En un nuevo espacio de “Goyo el Memorioso”, Román Alustiza reconstruyó la historia de una docente que dejó una huella en las escuelas del distrito. Maestra, directora, inspectora y formadora de futuras educadoras, también fue una mujer que enfrentó las dificultades con fortaleza y construyó una familia que sigue siendo parte de la memoria afectiva de la comunidad.
Hay historias que permiten conocer una época a través de las personas que la protagonizaron. La de María Rosa Castresana de Hechem es una de ellas. En una nueva entrega de “Goyo el Memorioso” se reconoció a una mujer que dedicó buena parte de su vida a la educación y dejó una marca en varias generaciones.
Hija de Juan Castresana y Rosa Vita, María Rosa nació en General Villegas y fue una de tres hermanos, junto a Juan e Inés. Su historia familiar también está ligada a uno de los comercios emblemáticos de la ciudad: la panadería Castresana, que comenzó con el trabajo de Juan, llegado desde España a la Argentina a los 14 años, y que con el tiempo se convirtió en propietario de aquel establecimiento conocido como El Progreso. Ubicada en la esquina de Castelli y Arenales, la panadería fue durante décadas parte del paisaje comercial villeguense.
Pero la historia de María Rosa tomó su propio rumbo, marcado por la vocación docente y el compromiso con la formación de sus alumnos.
De las aulas de General Villegas a su vocación docente
Sus primeros años de estudio transcurrieron en la antigua Escuela N° 17, que funcionaba en Belgrano y Castelli. Más tarde cursó la secundaria en el Instituto María Inmaculada, donde integró la primera promoción, y continuó su formación en Lincoln, ciudad en la que se recibió de maestra.
Su primer destino fue Santa Regina. Después llegó a la Escuela N° 11 de Coronel Charlone, institución en la que desarrolló una etapa fundamental de su carrera y de su vida personal. Allí conoció a Jorge Hechem, con quien se casó en 1954 y tuvo tres hijos: Jorge, Miguel y Marina.
Con el crecimiento de sus hijos, María Rosa decidió regresar a General Villegas. Lo hizo para asumir la dirección de la Escuela N° 17, la misma institución en la que había cursado la primaria, aunque en un edificio nuevo, inaugurado en 1959.
La escuela estaba entonces en el corazón del antiguo barrio obrero, rodeada de calles de tierra y viviendas con techos de tejas coloniales. El entorno era muy diferente al actual, y aquella construcción formaba parte de un paisaje urbano que todavía permanece en los recuerdos de quienes conocieron la ciudad de otras décadas.
Una maestra de carácter, formación y compromiso
Al recordar su personalidad, Goyo destacó su sólida formación académica, su inteligencia y un carácter que acompañaba una manera exigente de entender la tarea educativa. María Rosa representaba un perfil docente en el que la disciplina, la responsabilidad y el compromiso con la escuela ocupaban un lugar central.
Era respetada tanto por sus alumnos como por sus colegas. Y surgieron los nombres de otras docentes que compartieron aquellos años de trabajo, entre ellas Haydée Etchetto de Triaca, Nilda Cortés, Coca Costanzo, Blanca Fernández, Nora Gabriolotti, Violeta Mercado, Coca Echave; y el «Negro» Lara y Saintesteban, los entrañables porteros.
El recuerdo también puso en primer plano la vocación con la que María Rosa ejerció su profesión. Su presencia en la escuela y su dedicación quedaron asociadas a una etapa en la que la figura de la maestra tenía un lugar central en la vida cotidiana de los barrios y en la formación de los chicos.
Su recorrido profesional no terminó con la dirección de la Escuela N° 17. Más adelante fue inspectora y se jubiló en esa función. También trabajó como profesora de práctica en el Magisterio del Instituto María Inmaculada (IMI), donde acompañó la preparación de futuras maestras, cerrando así un círculo que la vinculaba con la formación docente desde distintos lugares.

La fortaleza para salir adelante y sostener a su familia
La vida de María Rosa también estuvo atravesada por momentos difíciles. En 1976 falleció su esposo, Jorge Hechem, cuando sus hijos todavía estaban en distintas etapas de formación y comenzaban a proyectar sus propios caminos. Marina terminaba la secundaria, mientras Jorge y Miguel estudiaban en la Universidad Nacional de La Plata.
De un momento a otro, María Rosa debió afrontar la responsabilidad de sostener a su familia con un sueldo docente. Lejos de resignarse ante las dificultades, buscó alternativas laborales y comenzó a comercializar paquetes y viajes turísticos.
En ese tramo de su historia apareció otra faceta de su personalidad: la de una mujer luchadora, dispuesta a encontrar soluciones y a seguir adelante sin abandonar sus responsabilidades.
Goyo también destacó la educación que María Rosa y Jorge transmitieron a sus hijos. Recordó a Jorge, Miguel y Marina como personas sencillas, humildes, leales y empáticas, cualidades que, según expresó, hablan también de los valores con los que fueron criados.
Con el paso de los años, sus hijos se convirtieron en profesionales y construyeron sus propias vidas fuera de General Villegas. María Rosa pudo acompañar ese crecimiento, mantener el vínculo con sus afectos y disfrutar de sus nietos.
Una vida ligada a la comunidad
Después de jubilarse, María Rosa mantuvo una vida activa, rodeada de sus hermanos, amistades y antiguas compañeras. Participaba de encuentros sociales, conservaba sus vínculos con la comunidad y estaba ligada a la Asociación de Docentes Jubilados, de la que fue fundadora e integrante junto a otras educadoras; el compromiso semanal con el equipo de LALCEC, la misa del domingo, según se recordó.
También encontraba tiempo para viajar y visitar a sus hijos y nietos. La cercanía con su familia y el contacto con quienes habían compartido su recorrido fueron parte importante de esa etapa.
Su figura volvió a ser recordada especialmente durante los actos por el centenario de la Escuela N° 17, una institución con la que mantuvo un vínculo profundo: primero como alumna y, años después, como directora.
María Rosa Castresana falleció en 2016, a los 88 años. Sin embargo, su historia permanece en los recuerdos de quienes la conocieron, de los docentes que compartieron su camino y de una comunidad que reconoce en ella a una mujer que hizo de la educación una forma de vida.
El homenaje de “Goyo el Memorioso” recuperó mucho más que una trayectoria profesional. Puso en palabras la historia de una mujer que supo combinar la exigencia y la vocación docente con el amor por su familia, que atravesó la adversidad sin bajar los brazos y que continuó aportando a la educación incluso después de dejar las aulas.
- Año 1955 su casamiento con Jorge Hechem
- Con sus hermanos Juan e Inés
- Directora en la Escuela 17