Cada semana, la memoria colectiva de General Villegas encuentra un nuevo capítulo para redescubrir. En esta ocasión, el recorrido propuesto por “Goyo, el memorioso”, puso el foco en una figura tan singular como trascendente: Doña Clara Villanueva, una mujer cuya vida quedó profundamente ligada a la historia social del distrito.
Nacida en 1852 en el paraje Leubucó —territorio que hoy corresponde a Victorica, en La Pampa, pero que por entonces formaba parte del mundo ranquel—, Clara creció en un contexto completamente distinto al actual. No existían los pueblos tal como se conocen hoy, ni tampoco límites definidos más allá de zanjas que marcaban posesiones. Su infancia transcurrió en la humildad extrema, en una vivienda sin puertas ni ventanas, cubiertas con cueros, y con una crianza marcada por las costumbres criollas.
Desde muy joven desarrolló una profunda devoción religiosa, especialmente hacia la Virgen de Luján, cuya imagen —según los relatos— utilizaba como protección en tiempos en que la convivencia con los pueblos originarios era parte de la vida cotidiana en la frontera.
Tras enviudar —dos veces— y atravesar la pérdida de sus hijos, Clara inició un camino que la llevaría a convertirse en una figura central para muchas comunidades. Luego de un paso por Francisco Madero, donde atendió una pulpería con carácter firme y decidido, llegó a General Villegas alrededor de 1910. Allí comenzaría su obra más significativa.
Una vida dedicada a los demás
Ya instalada en la ciudad, Doña Clara se volcó de lleno a la ayuda social. Su casa, ubicada en la calle Alberti al 800, se transformó en un espacio de contención para chicos huérfanos y familias con necesidades. Con el acompañamiento de comerciantes y vecinos, logró sostener una red solidaria que incluía alimento, ropa y educación básica para quienes más lo necesitaban.
Además, desarrolló una faceta vinculada a la curación a través de hierbas y prácticas espiritistas, influenciada por su vínculo con Eduardo Moleda, un curandero de la zona de Nueve de Julio. Si bien estas prácticas generaron controversias —incluso llegó a ser detenida por denuncias de médicos de la época—, el respaldo popular fue tal que rápidamente recuperó su libertad.
“No iba a buscar a nadie, todos venían a verla a ella”, se resumió al describir el reconocimiento que tenía en la comunidad.
Su accionar no tenía un fin económico. No cobraba por sus curaciones, aunque muchas personas le dejaban alimentos o donaciones que luego eran redistribuidas. Incluso llevaba un registro detallado de todo lo recibido, y cada 12 de agosto, en el día de Santa Clara, organizaba una gran celebración donde compartía con los chicos y recordaba a quienes habían colaborado durante el año.

Entre la fe, la tradición y el compromiso social
Quienes la conocieron o escucharon hablar de ella, coinciden en describirla como una mujer de fuerte carácter, reservada y profundamente espiritual. En su hogar tenía un altar donde realizaba sus prácticas y rezaba constantemente.
También transmitía valores a los niños que criaba: les enseñaba a leer, escribir, coser y trabajar, pero sobre todo les inculcaba principios como “hacer el bien” y responder con bondad incluso ante las adversidades.
Su figura trascendió lo cotidiano y se mezcló con relatos que la ubicaban como vidente o poseedora de una sensibilidad especial. Incluso, en sus viajes a Buenos Aires —donde compraba ropa para repartir—, participaba en reuniones espiritistas y llegó a vincularse con figuras cercanas al entorno de José Hernández, autor del Martín Fierro.
Un legado que perdura en la memoria
Clara Villanueva murió en 1949, a los 98 años, dejando tras de sí una historia marcada por la entrega y la solidaridad. Sus restos descansan en el cementerio local, en una de las sepulturas más antiguas del lugar.
Su nombre también quedó inscripto en la ciudad: fue el primero en designar una calle con nombre de mujer en General Villegas, un reconocimiento que refleja la magnitud de su aporte.
A más de un siglo de su llegada, su historia sigue viva en testimonios, publicaciones —como el libro de Hebe “Chiquita” Uriarte de Gómez— y en la memoria oral de generaciones que crecieron escuchando sobre aquella mujer que, sin recursos propios, decidió dedicar su vida a los demás.
Como sintetizó “Goyo” al cierre del relato: “Hizo el bien a todos y lo que tuvo, lo dio”. Una frase que resume, quizás, el verdadero significado de su paso por la historia villeguense.
- La estampa de Doña Clara con sus vestidos amplios, oscuros, que le llegaban a los tobillos
- Siempre homenajeada por los chicos, su gran debilidad
- Extracto de la ordenanza en la que se nombra a una calle de General Villegas «Clara Villanueva»