Todo empezó con un fastidio. Apenas la Selección se convirtió en una amenaza real, apareció la campaña: que somos racistas, que somos soberbios, que somos violentos. Una hostilidad que se sintió coordinada, casi ansiosa por encontrar en nosotros la confirmación de algo ya decidido de antemano. La reacción instintiva fue la previsible: cerrar filas, inflar el pecho, contestar con la camiseta puesta.
Pero de ese fastidio nació algo más interesante que el fastidio. Nació una intuición compartida, de esas que conviene examinar antes de que se evaporen. Muchos de nosotros creemos que existe una posición argentina —una tercera vía, si se quiere; una manera propia de mirar el mundo y al hombre que lo habita— y que esa manera tiene algo genuino para ofrecerle al resto. No se trata de orgullo herido. Se trata de la sospecha, más honda y más incómoda, de que hay un modo nuestro de estar en la vida que otros perdieron o nunca tuvieron, y que valdría la pena defender.
La intuición es hermosa. El problema es lo que viene después, porque un consenso no exime de nada: obliga. Y llega, además, en un momento particular: el país está otra vez tratando de redefinir su lugar en el mundo, discutiendo hacia dónde mira y con quién se para. En medio de ese ruido, es fácil olvidar que hay una pregunta anterior a todas. Si de verdad creemos que tenemos algo para exportar, la más interesante deja de ser cómo nos defendemos y pasa a ser otra, mucho más fértil: qué hacemos, cada uno, todos los días, para estar a la altura de eso que decimos ser. Ahí está la verdadera oportunidad. No en ganar la discusión con el que ataca, sino en dedicar esa misma energía a construir, puertas adentro, algo tan sólido que la crítica simplemente no encuentre dónde apoyarse.
Vale un solo ejemplo, y conviene no quedarse pegado a él. Lo que construyó Scaloni fue un tipo de conducta antes que un resultado: un hombre con derecho de sobra a la fanfarronería que jamás la ejerció, que devolvió cada agravio sin encono, que armó con jugadores criados en la intemperie un equipo verdadero. Somos un país pródigo en genios solitarios —Maradona, Borges, Fangio, Piazzolla, la lista es larga y gloriosa— y notoriamente torpe para el trabajo en común. Lo que esa Selección probó no pertenece al fútbol: probó que aquello que dábamos por defecto de fábrica, la incapacidad de sostener algo entre muchos, no es un destino sino una decisión postergada.
Acá está el nudo, y es lo único que de verdad importa. No alcanza con declarar que no somos lo que dicen que somos. Gritarle al acusador nunca desmintió una acusación; en el mejor de los casos, la confirma. Lo único que la desarma es la evidencia de una vida distinta. No convencer con un argumento, sino demostrar con una conducta sostenida en el tiempo. Es la vieja diferencia entre defenderse y responder: defenderse es entrar en la discusión; responder es vivir de otro modo y permitir que ese modo hable por uno. Un argentinismo digno de ser discutido no se prueba en la réplica ingeniosa. Se prueba en la coherencia paciente, esa que no da entrevistas.
Y hay una convicción que le da sentido a todo lo demás: para que valga la pena, ese barco tiene que llevarnos a todos. Buena parte de eso que sentimos nuestro —la calidez, el hacer familia con un desconocido en una tarde— nace justamente de ahí, de la certeza de que a nadie se lo deja a la deriva. Ahí tenemos, quizás, lo más valioso que podemos ofrecer: un modo de estar en el mundo en el que el otro nunca sobra. Conviene decirlo con todas las letras, porque hoy casi todo se discute en clave de mercados y balanzas: esto que tenemos para dar no se mide en dólares ni cabe en un acuerdo comercial. No es un producto ni un modelo económico. Es una manera de tratar al otro. Perseguir eso, extenderlo hasta el último, no es una carga que arrastramos; es exactamente la parte más luminosa de lo que decimos ser.
Que se entienda: lo que se propone no es heroico, y ahí reside su belleza. Es una sonrisa genuina, sin intereses, es cruzar por donde se cruza, es pagar lo que se debe, es dejar limpio un baño público para un desconocido al que jamás le veremos la cara, es ser mejor vecino antes que mejor relator de la propia calidez. Virtudes sin foto y sin aplauso, al alcance de cualquiera en cualquier día común. Y sin embargo son ellas, y no las gestas, las que de verdad construyen un país: porque un país no es otra cosa que la suma de esos gestos mínimos, repetidos por millones, sostenidos en el tiempo.
No hay reproche en esto. Hay una apuesta, y es enorme: que lo que tenemos vale lo suficiente como para estar a su altura, y que esa altura la firma cada uno de nosotros, no solo once jugadores y un director técnico. Tenemos algo que el mundo cada vez encuentra en menos lugares, y tenemos, además, la certeza de que no es un regalo del destino sino algo que se elige y se sostiene todos los días. Esa es la parte hermosa: que está enteramente en nuestras manos. Y el día en que no necesitemos ningún discurso para probarlo, cuando alcance con la manera en que vivimos entre nosotros para que se entienda todo, no le vamos a haber ganado una discusión a nadie. Vamos a habernos convertido, sencillamente, en la mejor versión de lo que siempre supimos que podíamos ser.
*Gonzalo Lorenzo es villeguense. También de Boca, de Atlético y con un título de abogado guardado por ahí. Trabaja en la aerolínea Emirates, de los lejanos Emiratos Arabes Unidos donde reside. Acaba de regresar de Estados Unidos. Al momento de publicarse este escrito estará volando a Alemania. Sigue pendiente de la Argentina que dejó hace seis años, y como tal cuenta los días porque en marzo volverá a radicarse en el país. Mientras tanto, entre vuelo y vuelo, escribe cosas como esta. Y añora. Mucho.
