El Club Atlético Santa Rita cumple este 27 de mayo sus 72 años de vida institucional y, como ocurre desde hace décadas, la clásica raviolada volvió a convertirse en uno de los momentos más esperados por socios, hinchas y vecinos.
Detrás de esa tradición que reúne a cientos de personas cada año hay una figura indispensable: Esther Busto, la mujer que desde hace medio siglo está al frente de la elaboración de los ravioles.
“Alrededor de 50 años”, respondió Esther cuando le preguntaron cuánto tiempo lleva vinculada a esta tarea. Y enseguida explicó que prácticamente creció entre ollas, masa y mesas largas de trabajo. “Voy a cumplir 70 años en octubre, pero toda la vida estuve. De cuando se hacían los ravioles de a uno”, recordó.
La historia de la raviolada de Santa Rita cambió mucho con el paso del tiempo, aunque el sabor sigue siendo el mismo. Esther todavía conserva intacta la memoria de aquellas primeras jornadas en las que decenas de mujeres trabajaban durante horas para preparar miles de ravioles artesanalmente.
De los ravioles hechos uno por uno a una producción récord
“Hace 50 años atrás no había máquinas”, contó. La masa se preparaba manualmente y se estiraba con palos de amasar. Después, usando moldes de 24 unidades, el relleno se colocaba raviol por raviol.
“Éramos 40 o 50 mujeres trabajando en la parrilla de Santa Rita. Hacíamos bollitos con el relleno y llenábamos cuadrito por cuadrito. Después se tapaba con otra masa arriba, se cerraban y se cortaban”, relató.
Aquellas jornadas podían extenderse desde la una de la tarde hasta la madrugada. Sin embargo, aun con ese trabajo completamente artesanal, llegaban a producir entre 25 y 26 mil ravioles.
Hoy la realidad es distinta gracias a la incorporación de maquinaria industrial, aunque la esencia sigue intacta. “La comisión compró la máquina de hacer ravioles y eso alivió muchísimo el trabajo. Ahora en menos de cinco horas hicimos 31 mil ravioles”, destacó.
Pero detrás de cada bandeja servida todavía existe un enorme trabajo manual. Esther detalló el proceso del tradicional “tucón”, como llaman en Santa Rita al preparado base del relleno.
“Se prepara cebolla, se pone la carne a freír y se condimenta. Después eso se cuela y se pica junto con la acelga”, explicó.
Este año utilizaron 170 kilos de acelga y más de 50 kilos de carne. La preparación también llevó siete docenas y media de huevos, además de pimienta, sal, nuez moscada y queso rallado.
“La acelga tiene todo un proceso. Hay que lavar hoja por hoja, sacar la penca y darle un hervor liviano porque junta mucha agua”, describió.

“Siempre salen iguales”
Quienes asisten año tras año a la raviolada suelen repetir lo mismo: los ravioles mantienen el mismo sabor de siempre. Esther asegura que esa regularidad tiene mucho que ver con el cuidado y la experiencia acumulada.
“Siempre los degustamos entre los dos”, comentó en referencia a Norberto Castañeda, quien comparte con ella la responsabilidad principal de la preparación.
“Si le falta pimienta, le pongo pimienta. Si le falta nuez moscada, le pongo un poco más. Pero siempre salen iguales”, sostuvo orgullosa.
Ese reconocimiento de la gente es justamente una de las mayores satisfacciones que recibe cada año. “Todos me dicen ‘Esther, qué ricos, mejores que el año pasado’. Y eso a mí me llena de orgullo”, confesó.
Una vida atravesada por Santa Rita
La relación de Esther con Santa Rita va mucho más allá de la cocina. El club forma parte de su historia familiar y emocional. “Esta es mi segunda casa”, afirmó sin dudar.
Recordó especialmente a su mamá, que también colaboraba en las ravioladas, y a aquellas mujeres mayores que le enseñaron cada secreto de la preparación. “Ellas siempre me decían: ‘Vos tenés que aprender para el día de mañana quedar vos’”, contó emocionada.
También evocó épocas más simples del fútbol local, cuando la cancha apenas tenía un hilo de alambre como límite. “Cuando se hacía un gol lo festejábamos hasta el arco”, recordó entre risas.
Aunque reconoce el cansancio de jornadas intensas, asegura que todo el esfuerzo vale la pena. “Es lo único que hago y lo hago con mucho amor”, expresó.
A sus casi 70 años, Esther Busto sigue siendo la guardiana de una tradición que atraviesa generaciones y que ya forma parte de la identidad de Santa Rita. Una raviolada que no sólo alimenta a cientos de personas cada año, sino también la memoria y el sentido de pertenencia de toda una comunidad.