
Igual que los colegios que albergaban pupilos, el “Barato Argentino” tenía espacio para los empleados que no vivían en Villegas y que de otro modo hubiesen tenido que pagar el precio de un alquiler o de una pensión.
En un segundo piso, parte sobre el frente y parte en el ala sur, medianera con nuestra casa, había una serie de habitaciones con baño que oficiaban como una suerte de internado.
Puertas para adentro, era el escenario de las mismas travesuras y bromas, a veces muy pesadas, que se hacen los adolescentes, que al fin eso eran aquellos chicos al que mis escasos ocho años veía como personas mayores.
No sé si mi memoria me va a permitir acordarme de todos, pero rebuscando en los recuerdos surgen los nombres de Antonio Renati, Onofre Gióvine, Carlitos Noya, Schastell, Monat, Monti, Tondo, Rovassio, Colmenero, Medina, Punt, Cerdá, Rada, Venancio y Obdulio Toyos, sobrinos de don Germán que él trajo de España y pasaron más tarde a la tienda de Laboulaye, Gino Zalloco, Lara, Hornillos, Cachito Díaz, Caccavari, Ferreyra, González, Enrique Specogna, además del otro socio, el impecable, ejemplar, señor Francisco Barrios, entre los hombres.
De las mujeres no olvido a Julita Barata, Sara Monat, Martha Riverós, hermana menor de mi madre, Lidia Massa, Sara Abreu, Cata Gorjón, Sara Mackay, Elsa Fernández, Vilma Siri, Carmen Larrosa, Zulema Larrosa, Julia Bordachar, María Rosa Specogna, Robi (que conoció a Gino Zalloco en el Barato Argentino y como en las mejores películas, fueron felices para siempre) María Capece, todas chicas espléndidas, amables.
De muchos de ellos conservo anécdotas muy graciosas que hacen incomparable esa etapa de mi vida.
Tondo era un joven muy buen mozo, rubio, altísimo, elegante. En ese tiempo yo era un ejemplar humano de poco más de un metro y con él había inventado un juego. Entraba corriendo por la primera puerta del negocio y Tondo me esperaba con los brazos abiertos en la última sección, que era la sastrería. Al final de la carrera me alzaba, me tiraba para arriba y después me recogía y me daba unas cuantas vueltas. Toda una maravilla.
Entre los empleados que vivían en el Barato, como le decíamos para sintetizar, según contaba mi padre, había una chico bajito del que no me acuerdo bien el nombre. Acostumbraba hacer alardes frente a sus compañeros de que no le tenía miedo a nada.
A esa suerte de pensión se accedía por el garaje de donde subía una escalera. Ese lugar era bastante oscuro, así es que una noche en que el valeroso petiso había salido, Schastell, que era un flaco muy alto se cubrió con una manta y revólver de juguete en mano lo esperó y simuló un asalto.
Pero el chiste funcionó al revés, porque el asaltado se desmayó del susto y quedó en el suelo duro como una tabla. Tuvieron que avisarle a mi padre, llamar a un médico, etcétera, etcétera. Eso si, nunca más habló de su valentía sin igual.
En ese tiempo las señoras no iban a la tienda. La mayoría de las veces se les llevaba la mercadería “para ver”, y entonces el camioncito de reparto hacía un doble o triple recorrido por cada una de esas ventas. Y la cosa funcionaba así en los negocios grandes y en los chicos en el marco de una gran confianza.
No obstante, en una oportunidad alguien pidió `”manteles para ver y seleccionar alguno”, aunque después los devolvieron a todos. Cuando los fueron a restituir al estante, uno de tela vasca a cuadros verdes y blancos, tenía tallarines con salsa pegados.
Así es como el tal mantelito terminó en mi casa. Cuando me casé me lo lleve conmigo y culminó su vida útil como frazada de planchar cuando mis hijos ya eran grandes. Lo que se dice de buena calidad.
Un capítulo aparte merece Eduardo Rada, que compartía con González, un tío de Rosita Noya, la conducción del furgoncito de reparto además de tareas de mantenimiento.
Martha Toyos y yo, que siempre andábamos juntas pergeñando alguna travesura, teníamos debilidad con este muchacho de treinta años, alto, flaco, siempre sonriente, que soportaba estoicamente nuestra compañía en la distribución de las compras a domicilio y mientras manejaba nos cantaba las canciones de moda.
El peor castigo que nos podían imponer cuando hacíamos algo mal (muchas veces), era no dejarnos salir con el reparto.
Rada fue el personaje central de los chistes pesados que se les hacían a “los nuevos” como pago del derecho de piso y también su inventor y ejecutor. Lástima que murió muy joven, a los treinta y cuatro años. Mi padre lo lloró como a un hijo y lo acompañó hasta sus últimos momentos. Eduardo, donde estés, un beso de tus dos fans.
Muchos de aquellos empleados, que tenían participación en las ganancias, terminaron independizándose. Antonio Renati, que trajo a Villegas a casi todos sus hermanos, Caccavari, Gióvine, Colmenero, Tondo, Lara, Gino Zallocco, Caivano.
Oportunidades que da la vida.
*Raquel Piña de Fabregues cumplió 86 años el 7 de julio. Es docente jubilada, escritora, trabajó como periodista y tiene varias ocupaciones como madre, abuela y bisabuela. Escribe desde que lee y aún lo sigue haciendo. Durante algunos años, fue columnista del programa de radio de su hija Celina, con sus Historias de Mamá, que se vieron interrumpidas por una caída y el estrés que eso significó en medio de la pandemia. Este es otro de esos textos de sus tantas historias.