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OPINIÓN | La amistad como ventaja competitiva

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La Selección Argentina, en su intimidad

Si Argentina levanta la Copa del Mundo, habrá festejos, caravanas y una alegría que recorrerá cada rincón del país. Si no lo consigue, también habrá tristeza. Es inevitable. Pero cuando el tiempo pase y las emociones se acomoden, seguirá existiendo una certeza: esta Selección ya ganó algo mucho más difícil que un campeonato.

Ganó el cariño de la gente.

Y no lo hizo únicamente por los resultados.

Durante décadas se dijo que el fútbol era una cuestión de talento, preparación física y estrategia. Todo eso sigue siendo cierto. Pero esta Selección recordó algo que muchas veces se olvida: los equipos también se construyen con afectos.

No es casualidad que tantas personas se sientan identificadas con este grupo. Los argentinos observan a Messi abrazando a sus compañeros, a Scaloni emocionándose después de una victoria, a los jugadores compartiendo momentos con sus familias, y encuentran algo que va mucho más allá del fútbol. Encuentran humanidad.

En tiempos donde la agresividad suele confundirse con liderazgo y donde el éxito parece justificar cualquier conducta, este equipo eligió otro camino. Eligió la sencillez.

Quizás por eso resulta tan injusta aquella vieja acusación del «club de amigos» que apareció tantas veces alrededor de la Selección. Como si la amistad fuera una desventaja. Como si confiar en el compañero fuera un defecto.

Como si compartir alegrías, tristezas y años de convivencia debilitara a un grupo.

La realidad parece demostrar exactamente lo contrario.

Los grandes equipos de la historia casi siempre tuvieron algo más que buenos futbolistas. Tuvieron vínculos. Tuvieron pertenencia. Tuvieron personas dispuestas a correr una más por el otro cuando las fuerzas ya no alcanzaban.

La amistad no reemplaza al talento. Nadie llega a una Selección por ser simpático. Pero cuando el talento existe, cuando el esfuerzo está, cuando la capacidad sobra, la amistad puede transformarse en una ventaja competitiva enorme.

Por eso las críticas a determinados jugadores por formar parte del círculo cercano de Messi o del núcleo histórico del plantel terminan perdiendo fuerza frente a la realidad. La pregunta no debería ser si son amigos. La pregunta debería ser si cumplen una función dentro del grupo.

Y la respuesta está a la vista.

Hay algo profundamente valioso en ver a futbolistas que disfrutan estar juntos. Que celebran juntos. Que sufren juntos. Que siguen compartiendo una mesa, una charla o una broma después de tantos años.

Alejandro Dolina expresó alguna vez una idea que ayuda a entender este fenómeno. Dijo que prefería perder con amigos antes que ganar con indeseables.

La frase no habla de fútbol. Habla de la vida.

Porque al final los logros importan, pero también importa con quién se recorrió el camino. Importa quién estuvo al lado cuando las cosas salieron bien y, sobre todo, cuando salieron mal.

Quizás por eso esta Selección genera tanta empatía.

Porque transmite la sensación de que nadie ocupa un lugar por encima de los demás.

Porque el mejor jugador de todos los tiempos sigue mostrando humildad. Porque el entrenador evita el protagonismo. Porque los jóvenes respetan a los veteranos y los veteranos acompañan a los más jóvenes.

Hay algo saludable en todo eso.

También hay algo admirable en la manera en que enfrentan la presión. Mientras otras selecciones llevan días de vacaciones, Argentina sigue compitiendo. Futbolistas extraordinarios ya están descansando en playas europeas o preparando sus próximas temporadas. Mientras muchos candidatos quedaron en el camino, este grupo continúa peleando hasta el último día del Mundial.

No sucede por casualidad.

Detrás de cada entrenamiento, de cada concentración y de cada partido aparece una idea que parece sostenerlo todo: nadie se salva solo.

Tal vez esa sea la enseñanza más importante que deja esta generación.

No importa si la historia termina con una vuelta olímpica o con una derrota. Los títulos son extraordinarios, pero tienen fecha. Los vínculos auténticos permanecen.

Dentro de algunos años recordaremos goles, atajadas y finales. Pero probablemente también recordemos otra cosa: que hubo una Selección que decidió competir sin perder la humildad, que eligió la cercanía antes que la soberbia y que entendió que la amistad no era una debilidad.

Era parte de su fuerza.

Y quizás, después de todo, esa haya sido su mayor victoria.

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