejos.
Noah nació en los Países Bajos, pero no adquirió esa nacionalidad. “La única forma es que uno de los padres sea holandés”, explicó. Por ahora es italiano, por su papá, y la nacionalidad argentina está en trámite. Un bebé europeo con raíces bien argentinas.
Volver a Villegas y sentirse visitante
Después de tres años, el regreso tuvo impacto. “Me siento visitante”, admitió. El calor, el asado, la familia, los abrazos largos. Todo reconforta, pero algo cambió. “Mi vida está allá. Mis rutinas, los chicos, la escuela”, dijo con claridad.
El corazón quedó dividido. “Mi casa emocional acá es la casa de mi papá. Pero mi casa hoy es allá”, resumió. No es una contradicción, es una convivencia permanente entre dos pertenencias.
Romina no idealiza la experiencia. Emigrar no es fácil, no se resuelve en meses y nunca termina del todo. “Siempre hay algo nuevo que atravesar”, sostuvo. Pero el balance, en su caso, es positivo.
Si tuviera que decir algo a quien está pensando en irse, lo tiene claro: “Que se anime. Que pruebe. Y si no funciona, siempre se puede volver”.
Romina Echegaray volverá a tomar el avión en pocos días. Catorce horas de vuelo. Otro cambio de clima, de idioma y de ritmo. Pero ya no vuelve a un lugar prestado. Vuelve a su casa. Y eso, después de tanto camino, marca toda la diferencia.
