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sábado, julio 11, 2026
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Ritmo y memoria: Crónica y evocación de José Oscar Pont | Por Alejandro Avalos*

Dicen que no nació como todos: fue una noche en algún rincón de Villegas, un bandoneón suspiró y desde su interior salió un niño. No lloró, “respiró hondo, como si ya supiera que la vida venía con música”. Se llamaba José Oscar Pont; Oscar Pont, para el tango y para todos.

Aseguran que sus padres mecían su cuna “cantándole bajito tangos y milongas”, como si el arrullo viniera de los arrabales porteños, y que por eso, “antes de aprender a hablar, ya sabía los yeites del gotán”. Dicen también que, desde muy chico, Óscar miraba al nacarado —como llaman al bandoneón por el brillo del nácar en su madera— “como si fuese una jaula de pájaros”, de la cual salían sonidos hermosos, libres, que lo llamaban sin palabras. Era un pibe solitario, con un par de brazos que apenas podían abrazarlo, pero que sabían abrir el fueye con ternura, y de esa jaula sacaba “sonidos secretos, dulzuras desconocidas, armonías que nadie había escuchado antes”.

Desde entonces, la música fue su manera de estar en el mundo: tocaba el piano, la batería, la guitarra… pero cuando abrazó el fueye, “algo se acomodó”. No lo tocaba —lo entendía—, el fuelle le respondía “como un viejo amigo que sabe cuándo reír y cuándo llorar”.

Se movía en un Citroën amarillo que parecía tener alma propia; en el asiento de atrás, “siempre el nacarado”. Algunos decían que el auto no usaba nafta, que el motor funcionaba con la respiración del fueye, que mientras Óscar creaba obras en su mente, el Citroën avanzaba solo, como si el motor fuera un bandoneón y el tango, su combustible eterno.

No buscaba fama ni aplausos —tocaba en clubes, en escuelas, en bailes donde algunos se animaban a bailar y otros simplemente escuchaban, con la mirada quieta y el corazón atento—. Tocaba por el gusto de compartir, por los que ya no estaban, por los que nunca se animaron, tocaba “por amor al arte, y por amor a la gente”.

Compartió escenario con músicos de alma: Martha Greig, Rubén Becerra, Oscar Domínguez. Su música sonó en Laboulaye, América, Santa Rosa, General Pico, Pehuajó… y también en Buenos Aires, donde supo igualar a grandes bandoneonistas sin perder su estilo ni su humildad.

Muchos lo admiraron —de veras, sin ruido—: colegas, amigos, oyentes sinceros. Lo siguen nombrando bajito, sentido, “como se nombra a los que son eternos”.

Su última noche fue en el Día del Amigo. El teatro estaba lleno, el aire, tibio. Subió al escenario con el nacarado en brazos, “como siempre”, tocó su tango preferido, a modo de despedida, como si supiera que era la última vez.

Al terminar, apoyó la cabeza sobre el bandoneón, “sin palabras, sin gestos”, y en ese instante, Óscar se despidió.

Sin ruido, sin aviso, como él quería: tocando.

Dicen que el fueye se cerró solo, despacito, “como si supiera que ya no hacía falta más música”.

Desde entonces, Villegas y toda la zona lo extrañan, porque hasta hoy no ha surgido otro que toque el fueye como él, y cuando el aire se llena de tango, sin radio, sin saber de dónde viene, capaz que es el fueye de Oscar, “que sigue soplando desde la otra vereda”.

*Alejandro “Chano” Avalos es un cantor de tango y folclore nacido en General Villegas. En los últimos años comenzó a escribir sus propios textos, integrando la interpretación musical con la literatura. Es autor del libro Abrazo de tango (2022).